domingo 28 de diciembre de 2008
miércoles 8 de octubre de 2008
El loro de Flaubert
Julian Barnes
Un despliegue de gran audacia técnica y elegante virtuosismo, al servicio de
una amenísima trama en la que se alterna la ficción con hechos reales muy
imaginativamente ordenados. Un libro que ha tenido un extraordinario éxito,
tanto de crítica como de ventas, y ha recibido numerosos galardones.
Esta novela no trata sólo del loro que aparecía en Un coeur simple, sino
también de ferrocarriles y de osos; de Francia y de Inglaterra; de la vida y del
arte; del sexo y de la muerte; de George Sand y de Louise Colet; de los
(odiados) estudiosos de la obra de Flaubert y de las virtudes del lector
«aficionado». Y todo ello de la pluma de un enigmático narrador, el doctor
Braithwaite, apasionado por Flaubert, cuya vida y secretos nos son
progresivamente desvelados.
«Delicioso y enriquecedor. ¡Un libro para irse con él de parranda!» (Joseph
Heller); «Una joya: una novela literaria que no se avergüenza de serlo y
tampoco de ser legible y extraordinariamente entretenida. ¡Bravo!» (John
Irving); «Uno de los mejores libros de la década. No se lo pierda. No hay otro?
(Rafael Conte).
Traducción de Antonio Mauri
Editorial Anagrama
A Pat
Al escribir la biografía de un amigo, hay que hacerlo como si estuvieras
vengándole.
Flaubert, carta a Ernest Feydeau, 1872
1
EL LORO DE FLAUBERT
Seis norteafricanos jugaban a la petanca al pie de la estatua de Flaubert. Se
oían limpios chasquidos por encima del estruendo de la circulación atascada.
Con una final e irónica caricia de la yema de los dedos, una mano morena
lanzó una esfera plateada que aterrizó, botó pesadamente, y trazó una curva
acompañada de un lento esparcimiento de polvo duro. El lanzador se congeló
en una elegante estatua temporal: las rodillas no desdobladas del todo, y la
mano derecha extáticamente extendida. Me llamó la atención una
arremangada camisa blanca, un antebrazo desnudo y una mancha en el envés
de la muñeca. No era un reloj, como pensé al principio, ni un tatuaje, sino una
calcomanía de colores: el rostro de un santón político muy admirado en el
desierto.
Permítaseme que comience con la estatua: la de arriba, la permanente, la
inelegante, la que llora lágrimas cúpricas, la imagen legada de ese hombre de
suelta corbata de lazo, chaleco de ángulos rectos, pantalones holgados,
mostacho desordenado, aspecto receloso, fríamente distante. Flaubert no
devuelve la mirada. Desde la Place des Carmes vuelve la vista hacia el sur, en
dirección a la Catedral, a la ciudad que despreciaba, y que a su vez le ha
ignorado casi siempre. Mantiene la cabeza defensivamente alzada: sólo las
palomas pueden ver en toda su dimensión la calvicie del escritor.
Esta estatua no es el original. Los alemanes se llevaron al primer Flaubert en
1941, junto con las verjas y las aldabas. Es posible que la transformaran en
insignias para sombreros. Durante un decenio, aproximadamente, el pedestal
quedó vacío. Luego, un alcalde de Rouen que era un entusiasta de las estatuas
consiguió encontrar el molde, obra de un ruso que se llamaba Leopold
Bernstamm, y el ayuntamiento aprobó la realización de un nuevo vaciado.
Rouen adquirió para sí misma una estatua como debe ser, de metal, con un
noventa y tres por ciento de cobre y un siete por ciento de estaño: los
fundidores, la empresa Rudier de Châtillon-sous-Bagneux, afirman que esta
aleación está garantizada contra la corrosión. Otras dos ciudades, Trouville y
Barentin, participaron económicamente en el proyecto y recibieron sendas
estatuas de piedra. Que no han resistido tan bien la intemperie. El muslo
derecho de Flaubert ha tenido que ser remendado en Trouville, y se le han
caído fragmentos del mostacho: los alambres estructurales asoman como
ramitas del pedazo de cemento armado que hay en su labio superior.
Quizá sean dignas de crédito las garantías dadas por la fundición; esta
segunda edición de la estatua quizá dure. Pero no encuentro ningún motivo en
particular que me inspire confianza. Ninguna otra cosa que haya tenido que
ver con Flaubert ha durado jamás. Murió hace poco más de cien años, y no
queda de él más que papel. Papel, ideas, frases, metáforas, una prosa
estructurada que se convierte en sonido. Esto, casualmente, es justo lo que él
hubiera querido; los únicos que se quejan, sentimentalmente, son sus
admiradores. La casa del escritor en Croisset fue derribada poco después de
su muerte y reemplazada por una fábrica para la extracción de alcohol del
trigo malogrado. No sería tampoco muy difícil librarse de su estatua: si un
alcalde amante de las estatuas puede levantarla, otro -quizás un acérrimo
defensor de la línea del partido, alguien que ha leído por encima lo que Sartre
dice de Flaubert- podría retirarla celosamente.
Empiezo por la estatua debido a que fue ahí en donde empezó el proyecto en
su conjunto. ¿Por qué la escritura hace que sigamos la pista del escritor? ¿Por
qué no podemos dejarle en paz? ¿Por qué no nos basta con los libros? Flaubert
quería que bastasen: pocos escritores han creído con tanta firmeza en la
objetividad del texto escrito y la insignificancia de la personalidad del escritor;
y aun así, seguimos desobedientemente a nuestro aire. La imagen, el rostro,
la firma; la estatua con un noventa y tres por ciento de cobre y la fotografía de
Nadar; el pedacito de ropa y el rizo. ¿Cómo es que las reliquias nos ponen tan
cachondos? ¿No tenemos la fe suficiente en las palabras? ¿Creemos que los
restos de una vida contienen cierta verdad auxiliar? Cuando murió Robert
Louis Stevenson, su codiciosa niñera escocesa comenzó a vender calladamente
pelo que, según afirmaba ella, había cortado de la cabeza del escritor cuarenta
años antes. Los fieles, los buscadores, los perseguidores compraron la
cantidad suficiente de pelo como para rellenar un sofá.
He decidido dejar Croisset para más adelante. Pasé cinco días en Rouen, y el
instinto infantil sigue haciendo que me reserve lo mejor para el final. ¿Actúa a
veces este mismo impulso en los escritores? ¿Espera, espera, aún no has
llegado a lo mejor? Si es así, qué atormentadores son los libros inacabados.
Un par de tales libros me vienen inmediatamente a la memoria: Bouvard et
Pécuchet, en donde Flaubert quiso englobar y sojuzgar el mundo entero, todos
los afanes humanos, y todas las decepciones; y L'Idiot de la famille, en donde
Sartre quiso encerrar todo Flaubert: encerrar y sojuzgar al gran escritor, al
gran burgués, al terror, al enemigo, al sabio. Un ataque al corazón puso punto
final al primer proyecto; la ceguera abrevió el segundo.
A mí también se me ocurrió una vez que podía escribir libros. Disponía de las
ideas; incluso tomé notas. Pero era médico casado y con hijos. No se puede
hacer bien más que una sola cosa: Flaubert lo sabía. Lo que yo hacía bien era
ser médico. Mi esposa..., murió. Mis hijos están ahora desperdigados; escriben
cada vez que les impulsa la mala conciencia. Viven su propia vida,
naturalmente. «¡La vida! ¡La vida! ¡Erecciones!» El otro día estaba leyendo
estas exclamaciones de Flaubert. Hicieron que me sintiera como una estatua
de piedra con un parche en la entrepierna.
¿Los libros no escritos? No son motivo de resentimiento. Ya hay demasiados
libros. Además, recuerdo el final de L'Education sentimentale. Frédéric y su
compañero Deslauriers vuelven la vista atrás para contemplar sus vidas. Su
último y favorito recuerdo es el de una visita a un burdel realizada hace
muchos años, cuando ambos eran todavía unos colegiales. Habían trazado con
todo detalle el plan de la excursión, se hicieron rizar el pelo especialmente
para ese acontecimiento, e incluso robaron flores para regalárselas a las
chicas. Pero cuando llegaron al burdel Frédéric se puso nervioso, y los dos
huyeron corriendo de allí. Así fue el mejor día de sus vidas. ¿No será que la
forma más segura de placer, nos dice implícitamente Flaubert, es el placer de
la ilusión? ¿Acaso hay alguien que necesite irrumpir en el desolado desván del
cumplimiento?
