La era del vacío: Ensayo sobre el individualismo contemporáneo (fragmentos)

Gilles Lipovetsky

‘Narciso, o la Estrategia del Vacío’

A cada generación le gusta reconocerse y encontrar su identidad en una gran figura mitológica o legendaria que reinterpreta en función de los problemas del momento: Edipo como emblema universal, Prometeo, Fausto o Sísifo como espejos de la condición moderna. Hoy Narciso es, a los ojos de un importante número de investigadores, en especial americanos, el símbolo de nuestro tiempo: “El narcisismo se ha convertido en uno de lo temas centrales de la cultura americana” (Chr. Lasch: The Culture of Narcisism). Mientras el libro de R. Sennett Las Tiranías de la intimidad, acaba de ser traducido al francés, The Culture of Narcisism, se ha convertido en un auténtico best-seller en todo el continente de los USA. Más allá de la moda y de su espuma y de las caricaturas que pueden hacerse aquí o allá del neo-narcisismo, su aparición en la escena intelectual presenta el enorme interés de obligarnos a registrar en toda su radicalidad la mutación antropológica que se realiza ante nuestros ojos y que todos sentimos de alguna manera, aunque sea confusamente. Aparece un nuevo estadio del individualismo: el narcisismo designa el surgimiento de un perfil inédito del individuo en sus relaciones con él mismo y su cuerpo, con los demás, el mundo y el tiempo, en el momento en que el “capitalismo” autoritario cede el paso a un capitalismo hedonista y permisivo, acaba la edad de oro del individualismo competitivo a nivel económico, sentimental a nivel doméstico (E. Shorter), revolucionario a nivel político y artístico, y se extiende un individualismo puro, desprovisto de los últimos valores sociales y morales que coexistían aún con el reino glorioso del homo economicus, de la familia, de la revolución y del arte; emancipada de cualquier marco trascendental, la propia esfera privada cambia de sentido, expuesta como está únicamente a los deseos cambiantes de los individuos. Si la modernidad se identifica con el espíritu de empresa, con la esperanza futurista, está claro que por su indiferencia histórica el narcisismo inaugura la posmodernidad, última fase del homo aequalis.

El vacío

‘¡Si al menos pudiera sentir algo!’: esta es la fórmula que traduce la ‘nueva’ desesperación que afecta a un numero cada vez mayor de personas. En este punto, el acuerdo de los psicólogos parece general; desde hace veinticinco o treinta años, los desordenes de tipo narcisista constituyen la mayor parte de los trastornos psíquicos tratados por los terapeutas, mientras que las neurosis ‘clásicas’del siglo XIX, histerias, fobias, obsesiones, sobre las que el psicoanálisis tomó cuerpo, ya no representan la forma predominante de los síntomas. Los trastornos narcisistas se presentan no tanto en forma de trastornos con síntomas claros y bien definidos, sino más bien como ‘trastornos de carácter’ caracterizados por un malestar difuso que lo invade todo, un sentimiento de vacío interior y de absurdidad de la vida, una incapacidad para sentir las cosas y los seres. Los síntomas neuróticos que correspondían al capitalismo autoritario y puritano han dejado paso bajo el empuje de la sociedad permisiva, a desordenes narcisistas, imprecisos e intermitentes. Los pacientes ya no sufren síntomas fijos sino de trastornos vagos y difusos; la patología mental obedece a la ley de la época que rinde a la reducción de rigideces así como la licuación de las relevancias estables: la crispación neurótica ha sido substituida por la flotación narcisista. Imposibilidad de sentir, vacío emotivo, que la desubstanciación ha llegado a su término, explicitando la verdad del proceso narcisista, como estrategia del vacío.

Es más; según Chr. Lasch, los individuos aspiran cada vez más a un desapego emocional, en razón de los riesgos de inestabilidad que sufren en la actualidad las relaciones personales. Tener relaciones interindividuales sin un compromiso profundo, no sentirse vulnerable, desarrollar la propia independencia afectiva, vivir solo, ese seria el perfil de Narciso. El miedo a la decepción, el miedo a las pasiones descontroladas traducen a nivel subjetivo lo que Chr. Lasch llaman The Flight from feeling (La huida ante el sentimiento), proceso que se ve tanto en la protección íntima como en la separación que todas las ideologías ‘progresistas’ quieren realizar entre el sexo y el sentimiento. Al preconizar el cool sex y las relaciones libres, al condenar los celos y la posesividad, se trata de hecho de enfriar el sexo, de expurgarlo de cualquier tensión emocional para llegar a un estado de indiferencia, de desapego, no sólo para protegerse de las decepciones amorosas, sino también para protegerse de los propios impulsos que amenazan el equilibrio interior. La liberación sexual, el feminismo, la pornografía, apuntan a un mismo fin: Levantar barreras contra las emociones y dejar de lado las intensidades afectivas. Fin de la cultura sentimental, fin del happy end, fin del melodrama y nacimiento de una cultural cool en la que cada cual vive en un bunker de indiferencia, a salvo de sus pasiones y de las de los otros.

Seguramente Chr Lasch tiene razón para señalas el refugio de la moda ‘sentimental’, destronada por el sexo, el placer, la autonomía, la violencia espectacular. El sentimentalismo ha sufrido el mismo destino que la muerte; resulta incomodo exhibir las pasiones, declarar ardientemente el amor, llorar, manifestar con demasiado énfasis los impulsos emocionales. Como en el caso de la muerte, el sentimentalismo resulta incomodo; se trata de permanecer digno en materia de afecto, es decir, discreto. El ‘sentimiento prohibido’, lejos de designar un proceso anónimo de deshumanización, es un efecto del proceso de personalización que apunta a la erradicación de los signos rituales y ostentosos del sentimiento. El sentimiento debe llegar a su estado personalizado, eliminando los sintagmas fijos, teatralidad melodramática, el kistch convencional. El pudor sentimental está regido por un principio de economía y sobriedad, constitutivo del proceso de personalización. Por ello no es tanto la huida ante el sentimiento lo que caracteriza nuestra época como la huida ante los signos de sentimentalidad. No es cierto que los individuos busquen un desapego emocional y se protejan contra la irrupción del sentimiento; a ese infierno lleno de mónadas insensibles e independientes, hay que oponer los clubs de eneciuentros, de relaciones, de amor y que precisamente cada vez cuesta más realizar. Por eso el drama es más profundo que el pretendido desapego cool: hombres y mujeres siguen aspirando a la intensidad emocional de las relaciones privilegiadas (quizá nunca hubo una tal “demanda” afectiva como en esos tiempos de deserción generalizada), pero cuanto más fuerte es la espera; más escaso se hace el milagro fusional y en cualquier caso más breve(1). Cuanto más la ciudad desarrolla posibilidades de encuentro, más solos se sienten los individuos; más libres, las relaciones se vuelven emancipadas de las viejas sujeciones, más rara es la posibilidad de encontrar una relación intensa. En todas partes encontramos soledad, el vacío, la dificultad de sentir, de ser transportado fuera de sí, de ahí la huida hacia delante en las ‘experiencias’ que no hace más que traducir la búsqueda de una ‘experiencia’ emocional fuerte ¿por qué no puedo yo amar y vibrar? Desolación de narciso, demasiado bien programado en absorción en sí mismo para que pueda afectarle el Otro, para salir de sí mismo, y sin embargo, insuficientemente programado ya que todavía desea una relación afectiva.

(1) El proceso de desestandarización precipita el curso de las ‘aventuras’, pues las relaciones repetitivas con su inercia o pesadez, perjudican la disónibilidad, la ‘personalidad’ viva del individuo. Hay que buscar el frescor de vivir, reciclar los afectos, tirar todo lo que envejece: en los sistemas desestabilizados, la única ‘
relación peligrosa’ es una relación de pareja prolongada indefinidamente. De ahí una bajada o subida de la tensión cíclica: del stress a la euforia, la existencia se vuelve sismográfica.