Me pasé el primer día errando por Rouen, tratando de reconocer algunos de
los rincones por los que pasé en 1944. Amplias zonas habían sido blanco de
las bombas y granadas, claro; cuarenta años después todavía están
remendando la Catedral. No encontré casi nada que me permitiese colorear
mis monocromos recuerdos. Al día siguiente me fui en coche hacia el oeste,
camino de Caen, y luego me desvié hacia las playas del norte. Hay que seguir
toda una serie de letreros de hojalata estropeados por la intemperie, colocados
por el Ministère des Travaux Publics et des Transports. Por aquí se va al Circuit
des Plages de Débarquement: una ruta turística del desembarco. Al este de
Arromanches están las playas británicas y canadienses: Gold, Juno, Sword.
Una elección de nombres escasamente ingeniosa; mucho menos memorables
que Omaha y Utah. A no ser, desde luego, que sean los actos quienes hacen
que las palabras sean memorables, en lugar de ocurrir al revés.
Graye-sur-Mer, Courseulles-sur-Mer, Ver-sur-Mer, Asnelles, Arromanches.
Bajando por diminutas callejas secundarias desembocas de repente en una
Place des Royal Engineers o una Place W. Churchill. Tanques herrumbrosos
permanecen aún en guardia junto a las chozas playeras; unos monumentos
hechos con bloques de piedra anuncian en inglés y francés: «El 6 de junio de
1944 Europa fue liberada aquí gracias al heroísmo de las Fuerzas Aliadas.» Es
un lugar muy tranquilo y en absoluto siniestro. En Arromanches introduje un
par de monedas de un franco en el Télescope Panoramique (Très Puissant
15/60 Longue Durée) y seguí el arco en código Morse que traza el muelle
Mulberry hasta su final, mar adentro. Punto, raya, raya iban diciendo los
bloques de cemento, mientras entre ellos se colaba tranquilamente el agua.
Estos angulosos cantos rodados de chatarra bélica habían sido colonizados por
los cormoranes moñudos.
Almorcé en el Hôtel de la Marine, que domina la bahía. Me encontraba cerca
del lugar en donde habían muerto amigos míos -los repentinos amigos que
produjeron aquellos años- y sin embargo no me emocioné. División Armada nº
50 del Segundo Ejército Británico. Los recuerdos salieron de sus escondites,
pero las emociones no; ni siquiera los recuerdos de las emociones. Cuando
terminé de comer me fui al museo y vi un documental sobre el desembarco, y
luego recorrí en coche los diez kilómetros que me separaban de Bayeux para
examinar otra invasión de una a otra orilla del Canal de la Mancha, ocurrida
nueve siglos antes. El tapiz de la reina Matilde es como una película horizontal
en la que las imágenes están unidas por los lados. Ambos acontecimientos me
parecieron igualmente extraños: el uno, demasiado remoto para ser cierto; el
otro, demasiado familiar para ser cierto. ¿Cómo captamos el pasado?
¿Llegamos a atraparlo alguna vez? Cuando yo era estudiante de medicina,
unos bromistas soltaron en mitad de un baile de final de curso un cochinillo
untado en grasa que estuvo revolviéndose entre las piernas, zafándose de
todos los intentos de capturarlo, soltando chillidos continuamente. La gente
caía de bruces cuando trataba de cogerlo, y quedó ridiculizada. A veces el
pasado parece comportarse como ese cochinillo.
Durante mi tercer día en Rouen me fui andando hasta el Hôtel-Dieu, el
hospital del que el padre de Flaubert fue cirujano-jefe, y en donde el escritor
vivió su infancia. Se pasa por la Avenue Gustave Flaubert, delante de la
Imprimerie Flaubert y de un snack-bar llamado Le Flaubert: tienes la
sensación, sin duda, de no estar equivocándote de camino. Cerca del hospital
vi aparcada una rubia Peugeot de color blanco: llevaba pintadas unas estrellas
azules, un número de teléfono y las palabras AMBULANCE FLAUBERT. ¿El
escritor como terapeuta? Improbable. Recordé la réplica de matrona que le
dirigió George Sand a su joven colega: «Tú provocarás, sin duda, la desolación
-escribió-; yo, el consuelo.» En el Peugeot hubiera tenido que decir
AMBULANCE GEORGE SAND.
En el Hôtel-Dieu me franqueó la entrada un desvaído y azogado gardien cuya
bata blanca me desconcertó. No era médico, pharmacien ni árbitro de cricket.
Las batas blancas suponen asepsia y claro juicio. ¿Por qué tiene que llevar
bata blanca el vigilante de un museo? ¿Para proteger de los gérmenes la
infancia de Flaubert? Me explicó que el museo estaba dedicado en parte a
Flaubert y también a la historia de la medicina, y luego me condujo
apresuradamente por las salas, cerrando con ruidosa eficacia las puertas en
cuanto las habíamos franqueado. Me mostró la habitación en la que nació
Gustave, su frasco de eau-de-Cologne, su tarro de tabaco y su primer artículo
de revista. Varias imágenes del escritor confirmaron el calamitoso y temprano
cambio que sufrió cuando dejó de ser un guapo joven para convertirse en un
barrigudo y calvo burgués. La sífilis, deducen algunos. El envejecimiento
normal en el siglo XIX, replican otros. Lo único que ocurrió fue quizá que su
cuerpo tenía un gran sentido del decoro: cuando el cerebro que albergaba se
declaró prematuramente viejo, la carne hizo todo lo posible por adecuarse a
esa situación. Estuve recordándome a mí mismo repetidas veces que Flaubert
había sido rubio. Nada más fácil que olvidarlo: las fotografías hacen que todo
el mundo parezca moreno.
Las otras salas contenían instrumentos médicos de los siglos XVIII y XIX:
pesadas reliquias metálicas que terminaban en puntas afiladas, y jeringas para
dar enemas cuyo calibre me sorprendió incluso a mí. La medicina debía ser en
aquel entonces una ocupación emocionante, desesperada, violenta; hoy en día
se reduce a pastillas y burocracia. ¿O acaso sólo ocurre que el pasado parece
tener más color local que el presente? Estudié la tesis doctoral de Achille, el
hermano de Gustave: su título era «Algunas consideraciones sobre el
momento de la operación de la hernia estrangulada». Un paralelismo
fraternal: la tesis de Achille se transformó más adelante en una metáfora de
Gustave. «Ante la estupidez de mi época, siento oleadas de odio que me
asfixian. La mierda se me sube a la boca como en las hernias estranguladas.
Pero yo quiero conservarla, fijarla, endurecerla; quiero transformarla en una
pasta con la que embadurnaré el siglo XIX, de la misma manera que doran las
pagodas indias con excrementos de vaca.»
Al principio me pareció extraña la yuxtaposición de estos dos museos. Sólo
adquirió sentido cuando recordé la famosa caricatura de Lemot en la que
Flaubert aparece diseccionando a Emma Bovary. El novelista agita en el
extremo de un largo tenedor el goteante corazón que acaba de arrancar
triunfalmente del cuerpo de su heroína. Blande en todo lo alto el órgano como
una valiosa prueba quirúrgica, mientras que en la izquierda del dibujo asoman,
apenas visibles, los pies de la tendida y violada Emma. El escritor como
carnicero, el escritor como delicado bruto.
Luego vi el loro. Estaba en una habitacioncita y era verde intenso y tenía ojos
despabilados, y la cabeza torcida en un ángulo interrogador. «Psittacus -decía
la inscripción de su percha-. Loro que G. Flaubert tomó prestado del Museo de
Rouen y colocó en su mesa de trabajo mientras escribía Un coeur simple, en
donde recibe el nombre de Loulou, el loro de Félicité, principal personaje del
cuento.» Una fotocopia de una carta de Flaubert confirmaba el dato: el loro,
escribió, permaneció en su escritorio durante tres semanas, al término de las
cuales su visión comenzó a irritarle.