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Donde dice Japón

Aurelio Asiain

La literatura japonesa es mucho más que las obras que, en tiempos recientes, han ido conquistando las librerías iberoamericanas. Junto al creciente entusiasmo de quienes leen en español a Haruki Murakami, Kenzaburo Oé o Banana Yoshimoto, y antes apreciaron a Yukio Mishima y Kōbō Abe, está el de quienes hoy pueden acercarse a autores esenciales como Yasunari Kawabata y Junichiro Tanizaki (ambos reeditados ampliamente), o a clásicos como el Genji monogatari, el Kojiki o el Heike monogata-ri. Uno de nuestros más asiduos lectores de la literatura nipona presenta aquí tres instantáneas sobre cómo ésta sigue llegando a nuestra lengua y cómo se producen hoy algunos de sus mayores éxitos editoriales
I. Vengo leyendo hace meses, aquí y allá, que la literatura japonesa está en boga en nuestros países, y ahora me pide Hoja por Hoja que escriba sobre el asunto, a propósito de la publicación de tres libros de Yasunari Kawabata (Historias de la palma de la mano, Kioto y Primera nieve del monte Fuji) y uno de Junichiro Tanizaki (La madre del capitán Shigemoto). Acepto el encargo, no sin reservas —y advirtiendo que apenas mencionaré esos libros—. Mi afición de años a la literatura antigua de Japón no me convierte en especialista y de la literatura moderna tengo más noticia que conocimiento. Además, aunque estoy poco atento a lo que ocurre en el mercado editorial hispanoamericano, creo que hablar de boga es exagerar.

Kawabata y Tanizaki escribieron en la primera mitad del siglo pasado sus obras más importantes, que imitaron García Márquez y García Ponce: su publicación en nuestra lengua no es una novedad. Tampoco son autores representativos de la literatura actual, que en las últimas décadas ha explorado nuevos territorios y cuyos lectores manifiestan gustos e intereses muy distintos. Ninguno de los títulos mencionados se cuenta, además, entre sus obras centrales, si bien las dos colecciones de relatos de Kawabata son particularmente interesantes: las Historias de la palma de la mano porque representan una variante peculiar del cuento corto, tan equidistante de las minificciones habituales entre nosotros —que suelen agotarse en ejercicios de prestidigitación— como del poema en prosa —con el que solamente colindan porque en este caso la poesía proviene del esbozo de historia que es su asunto—; la Primera nieve del monte Fuji, porque incluye cuentos del mejor Kawabata. Pero en cambio Kioto y La madre del capitán Shigemoto son dos obras decididamente menores. La primera, que no se lee sin gratitud, es un escrito de convicción en que al autor le importa más mostrar la imantación simbólica de la cultura tradicional japonesa que la historia a través de la cual se expresa. La segunda, mucho más interesante, es una novela de corto aliento cuyo sentido para un lector no avezado en la literatura tradicional de Japón resultará aún más elusiva de lo que ya de suyo es. Como obras similares de Tanizaki (digamos Enredadera de Yoshino), pierde densidad si el lector no está familiarizado con el universo simbólico tradicional.

¿Habrá que congratularse de que quien recorra por primera vez la capital antigua de la mano de Kawabata no advierta que las geishas y los templos y las ceremonias de té que lo esperan ahí son los de una visita turística? La literatura japonesa pertenece a un mundo tan lejano y de concepciones morales e impulsos sentimentales tan distintos, que leerla fuera de contexto es desnaturalizarla. Dije que me parecía exagerado decir que está en boga. Aclaro: el interés creciente de los últimos años por la literatura japonesa en los países de habla española es todavía minoritario, tanto por los lectores en que se manifiesta como por las obras que lo provocan, y creo por lo mismo que ese interés es un exotismo, no más in-formado ni más lúcido que el de los espectadores de Lost in Translation, las Memorias de una geisha o Seda.

II. Por eso, el hecho de verdadera importancia es la aparición, en la última década, de un puñado de libros esenciales. En primer lugar, las dos traducciones del Genji monogatari, uno de los libros más extraordinarios de la literatura universal; no son directas, pero las versiones inglesas que han usado son excelentes, y en ambos casos los traductores españoles han hecho un trabajo espléndido. En seguida, hay que destacar la labor fenomenal de Carlos Rico, que ha traducido directamente el Kojiki, primera crónica histórico-mitológica de Japón, el Heike monogatari (con Rumi Tami), una selección del Kokinshû, la primera y más importante de las antologías imperiales, y el nikki de la Dama Sarashina. A otros traductores les debemos el Cuento del corta-dor de bambú (Kiyoko Takagi), los Cien poemas de cien poetas (José María Bermejo y Teresa Herrero), el Hojôki (Jesús Álvarez Crespo primero y luego Masateru Ito), el Fushikaden de Zeami (en tres traducciones).

Hay que celebrar la aparición de esas y otras obras clásicas en nuestra lengua no sólo porque son magnífica literatura; además, porque la literatura moderna de Japón no es comprensible desprendida de su tradición. Tampoco lo será la literatura estrictamente contemporánea, que, como he dicho antes, se interna por territorios desconocidos. No es posible, en una nota como ésta, dar una idea cabal de cuáles son, pero sospecho que la mera descripción del mundo tecnológico en que se produce la nueva literatura puede dar una idea de la novedad de sus ritmos y sus formas.

III. En todo el mundo se escriben novelas por entregas en las bitácoras de internet. Pero el desarrollo del género en Japón es distinto y corres-ponde a condiciones culturales, económicas, tecnológicas peculiares. Aunque el inglés es lingua franca en el mundo real y virtual y tiene cinco veces más hablantes nativos, a fines de 2007 eran más los blogs escritos en japonés (37 por ciento del total) que en inglés (36 por ciento). Más asombroso es que 40 por ciento de los blogs en japonés se redacten en teléfonos celulares, desde los trenes, y más interesante que, a diferencia de los escritos en inglés, no se propongan principalmente expresar el punto de vista peculiar de sus autores, afirmar su autoridad o darles notoriedad, sino meramente registrar sus actividades cotidianas o, discretamente, sus impresiones. A diferencia de los occidentales, los japoneses, que pueden conectarse a la red virtual desde donde sea y cuando quieran, no escriben blogs para influir en la opinión pública y muchos se sorprende-rían si supieran que alguien más que ellos mismos lee sus anotaciones, con frecuencia anónimas: diarios privados escritos en público.

Diarios o eso que suele traducirse como diarios y que en japonés, desde el siglo IX, se llama nikki: cuenta de días, real o ficticia, en que se alternan y se cruzan los géneros. Esos nikki, origen del Genji monogatari hace mil años, están produciendo, en su versión tecnológica actual, una nueva narrativa japonesa, no necesariamente desdeñable. El más prestigioso de los premios literarios para nuevos escritores, el Akutagawa, correspondió a principio de este año a la tercera novela de Mieko Kawakami, Chichi to ran (Pechos y huevos), originalmente escrita en un blog que registraba 200 mil visitas diarias en la etapa final de la novela, antes de pasar al formato impreso tradicional.

La mitad de las diez novelas más vendidas en Japón en 2007 fueron novelas escritas en y para teléfonos celulares, de las que en la primera mitad de 2007 se habían vendido ya más de tres millones de descargas. Una, El hilo rojo ( ), tuvo más de un millón de descargas en seis meses, antes de publicarse impresa, en dos volúmenes de los que se han vendido casi dos millones de ejemplares; se ha traducido ya en una serie de televisión y una película que, con los mismos actores, se estrenarán el próximo invier-no. La trama es típica y el título tradicional (el amor de dos adole
scentes que sobrevive a la violencia y la degradación es el hilo rojo de una leyenda china) pero no el ritmo narrativo y, contra lo que pudiera imaginar un lector occidental, la extensión no es menor que la de un relato tradicional.