Loulou se encontraba en buen estado, con las plumas tan recias y la mirada
tan irritante como cien años atrás. Miré el pájaro, y me sorprendió sentirme
tan en contacto con este escritor que prohibió desdeñosamente a la posteridad
que se interesase en absoluto por su persona. Su estatua era una copia; su
casa había sido derribada; sus libros llevaban naturalmente su propia vida: las
reacciones que suscitaban no eran reacciones suscitadas por él. Pero aquí, en
este loro verde tan nulamente extraordinario, conservado de forma rutinaria y
al mismo tiempo misteriosa, había cierto elemento que me hizo sentir casi
como si hubiera conocido al escritor. Me sentí conmovido y animado a la vez.
Cuando iba de regreso al hotel compré una edición para estudiantes de Un
coeur simple. Quizás el lector conozca la historia. Trata de una criada pobre e
inculta llamada Félicité, que sirve a la misma señora durante medio siglo,
sacrificando sin resentimiento su propia vida por la de los demás. Siente
afecto, sucesivamente, por un tosco novio, por los hijos de su ama, por su
propio sobrino, y por un anciano que tiene un brazo canceroso. El azar se los
arrebata a todos: mueren, o se van, o sencillamente la olvidan. Es una
existencia en la que, como podía esperarse, los consuelos de la religión
compensan la desolación de la vida.
El último objeto de esa serie cada vez más reducida de afectos es Loulou, el
loro. Cuando, a su debido tiempo, también él muere Félicité lo hace disecar.
Guarda la adorada reliquia a su lado, e incluso forma el hábito de rezarle,
arrodillándose ante él. Una confusión doctrinal acaba formándose en su simple
cerebro: se pregunta si no sería mejor representar al Espíritu Santo, al que
suele darse aspecto de paloma, como un loro. La lógica está sin duda de su
parte: tanto los loros como el Espíritu Santo hablan, cosa que no les ocurre a
las palomas. Al final del relato muere la propia Félicité. «Sus labios sonreían.
Los movimientos de su corazón se hicieron cada vez más lentos, de latido en
latido, cada vez más remotos, más suaves, como una fuente que se seca,
como un eco que se desvanece; y, cuando exhaló el último suspiro, creyó ver,
en el cielo entreabierto, un loro gigantesco que planeaba sobre su cabeza.»
El control del tono es vital. Imagínese el lector la dificultad técnica que supone
escribir un cuento en el que un pájaro mal disecado y con un nombre ridículo
termina representando una tercera parte de la Trinidad, y cuya intención no es
satírica, sentimental ni blasfema. Imagínese además que hay que contar esa
historia desde el punto de vista de una vieja ignorante, sin que el relato suene
despectivo ni tímido. Pero es que el objetivo de Un coeur simple es
completamente distinto: el loro es un ejemplo perfecto y controlado del estilo
grotesco de Flaubert.
Podemos, si lo deseamos (y si desobedecemos a Flaubert), someter al pájaro
a una interpretación adicional. Por ejemplo, hay paralelismos sumergidos entre
la vida del novelista prematuramente envejecido y la maduramente envejecida
Félicité. Los críticos han soltado a los hurones. Los dos eran personas
solitarias; sus dos vidas quedaron manchadas por las pérdidas; los dos, por
mucho dolor que sintieran, fueron perseverantes. Los que gustan de llevar las
cosas más lejos aun insinúan que el incidente en el que Félícité es atropellada
por una silla de postas en la carretera de Honfleur es una referencia sumergida
al primer ataque epiléptico de Gustave, la vez que cayó en la carretera, a las
afueras de Bourg-Achard. No sé. ¿Cuánto tiene que sumergirse una referencia
para no morir ahogada?
En un sentido crucial, Félicité es absolutamente lo contrario de Flaubert: es
casi incapaz de expresarse. Pero se podría discutir esta afirmación diciendo
que aquí es donde aparece Loulou. El loro, el animal expresivo, un extraño ser
que emite ruidos humanos. No es casual que Félicité confunda a Loulou con el
Espíritu Santo, que es quien confiere el don de lenguas.
¿Félicité + Loulou = Flaubert? No exactamente; pero podría afirmarse que él
está presente en los dos. Félicité contiene su carácter; Loulou, su voz. Podría
decirse que el loro, que representa una ingeniosa vocalización sin apenas seso,
es la Palabra Pura. Si usted fuera un académico francés podría decir que
Loulou es un symbole du Logos. Siendo inglés, me apresuro a regresar a lo
corpóreo: a esa esbelta y despabilada criatura que he visto en el Hôtel-Dieu.
Imaginé a Loulou sentado a un lado del escritorio de Flaubert y devolviéndole
su mirada como el sarcástico reflejo de un espejo de feria. No es de extrañar
que tres semanas de su paródica presencia provocaran irritación. ¿Acaso el
escritor es mucho más que un loro complicado?
Deberíamos quizá señalar, llegados a este punto, los cuatro principales
encuentros entre el novelista y los miembros de la familia de los loros. En los
años treinta del siglo XIX, durante sus vacaciones anuales en Trouville, la
familia Flaubert solía visitar a un capitán retirado de la marina mercante que
se llamaba Pierre Barbey; en su casa, nos cuentan, había un magnífico loro.
En 1845 Gustave pasaba por Antibes camino de Italia, cuando se encontró con
un periquito enfermo que mereció una anotación en su diario; el pájaro solía
colgarse cautelosamente en el guardabarros del carricoche de su dueño, y a la
hora de cenar era entrado en el comedor y colocado sobre la repisa de la
chimenea. El diarista señala el «extraño amor» que une evidentemente al
hombre y su animal. En 1851, cuando regresaba de Oriente vía Venecia,
Flaubert oyó a un loro encerrado en una jaula dorada gritar sobre el Gran
Canal su imitación de los gondoleros: «Fà eh, capo die.» En 1853 volvía a
encontrarse en Trouville; se alojaba en casa de un pharmacien y se vio irritado
todo el día por un loro que gritaba: «As-tu déjeuné, Jako?» y «Cocu, mon petit
coco.» También silbaba «J'ai du bon tabac». ¿Fue alguno de estos pájaros,
parcial o completamente, la inspiración de Loulou? Y, ¿había visto Flaubert a
algún otro loro vivo entre 1853 y 1876, fecha en la que pidió prestado un loro
disecado al Museo de Rouen? Dejo estas preguntas en manos de los
profesionales.
Me senté en mi habitación del hotel; desde una habitación cercana un
teléfono imitaba el grito de otros teléfonos. Pensé en el loro que permanecía
en la habitacioncita, apenas a unos ochocientos metros de distancia. ¿Qué hizo
Flaubert con él cuando terminó Un coeur simple? ¿Lo metió en un armario y
olvidó su irritante existencia hasta el día en que estuvo buscando otra manta
para su cama? ¿Y qué ocurrió, cuatro años después, cuando una apoplejía le
tumbó agonizante en el sofá? ¿Imaginó quizá que planeaba sobre él un
gigantesco loro, que esta vez no significaba el saludo de bienvenida del
Espíritu Santo sino el adiós de la Palabra?
«Me fastidia mi tendencia a la metáfora que, indudablemente, me domina en
exceso. Me devoran las comparaciones como a otros los piojos, y me paso el
día aplastándolas.» A Flaubert le salían las palabras con facilidad; pero
también supo ver la insuficiencia subyacente de la Palabra. Recuérdese su
triste definición en Madame Bovary: «La palabra humana es como una caldera
rota en la que tocamos melodías para que bailen los osos, cuando quisiéramos
conmover a las estrellas.» De modo que se puede entender al novelista de dos
modos: o bien como un pertinaz y acabado estilista; o como alguien que
consideraba que el lenguaje es trágicamente insuficiente. Los sartreanos
prefieren la segunda alternativa: para ellos, esa incapacidad de Loulou para
hacer algo que no sea repetir de segunda mano las frases que oye es una
confesión indirecta del fracaso del propio novelista. El loro/escritor acepta con
pusilanimidad el lenguaje como una cosa recibida, imitativa e inerte. El propio
Sartre reprendió a Flaubert por su pasividad, por su creencia (o por su
colusión con la creencia) en que on est parlé: nos hablan.