Una novela de 300 páginas escrita en teléfono celular sería impensable en otras partes; no en Japón. En primer lugar, por la naturaleza alusiva de la lengua y la economía de la escritura, que ocupa menos espacio en la página que las lenguas occidentales. Si la traducción española de un texto en inglés requiere más o menos 25 por ciento más letras, la traducción inglesa de un texto japonés ocupa 50 por ciento más espacio en la página. Dicho de otro modo: con páginas y tipografía del mismo tamaño, un libro japonés de 100 páginas tendrá 150 en versión inglesa y casi 200 en versión española. Eso explica que las ediciones de bolsillo sean realmente de bolsillo, los artículos de la prensa sean breves como el horóscopo y leer en la pantalla del teléfono no sea tan incómodo como para nosotros.

Se lee más y más rápidamente. No sólo en los celulares: en una industria editorial en crisis, el año pasado se publicaron 80 595 títulos, circularon 4 511 revistas y operaron 4 055 casas editoras. Los tres mayores diarios de circulación nacional tienen tirajes de 12, 10 y 7 millones de ejemplares, de los que el 98 por ciento se venden por suscrip-ción. Los diarios locales tiran cientos de miles de ejemplares.

En la corte Heian de hace mil años un hombre y una mujer, durante el cortejo, no se veían frente a frente y no cruzaban más palabras que las de los poemas que traía y lleva-ba un mensajero. Hoy, en el metro de las ciudades japonesas, los pasajeros no hablan. Escriben en sus celulares incesantemente. Se envían mensajes baladíes. Poemas. O novelas. Tres millones de esos pasajeros leen novelas. Los poemas no son negocio y no se cuentan: son muchos más.

Literatura

Genji monogatari (Romance de Genji)
Murasaki Shikibu
Traducción de Fernando Gutiérrez, Palma de Mallorca,
José J. de Olañeta Editor, 2004, 261 p.
ISBN 84-9716-360-5

Kojiki. Crónicas de antiguos hechos de Japón
Traducción de Carlos Rubio y Rumi Tani Moratalla,
Madrid, Trotta, 2008, Pliegos de Oriente, 288 p.
ISBN 978-84-8164-984-0

Heike monogatari
Traducción de Carlos Rubio y Rumi Tani Moratalla, Madrid,
Gredos, 2005, Biblioteca Universal Gredos 38, 854 p.
ISBN 84-249-2787-7

Claves y textos de la literatura japonesa. Una introducción
Carlos Rubio
Madrid, Cátedra, 2007, Crítica y Estudios Literarios, 720 p.
ISBN 978-84-376-2422-8

El cuento del cortador de bambú
Traducción y edición de Kayoko Takagi, Madrid, Trotta,
2008, Pliegos de Oriente, 120 p.
ISBN 978-84-8164-238-4

Cien poetas, cien poemas. Hyakunin isshu
(Antología de poesía clásica japonesa)
Hyakunin Isshu
Traducción, introducción y notas de José María Bermejo
y Teresa Herrero, Madrid, Hiperión, 2006,
Poesía Hiperión 482, 224 p.
ISBN 978-84-7517-806-6

Hojoki. Canto a la vida desde una choza
Kamo no Choomei
Traducción de Masateru Ito, Caracas, Los Libros
de El Nacional, 2004, Colección Ares 50, 73 p.
ISBN 980-388-141-8

Fushikaden. Tratado sobre la práctica
del teatro Nö y Cuatro dramas Nö
Zeami
Madrid, Trotta, 1999, Pliegos de Oriente, 300 p.
ISBN 978-84-8164-258-2

Aurelio Asiain es poeta, traductor, ensayista y editor. Da clases en la Universidad Kansai Gaidai, en Hirakata. Su libro más reciente es Luna en la hierba. Medio centenar de poemas japoneses (Madrid, Hiperión, 2007)

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Elogio de la sombra

Elogio de la sombra de Junichiro Tanizaki

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