¿Anunció este estallido de burbujas la gorgoteante muerte de otra referencia
sumergida? Es en el momento en que se empieza a sospechar que se están
leyendo más cosas de la cuenta en una narración cuando uno se siente más
vulnerable, aislado, y quizás estúpido. ¿Se equivoca el crítico que lee a Loulou
como símbolo de la Palabra? ¿Se equivoca -o, peor aún, incurre en el pecado
del sentimentalismo- el lector que piensa que ese loro del Hôtel-Dieu es un
emblema de la voz del escritor? Eso fue lo que hice yo. Quizás esto me
convierte en un tipo tan simple como Félicité.
Pero, tanto si se califica Un coeur simple de cuento como si se lo llama texto,
sigue provocando ecos en nuestro cerebro. Permítaseme que cite a David
Hockney, bondadoso aunque poco concreto, en su autobiografía: «El relato me
afectó de verdad, y me pareció que era un tema en el que podía meterme
para utilizarlo en serio.» En 1974 Mr. Hockney hizo un par de grabados: una
versión burlesca de la visión que Félicité tenía del Extranjero (un mico que se
larga sigilosamente con una mujer colgada en su hombro), y una tranquila
escena en la que Félicité duerme al lado de Loulou. Es posible que, con el
tiempo, haga algunos grabados más.
En mi último día de estancia en Rouen me fui en coche a Croisset. Caía,
mansa y densa, la lluvia normanda. Lo que antiguamente había sido un
villorrio remoto a orillas del Sena, contra un fondo de verdes colinas, ha
quedado ahora cercado por estruendosas instalaciones portuarias. Repican los
martinetes, penden sobre tu cabeza los caballetes, y el río tiene un aspecto
atestadamente comercial. Los cristales del inevitable Bar Le Flaubert se
estremecen al paso de los grandes camiones.
Gustave anotó y aprobó la costumbre oriental de derribar las casas de los
muertos; de modo que quizá se hubiera sentido menos dolido que sus
lectores, que sus perseguidores, por la destrucción de su propia casa. La
fábrica que extraía alcohol del trigo malagrado fue también arrasada cuando le
llegó su turno; y en ese mismo solar se eleva ahora, más apropiadamente,
una gran fábrica de papel. De la residencia de Flaubert no queda más que un
pequeño pabellón de una sola planta, a unos cien metros de la carretera: una
casita de verano a la que el escritor se retiraba cuando necesitaba más
soledad incluso que de ordinario. Ahora se encuentra en mal estado y parece
inútil, pero al menos es algo. Han erigido junto al porche un tocón de una
columna acanalada, desenterrada en Cartago, como recuerdo del autor de
Salammbô. Abrí la puerta de un empujón; un alsaciano comenzó a ladrar, y
una canosa gardienne se me acercó. Esta no llevaba bata blanca, sino un bien
cortado uniforme azul. Mientras chapurreaba mi mal francés recordé la marca
de fábrica de los intérpretes cartagineses que aparecen en Salammbô: todos
ellos, como símbolo de su oficio, llevan un loro tatuado en el pecho.
Actualmente, la morena muñeca del africano que jugaba a la petanca lleva
una calcomanía de Mao.
El pabellón contiene una sola habitación, cuadrada y con el techo a modo de
tienda de campaña. Me acordé de la habitación de Félicité: «tenía al mismo
tiempo aspecto de capilla y bazar.» También aquí aparecían las conjunciones
irónicas -triviales baratijas al lado de solemnes reliquias- del grotesco
flaubertiano. Los objetos exhibidos estaban tan mal ordenados que muchas
veces tuve que arrodillarme para tratar de ver el interior de las vitrinas: la
posición del devoto, pero también la del buscador de tesoros en las
chatarrerías.
Félicité halló consuelo en su amontonamiento de objetos diversos, unidos
solamente por el cariño de su propietaria. Flaubert hizo lo mismo, pues
conservó tonterías que poseían la fragancia del recuerdo. Muchos años
después de la muerte de su madre todavía pedía a veces su chal y su
sombrero, y entonces se sentaba un rato a soñar con ellos. El visitante del
pabellón de Croisset puede hacer casi lo mismo: los objetos expuestos,
colocados con tanto descuido, te atrapan a veces el corazón. Retratos,
fotografías, un busto de arcilla; pipas, un tarro de tabaco, un abrecartas; un
tintero en forma de sapo con la boca abierta; el Buda de oro que el escritor
tenía sobre su mesa y que jamás llegó a irritarle; un rizo, más rubio, como es
natural, que el pelo que se ve en las fotos.
Es fácil pasar por alto un par de objetos que se encuentran en una vitrina
lateral: un vasito en el que Flaubert bebió su último trago de agua momentos
antes de morir; y un arrugado pañuelo blanco con el que se secó la frente con,
quizá, el último ademán de su vida. Estos restos tan ordinarios, que parecían
excluir el llanto y el melodrama, me hicieron sentir que había estado presente
en la muerte de un amigo. Casi me sentí embarazado: tres días antes había
pisado, sin conmoverme, la playa en la que murieron algunos compañeros
íntimos. Quizá sea ésta la ventaja que tiene trabar amistad con quienes ya
han muerto: jamás se enfrían los sentimientos que suscitan en ti.
Entonces lo vi. Agachado en lo alto de un armario había otro loro. También de
color verde intenso. Y también, según dijeron tanto la gardienne como la
etiqueta de su percha, era el mismísimo loro que Flaubert pidió prestado al
Museo de Rouen para escribir Un coeur simple. Pedí permiso para bajar de allá
arriba este segundo Loulou, lo posé con todo cuidado encima de una vitrina, y
le quité la campana de cristal.
¿Cómo se establece una comparación entre dos loros, uno de ellos idealizado
ya por la memoria y la metáfora, y el otro apenas un chillón intruso? Mi
reacción inicial fue pensar que el segundo era menos auténtico que el primero,
sobre todo porque su aspecto era más bonachón. La cabeza estaba situada en
un ángulo más recto en relación con el cuerpo, y su expresión no era tan
irritante como la del pájaro del Hôtel-Dieu. Luego comprendí que este
razonamiento era falaz: Flaubert, al fin y al cabo, no pudo elegir entre varios
loros; e incluso este segundo loro, que parecía un compañero más tranquilo,
podía perfectamente ponerte nervioso al cabo de un par de semanas.
Le mencioné la cuestión de la autenticidad a la gardienne.
Comprensiblemente, ella se puso del lado de su loro, y rebatió con aplomo los
argumentos del Hôtel-Dieu. Me pregunté si existía alguien que supiera la
solución. Me pregunté si este asunto le importaba a alguien, aparte de mí, que
había cometido la temeridad de dar significación al primer loro. ¿La voz del
escritor... , por qué piensas que puede ser localizada tan fácilmente? Tal era la
réplica que me había dado el segundo loro. Cuando miraba el Loulou
posiblemente falso, el sol encendió aquella esquina de la habitación e hizo que
su plumaje adquiriese un tono más definitidamente amarillo. Volví a dejar el
pájaro en su sitio y pensé: tengo más edad de la que Flaubert llegó jamás a
tener. Parecía una presuntuosidad; una cosa triste e inmerecida.
¿Acaso hay algún momento adecuado para morir? No lo fue para Flaubert; ni
para George Sand, que no vivió lo suficiente como para leer Un coeur simple.
«Lo empecé pensando exclusivamente en ella, sólo por complacerla. Y murió
cuando me encontraba todavía a mitad de mi obra. Lo mismo ocurre con
nuestros sueños.» ¿Es mejor, entonces, no tener los sueños, las obras, y luego
la desolación de la obra no terminada? Quizá, como Frédéric y Deslauriers,
deberíamos preferir el consuelo de la no satisfacción: ¿la planeada visita al
burdel, el placer de la anticipación, y luego, años más tarde, el recuerdo no
tanto de los hechos como el de antiguas anticipaciones? ¿No permitiría esto
que todo fuese más limpio y menos doloroso?
Cuando regresé de mi viaje, el loro duplicado siguió revoloteando en mis
pensamientos: uno de ellos era amable y franco; el otro, engreído e
inquisitivo. Escribí a varios académicos que podían saber si se había
demostrado adecuadamente la autenticidad de alguno de los loros. Escribí a la
embajada francesa y al director de las guías Michelin. También escribí a Mr.
Hockney. Le conté mi viaje y le pregunté si había estado en Rouen; le dije que
estaba preguntándome si había recordado alguno de esos dos loros cuando
grabó su retrato de Félicité dormida. O si, en caso contrario, también él había
a su vez pedido prestado un loro de algún museo para usarlo como modelo. Le
advertí de los peligros que encierra la tendencia de esta especie a la
partenogénesis póstuma.
Confié en recibir muy pronto las respuestas.
2
CRONOLOGIA
I
1821
Nacimiento de Gustave Flaubert, segundo hijo varón de Achille-Cléophas
Flaubert, cirujano jefe del Hôtel Dieu de Rouen, y de Anne-Justine-Caroline
Flaubert, née Fleuriot. La familia pertenece al sector de la clase media formado
por los profesionales prestigiosos, y posee varias fincas en los alrededores de
Rouen. Unos antecedentes estables, ilustrados, estimulantes y con un grado
normal de ambición.
1825
Entra al servicio de la familia Flaubert la niñera de Gustave, Julie, que
permanecerá con ellos hasta la muerte del escritor, al cabo de cincuenta y
cinco años.
Pocos problemas del servicio turbarán su vida.
c. 1830
Conoce a Ernest Chevalier, su primer amigo íntimo.
Una serie de amistades intensas, leales y fértiles sostendrá a Flaubert durante
toda su vida: merecen una mención especial las que le unieron a Alfred le
Poittevin, Maxime du Camp, Louis Bouilhet y George Sand.
Gustave inspira fácilmente la amistad, y la fomenta con su actitud burlona y
cariñosa.
1831-32
Ingresa en el Collège de Rouen, donde se convierte en un magnífico alumno
cuyo fuerte son la historia y la literatura. El primer texto escrito por él que nos
ha ilegado, un ejercicio sobre Corneille, está fechado en 1831. A lo largo de su
adolescencia escribe abundantemente, tanto teatro como narrativa.
1836
Conoce en Trouville a Elisa Schlesinger, esposa de un editor de música
alemán, y siente una «enorme» pasión por ella. Esta pasión ilumina el resto de
su adolescencia. Ella le trata con la mayor amabilidad y afecto; permanecen
en contacto durante los siguientes cuarenta años. Volviendo la vista atrás, él
se siente aliviado de que su pasión no hubiera sido correspondida: «La
felicidad es como la sífilis. Si la contraes demasiado pronto te echa a perder la
constitución.»
c. 1836
Iniciación sexual de Gustave con una de las doncellas de su madre. Este es el
punto de partida de una carrera erótica tan activa como variopinta, que pasa
del burdel al salón, del muchacho de los baños de El Cairo hasta la poetisa
parisiense. En su primera madurez resulta muy atractivo para las mujeres y su
velocidad de recuperación sexual es, según él mismo cuenta, impresionante;
pero incluso en épocas más tardías de su vida, sus modales corteses, su
inteligencia y su fama le garantizan que siempre habrá quien le haga caso.
1837
Aparece su primera obra publicada en Le Colibri, una revista de Rouen.
1840
Termina su baccalauréat. Viaja a los Pirineos con un amigo de la familia, el
doctor Jules Cloquet. Aunque a menudo se le ha considerado como a un
ermitaño a quien no había modo de mover de su casa, en realidad Flaubert
viaja mucho: a Italia y Suiza (1845), a la Bretaña (1847), a Egipto, Palestina,
Siria, Turquía, Grecia e Italia ( 1849-51 ), a Inglaterra ( 1851, 1865, 1866,
1871), a Túnez y Argelia (1858), a Alemania ( 1865 ), a Bélgica ( 1871 ) y a
Suiza ( 1874 ). Compárese todo esto con el caso de su alter ego Louis
Bouilhet, que soñaba con China y no llegó nunca ni a Inglaterra.
1843
Cuando era estudiante de leyes en París, conoce a Víctor Hugo.
1844
El primer ataque epiléptico de Gustave pone fin a sus estudios de derecho en
París, y le confina en la nueva casa familiar de Croisset. Abandonar las leyes
produce, sin embargo, muy poco dolor, y como su confinamiento le
proporciona la soledad y la base estable necesarias para una vida dedicada a
la escritura, el ataque resulta en último extremo beneficioso.
1846
Conoce a Louise Colet, « la Musa », y comienza sus amoríos más famosos:
serán prolongados, apasionados, peleones, en dos partes (1846-48, 1851-54).
Aunque de temperamentos poco afines y de principios estéticos incompatibles,
Gustave y Louise duran sin embargo mucho más de lo que la mayoría hubiese
esperado.
¿Debemos lamentar que termine su relación? Sólo porque supone que se
acaban las brillantes cartas que Flaubert le dirigió a ella.
1851-57
Redacción, publicación, juicio y triunfal absolución de Madame Bovary. Un
succès de scandale, elogiado por autores tan dispares como Lamartine,
Sainte-Beuve o Baudelaire. En 1846, cuando dudaba de su capacidad de llegar
algún día a escribir alguna obra publicable, Gustave había anunciado: «Si
algún día hago acto de presencia, será armado de pies a cabeza. » Ahora su
peto centellea y su lanza está en todas partes. El curé de Canteleu, el pueblo
que está junto a Croisset, prohíbe a sus feligreses que lean la novela. Después
de 1857, el éxito literario le lleva naturalmente al éxito social: Flaubert se deja
ver más a menudo en París.
Conoce a los Goncourt, a Renan, a Gautier, a Baudelaire y a Sainte-Beuve. En
1862 quedan instituidas las cenas literarias de Magny: Flaubert participa
regularmente en ellas a partir de diciembre de ese año.
1862
Publicación de Salammbô. Succès fou. Sainte-Beuve le dice en una carta a
Matthew Arnold: «¡Salammbô es nuestro gran acontecimiento! » La novela
proporciona el tema de varios bailes de disfraces en París. E incluso el nombre
de una nueva marca de petit four.
1863
Flaubert empieza a frecuentar el salón de la Princesse Mathilde, sobrina de
Napoleón I. El oso de Croisset se introduce en la piel del león social. El mismo
llega a recibir en su casa los domingos. En este año se inicia también su
correspondencia con George Sand, y se produce su encuentro con Turgenev.
Su amistad con el novelista ruso señala el comienzo de la difusión de su fama
por Europa.
1864
Es presentado en Compiègne al emperador Napoleón III. Este es el punto
culminante del triunfo social de Gustave. Envía unas camelias a la emperatriz.
1866
Recibe el título de chevalier de la Légion d'honneur.
1869
Publicación de L'Education sentimentale, de la que Flaubert siempre dirá que
es un chef-d'oeuvre. A pesar de que corre (instigada por él mismo) la leyenda
de su heroica lucha, Flaubert tiene facilidad para escribir. Se queja mucho,
pero esas quejas siempre aparecen en cartas de asombrosa elocuencia.
Durante un cuarto de siglo, termina un libro grueso, sólido, producto de
investigaciones considerables, cada cinco o seis años. Es posible que se
angustiase buscando la palabra, la frase, la asonancia, pero jamás tiene que
soportar los atascos que padecen otros escritores.
1874
Publicación de La Tentation de saint Antoine. A pesar de ser un libro muy
extraño, obtiene un gratificante éxito comercial.
1877
Publicación de Trois Contes. Exito popular y de crítica: Le Figaro hace por
primera vez una crítica favorable de un libro de Flaubert; en tres años se
publican cinco ediciones. Flaubert comienza a trabajar en Bouvard et
Pécuchet. Durante estos años finales, la siguiente generación le reconoce su
preeminencia entre los novelistas franceses. Es festejado y venerado.
Sus veladas de los domingos se convierten en famosos acontecimientos del
mundillo literario; Henry James acude a visitar al Maestro. En 1879 los amigos
de Gustave crean en su honor las cenas anuales por la festividad de Saint
Polycarpe. En 1880, los cinco autores de Les Soirées de Medan, entre los que
se encuentran Zola y Maupassant, le regalan un ejemplar dedicado: es como
un saludo simbólico del realismo al naturalismo.
1880
Rodeado de honores y amado por todos, y trabajando de firme hasta el final,
Gustave Flaubert muere en Croisset.
II
1817 Muerte de Caroline Flaubert (a los veinte meses), segunda hija de
Achille-Cléophas Flaubert y Anne-Justine-Caroline Flaubert.
1819
Muerte de Emile-Cléophas Flaubert (a los ocho meses), su tercer hijo.
1821
Nacimiento de Gustave Flaubert, su quinto hijo.
1822
Muerte de Jules Alfred Flaubert (a los tres años y cinco meses), su cuarto
hijo. Su hermano Gustave, nacido entre deux morts, es delicado, y los padres
no esperan que viva mucho tiempo. El doctor Flaubert compra una parcela
familiar en el Cimetière Monumental y hace excavar una pequeña fosa para
Gustave. Sorprendentemente, el niño sobrevive. Resulta ser un crío tardo, que
se pasa tranquilamente horas y horas sentado con el dedo en la boca y una
expresión «casi idiota» en el rostro. Para Sartre, es «el idiota de la familia».
1836
Comienza su pasión desesperada y obsesiva por Elisa Schlesinger, que le
cauteriza el corazón y le incapacita para amar plenamente a ninguna otra
mujer. Volviendo la vista atrás, Gustave observa: «Todos tenemos en nuestro
corazón una cámara real. Yo he tapiado la mía.»
1839
Expulsado del Collège de Rouen por pendenciero y desobediente.
1843
La Facultad de Derecho de París anuncia los resultados de los exámenes de
primer curso. El tribunal declara su decisión por medio de bolas rojas o
negras.
Gustave tiene dos rojas y dos negras, y en consecuencia tiene que repetir
curso.
1844
Primer y tremendo ataque de epilepsia. Luego sufrirá otros. «Cada ataque
-escribe posteriormente Gustave- era como una hemorragia de la
innervación... Era atroz, como si me arrancasen el alma del cuerpo.»
Le sangran, le dan pastillas e infusiones, le ponen a régimen, le prohiben el
alcohol y el tabaco; para que no tenga que reclamar su fosa en el cementerio
hace falta que viva estrictamente confinado y rodeado por los cuidados
maternales. Antes de haber entrado en el mundo, Gustave se retira de él.
«¿Así que te tienen vigilado como a una jovencita?», se burla más tarde Louise
Colet, acertando de lleno. Durante el resto de su vida, con la excepción de los
últimos ocho años, Mme. Flaubert vigilará de forma asfixiante a su hijo, y
censurará su idea de viajar. Poco a poco, transcurridos los decenios, la
fragilidad de la madre se acentuará más que la de Gustave: para cuando él
deja prácticamente de constituir una preocupación para ella, ella se ha
convertido en una carga para él.
1846
Muerte del padre de Gustave, seguida rápidamente por la de su querida
hermana Caroline (a los veintiún años de edad), que le convierte, sin que él lo
haya querido, en padre de su sobrina. A todo lo largo de su vida se ve
constantemente golpeado por la muerte de sus íntimos. Y los amigos mueren
también de otras maneras: el mes de junio, se casa Alfred le Poittevin. Para
Gustave, ésta es la tercera aflicción mortal del año:
«Lo que haces es anormal», se queja. Y a Maxime du Camp le escribe ese
mismo año: «Las lágrimas son para el corazón lo que el agua para los peces.»
¿Supone un consuelo que, ese mismo año, conozca a Louise Colet? La
pedantería y la obstinación armonizan muy mal con la inmoderación y la
posesividad. Seis días solamente después de que ella se convierta en su
amante, ya quedan fijadas las pautas de sus relaciones:
«¡Contén tus lágrimas! -se queja él-. Son una tortura para mí. ¿Qué quieres
que haga? ¿Que lo deje todo y me vaya a vivir a París? Imposible.» Esta
relación imposible se mantendrá sin embargo durante ocho años; Louise es
pasmosamente incapaz de comprender que Gustave puede amarla aun sin
sentir deseos de verla. «Si yo fuese una mujer -escribe él al cabo de seis
años- no me querría a mí como amante. Como un antojo, sí; pero una relación
íntima, no.»
1848
Muerte de Alfred le Poittevin, a los treinta y dos años.
Quince años más tarde: «Creo que jamás he amado a nadie -hombre o
mujer- como a él.» Veinticinco años más tarde: «No pasa un solo día que no
piense en él.»
1849
Gustave lee su primera obra larga de adulto, La Tentation de saint Antoine, a
sus dos amigos más íntimos, Bouilhet y Du Camp. La lectura dura cuatro días,
a razón de ocho horas diarias. Tras consultarse mutua y embarazosamente,
los oyentes le dicen que la arroje a las llamas.
1850
En Egipto, Gustave contrae la sífilis. Se le cae casi todo el pelo; engorda.
Mme. Flaubert, que va a buscarle a Roma, casi no reconoce a su hijo, y
comprueba que se ha convertido en un hombre grosero. Aquí comienza la
mediana edad. «En cuanto nacemos, empezamos a pudrirnos.» Con el paso de
los años se le irán cayendo todos los dientes menos uno; la saliva le quedará
permanentemente ennegrecida por el tratamiento a base de mercurio.
1851-57
Madame Bovary. Su composición resulta dolorosa ?«Al escribir este libro soy
como una persona que tocase el piano con unas bolas de plomo atadas a cada
falange»- y el proceso aterrador. Flaubert acaba fastidiado por la insistente
fama de su obra maestra, que hace que otros le vean como al autor de un solo
libro.
Le dice a Du Camp que si algún día tuviese un golpe de suerte en la Bourse
compraría «a cualquier precio» todos los ejemplares en circulación de Madame
Bovary: «Los arrojaría a las llamas, y jamás tendría que volver a oír de ellos.»
1862
Elisa Schlesinger es internada en un manicomio; le diagnostican una
«melancolía aguda». Tras la publicación de Salammbô, Flaubert empieza a
tener amistades muy acomodadas. Pero en las cuestiones de dinero sigue
comportándose como un niño: su madre tiene que vender algunas
propiedades para pagar sus deudas. En 1867 entrega secretamente el control
de sus asuntos económicos al esposo de su sobrina, Ernest Commanville.
Durante los siguientes trece años, debido a sus extravagancias, a una
administración incompetente y a la mala suerte, Flaubert pierde todo su
dinero.
1869
Muerte de Louis Bouilhet, a quien Gustave llamó una vez «el agua de seltz
que me permitía digerir la vida».
«Al perder a Bouilhet, he perdido a mi comadrona, a la persona que entendía
mis pensamientos mejor que yo mismo.» Muerte también de Sainte-Beuve.
«¡Otro más que se va! ¡La pandilla se va reduciendo! ¿Con quién se puede
hablar ahora de literatura? » Publicación de L'Education sentimentale; fracaso
crítico y de ventas. De los ciento cincuenta ejemplares de favor remitidos a los
amigos y conocidos, apenas si recibe acuses de recibo de unos treinta.
1870
Muerte de Jules de Goncourt: sólo quedan tres de los siete amigos que
comenzaron las cenas de Magny en 1862. Durante la guerra franco-prusiana,
el enemigo ocupa Croisset. Avergonzado de su nacionalidad francesa, Flaubert
deja de llevar la Légion d'honneur, decide preguntarle a Turgenev qué tiene
que hacer para adquirir la nacionalidad rusa.
1872
Muerte de Mme. Flaubert. «Hace quince días que me he dado cuenta de que
mi mamá, esa pobre y buena mujer, era el ser que más he querido. Es como
si me hubiesen arrancado parte de mis entrañas.» Muerte también de Gautier:
«Con él desaparece el último de mis amigos íntimos. La lista queda cerrada.»
1874
Flaubert debuta en el teatro con Le Candidat. Es un fracaso absoluto; los
actores abandonan el escenario con lágrimas en los ojos. La obra queda
retirada del cartel al cabo de cuatro representaciones. Publicación de La
Tentation de saint Antoine. «Me han vapuleado todos, desde Le Figaro hasta la
Revue des deux mondes... Lo que me sorprende es que debajo de esas críticas
se note un odio contra mí, contra mi persona, un prejuicio denigrador... Esta
avalancha de majaderías me entristece.»
1875
La ruina económica de Ernest Cornmanville arrastra también a Flaubert.
Vende su granja de Deauville; tiene que rogarle a su sobrina que no le eche de
Croisset.
Ella y Commanville le ponen el mote de «el consumidor». En 1879 se ve
reducido a aceptar una pensión estatal que le consiguen los amigos.
1876
Muerte de Louise Colet. Muerte de George Sand. «Mi corazón está
convirtiéndose en una necrópolis.» Los últimos años de Gustave son áridos y
solitarios. Le dice a su sobrina que lamenta no haberse casado.
1880
Empobrecido, solitario y agotado, muere Gustave Flaubert. En su nota
necrológica, Zola comenta que cuatro quintas partes de Rouen no le conocían,
y que la otra quinta parte le detestaba. Deja sin terminar Bouvard et Pécuchet.
Dicen algunos que le mató el trabajo de la novela; Turgenev le dijo, antes de
que la comenzara, que sería mejor darle forma de relato corto. Después del
funeral, un grupo de acompañantes del féretro, entre los que se encuentran
Coppée y Théodore de Banville, celebran en Rouen una cena de homenaje al
escritor fallecido. Al sentarse a la mesa, descubren que son trece. Banville,
muy supersticioso, se empeña en que busquen otro comensal, y envían a
Émile Bergerat, yerno de Gautier, a rondar por la calle. Después de que varias
personas se nieguen a aceptar su ofrecimiento, regresa con un soldado de
permiso. El soldado no ha oído hablar nunca de Flaubert, pero arde en deseos
de conocer a Coppée.
III
1842
Mis libros y yo en el mismo apartamento, como un pepinillo en vinagre.
1846
Tuve, de muy joven, un presentimiento completo de la vida. Era como el
nauseabundo hedor que se escapa de una cocina por un tragaluz. No hace
falta haber probado la comida para saber que te daría ganas de vomitar.
1846
He hecho contigo lo mismo que he hecho en otras épocas con aquellos a
quienes más amaba: les enseñaba el fondo del saco, y el acre polvo que salía
de allí les asfixiaba.
1846
Mi vida está clavada a otra [Mme. Flaubert] y esto seguirá siendo así mientras
dure esa otra vida. Alga marina agitada por el viento, sólo me sostiene a la
roca un único hilo firme. Si se rompiera, ¿a dónde sería arrastrada esa pobre
planta inútil?
1846
Quieres podar el árbol. Sus ramas hirsutas pero rebosantes de hojas se
estiran en todas direcciones en busca del aire y del sol. Pero tú quieres
convertirme en una encantadora espaldera extendida sobre la pared, que dé
unos frutos magníficos que hasta un niño podría coger sin necesidad de una
escalera.
1846
No creas pues que pertenezco a esa vulgar raza de hombres que sienten
repugnancia después del placer, y para los que el amor sólo existe en virtud
de la lujuria. No: en mí, lo que se alza no vuelve a abatirse con la misma
rapidez. Si el musgo empieza a crecer por los edificios de mi corazón tan
pronto como han sido construidos, también hace falta mucho tiempo para que
caigan en ruinas, en caso de que lleguen realmente a caerse.
1846
Soy como los cigarros: para encenderme hay que chupar fuerte.
1846
Hay entre los marinos aquellos que descubren nuevos mundos, que añaden
tierras a la tierra y estrellas a las estrellas: estos son los maestros, los
excelsos, los eternamente espléndidos. Luego están los que vomitan el terror
desde las partes de sus navíos, los que capturan, enriquecen y engordan.
Algunos zarpan en pos del oro y la seda bajo otros cielos, otros sólo pretenden
atrapar en sus redes salmones para los gourmets y bacalao para los pobres.
Yo soy el oscuro y paciente pescador de perlas que se zambulle hasta las
profundidades y emerge con las manos vacías y la cara azul. Cierta atracción
fatal me conduce hacia los abismos del pensamiento, hasta el fondo de unas
simas interiores que, para los fuertes, jamás se agotan. Me pasaré la vida
mirando el océano del arte en el que otros navegan o combaten, y a veces me
divertiré yendo a buscar al fondo del mar conchas verdes o amarillas que los
demás desprecian. De modo que las guardaré para mí y cubriré con ellas las
paredes de mi choza.
1846
No soy más que un lagarto literario que se calienta el día entero al gran sol de
la belleza. Sólo eso.
1846
Hay en el fondo de mi ser un aburrimiento radical, íntimo, acte e incesante
que no me permite disfrutar de nada y que me llena el alma a reventar.
Aparece con cualquier excusa, como la hinchada carroña de los perros
ahogados vuelve a salir a la superficie por mucho que les hayas atado una
piedra al cuello.
1847
Las personas son como la comida. Hay montones de burgueses que para mí
son como carne hervida: mucho vapor, nada de jugo, insípidos. Te llena en
seguida, y suele gustarles a los patanes. Otros son como carne blanca,
pescado de río, delgadas anguilas que viven en el fango, ostras más o menos
saladas, cabezas de ternera y azucaradas papillas. Yo soy como los
macarrones con queso, que se ahilan y hieden; para gustar de ellos hay que
haberlos probado muchas veces.
A la larga te acostumbras, pero antes tienes que haber aguantado que se te
suba muchas veces el estómago a la boca.
1847
Hay personas que tienen el corazón blando y el alma dura. Yo, por el
contrario, tengo el alma blanda y el corazón áspero. Soy como un coco, que
guarda su leche encerrada bajo varias capas leñosas. Para abrirlo hace falta
un hacha, ¿y qué es lo que te encuentras a menudo? Una especie de leche
pasada.
1847
Esperabas encontrar en mí un fuego que ardiese, que llamease, que
iluminase, que proyectara alegres claridades, que hiciera secar la humedad de
los revestimientos, que saneara el aire y volviese a dar vida. Pero, ay, no soy
más que una pobre lámpara nocturna cuya roja mecha centellea en un mal
aceite Ileno de anua polvo.
1851
Mi amistad es como los camellos. En cuanto se pone en marcha ya no hay
modo de detenerla.
1852
A medida que envejecemos, el corazón se nos va desnudando, como los
árboles. No hay nada capaz de resistir ciertas ráfagas de viento. Cada nuevo
día nos arranca algunas hojas, y eso sin contar con las tormentas que rompen
de una sola vez varias ramas. Pero así como el verdor de la naturaleza renace
en primavera, el nuestro se va para siempre.
1852
La vida es una cosa horrible, ¿no crees? Es como una sopa en la que flotan
muchos pelos, y que no hay más remedio que comerse.
1852
Yo me río de todo, incluso de lo que más amo. No hay cosas, hechos,
sentimientos ni personas sobre los que no haya pasado mi bufonería, como un
rodillo de hierro para sacarle lustre a la ropa.
1852
Amo mi trabajo con un amor frenético y perverso, como ama el asceta el
cilicio que le araña el vientre.
1852
Todos los normandos tenemos un poco de sidra en las venas; es una bebida
agria y fermentada, que a veces hace saltar el tapón.
1853
En cuanto al asunto de mi instalación inmediata en París, hay que aplazarla, o
mejor aun resolverla de inmediato. Me resulta imposible en este momento...
Me conozco muy bien, y significaría perder todo un invierno, y quizá todo el
libro. Bouilhet puede decir lo que quiera, porque tiene la suerte de escribir en
cualquier parte, y porque desde hace doce años ha seguido trabajando a pesar
de estar siendo importunado constantemente... Yo soy como una hilera de
cuencos de leche: para que se forme la crema hay que dejarlos inmóviles.
1853
¿Sabes que tu facilidad me deslumbra? ¡En diez días habrás escrito seis
cuentos ! No lo entiendo... Yo soy como uno de esos acueductos antiguos. Hay
tantos detritus en los bordes de mi pensamiento que éste circula lentamente,
y sólo cae de mi pluma de gota en gota.
1854
Yo, que guardo cada cosa en su sitio, llevo una vida ordenada por casilleros, y
tengo mis cajones y estoy tan lleno de compartimentos como un baúl de viaje,
muy bien atado con cuerdas y cerrado con tres correas.
1854
¿Pides amor, te quejas de que no te mande flores?
¡Ah, pienso mucho en las flores! Búscate un joven recién salido del cascarón,
un hombre de buenos modales e ideas prestadas. Yo soy como los tigres, que
tienen en la punta del glande unos pelos aglutinados con los que desgarran a
la hembra.
1857
Los libros no se hacen como los niños, sino como las pirámides, con un
proyecto premeditado y amontonando grandes bloques los unos encima de los
otros, a fuerza de riñones, de tiempo y de sudor. ¡Y no sir ven de nada! ¡Y se
quedan allí, en el desierto! Pero dominándolo de forma prodigiosa. Los
chacales se mean en su base y los burgueses suben hasta su cúspide;
continúa la comparación.
1857
Hay una frase latina que significa aproximadamente:
«Coger con los dientes un denario de entre la mierda.» Era una figura retórica
que aplicaban a los avaros. Yo soy como ellos: para encontrar oro, no me
detengo ante nada.
1867
Es cierto que hay muchas cosas que me exasperan. El día en que nada me
indigne caeré de bruces, como una muñeca cuando le quitas el palo que la
sostiene.
1872
Mi corazón permanece intacto, pero mi sensibilidad está exasperada por un
lado y embotada por el otro, como un viejo cuchillo afilado demasiadas veces,
con melladuras, que se rompe fácilmente.
1872
Jamás habían contado tan poco los intereses espirituales. Jamás el odio
contra toda grandeza, el desdén por lo Bello, la execración de la literatura
habían sido tan manifiestos. Siempre he intentado vivir en una torre de marfil;
pero una marea de mierda golpea sus muros y amenaza derribarla.
1873
Sigo, no obstante, torneando frases de la misma manera que los burgueses
que tienen un torno en el granero siguen torneando aros para servilletas, por
ociosidad y para mi propia satisfacción.
1875
A pesar de tus consejos, no consigo «endurecerme»...
Mi sensibilidad está sobreexcitada; tengo los nervios y el cerebro enfermos,
muy enfermos, lo noto... Vaya, ya estoy quejándome otra vez, por mucho que
no quiera afligirte. Me referiré solamente a tu comparación con la «roca».
Debes saber que a veces el granito muy antiguo se convierte en arcilla.
1875
Me siento desarraigado y llevado de acá para allá como un alga muerta.
1880
¿Y cuándo estará terminado mi libro? Problema. Para que pueda publicarse el
próximo invierno, no debo perder ni un minuto. Pero hay momentos en que
tengo la sensación de estar licuándome como un viejo camembert, tan
fatigado estoy.
3
LO PROMETIDO ES DEUDA
Se puede definir una red de dos maneras, según cuál sea el punto de vista
que se adopte. Normalmente, cualquier persona diría que es un instrumento
de malla que sirve para atrapar peces. Pero, sin perjudicar excesivamente la
lógica, también podría invertirse la imagen y definir la red como hizo en una
ocasión un jocoso lexicógrafo: dijo que era una colección de agujeros atados
con un hilo.
Lo mismo puede hacerse en el caso de la biografía. La red va siendo
arrastrada, se llena, y luego el biógrafo la cobra, selecciona, tira parte de la
pesca, almacena, corta en filetes, y vende. Pero, ¿y todo lo que no pesca?
Siempre abunda más que lo otro. La biografía, pesada y respetablemente
burguesa, descansa en el estante jactanciosa y sosegada: una vida que cueste
un chelín te proporciona todos los datos; si cuesta diez libras incluirá, además,
todas las hipótesis. Pero piénsese en todo lo que se escapó, en todo lo que
huyó con el último aliento exhalado en su lecho de muerte por el biografiado.
¿Qué posibilidades tendría el más hábil biógrafo ante el sujeto que le ve venir
y decide divertirse un rato?
Conocí a Ed Winterton cuando apoyó su mano sobre la mía en el Hotel
Europa: no es más que un chiste mío; pero que no falta a la verdad. Fue
durante una feria provincial de libreros, yo fui un poquito más rápido que él al
extender el brazo para coger un ejemplar de los Recuerdos Literarios de
Turgenev. La conjunción produjo disculpas inmediatas, tan embarazadas por
su parte como por la mía. Cuando ambos comprendimos que la lujuria
bibliófila era la única emoción que había provocado esta superposición de
manos, Ed murmuró:
-Salgamos afuera un momento y lo discutiremos.
Junto a un té no muy apasionante, nos revelamos mutuamente el camino que
cada uno había recorrido hasta llegar al mismo libro. Yo le hablé de Flaubert;
él anunció que estaba interesado por Gosse y el mundo literario de la
Inglaterra de finales del siglo pasado. No he conocido a muchos profesores
norteamericanos de universidad, y me sorprendió agradablemente que a éste
le pareciese tan aburrido el grupo de Bloomsbury, y que estuviera encantado
de dejar el movimiento moderno en manos de sus colegas más jóvenes y
ambiciosos. Pero Ed Winterton quiso retratarse luego a sí mismo como un
fracasado. Tenía cuarenta y pocos años, una calvicie más que incipiente, la tez
rosada y glabra, y llevaba gafas cuadradas sin montura: el catedrático con
imagen de banquero, circunspecto y honorable. Llevaba ropa inglesa y no
tenía en absoluto aspecto de inglés. Era de esos norteamericanos que cuando
llegan a Londres se compran una trenca porque saben que en esa ciudad
llueve hasta con el cielo despejado. En el bar del Hotel Europa seguía llevando
la trenca puesta.
Sus aires de fracasado no tenían connotaciones desesperadas; parecían más
bien ser el producto de una aceptación sin resentimientos de que no estaba
hecho para triunfar, y en consecuencia su deber consistía en asegurarse de
que fracasaba de una forma correcta y aceptable. En un momento de la
conversación, cuando estábamos hablando de lo poco probable que era que
llegase no ya a publicar su biografía de Gosse sino incluso a terminarla, hizo
una pausa y, en voz baja, me dijo:
-En cualquier caso, a veces me pregunto si Mr. Gosse hubiese aprobado mis
actividades.
-Quieres decir... -Yo apenas sabía nada de Gosse, y mi mirada de asombro
dejó entrever quizá con demasiada claridad imágenes de lavanderas
desnudas, hijos ilegítimos y cuerpos desmembrados.
-Oh, no, no, no. Simplemente, la idea de escribir acerca de él. Quizás él
habría pensado que era en cierto modo... un golpe bajo.
Dejé que se quedara con el Turgenev, claro, aunque sólo fuese para no tener
que discutir acerca del sentido moral de la posesión. Yo no entendía que la
ética pudiese tener relación alguna con la propiedad de un libro de segunda
mano; pero Ed sí. Me prometió ponerse en contacto conmigo si algún día
tropezaba con otro ejemplar. Luego tratamos brevemente de si estaba bien o
mal que yo le pagase su té.
No esperaba volver a tener noticias de él, y mucho menos en torno a la
cuestión que provocó la carta que me dirigió al cabo de un año. «¿Te interesa
Juliet Herbert? Parece que fue una relación fascinante, a juzgar por el
material. Estaré en Londres el mes de agosto, y si tú también estás podemos
vernos.
Afectuosamente, Ed (Winterton).»
¿Qué siente la prometida cuando abre la cajita y ve el anillo rodeado de
terciopelo rojo? No llegué a preguntárselo nunca a mi mujer, y ahora ya es
tarde. O bien, ¿qué fue lo que sintió Flaubert cuando estuvo esperando el
amanecer desde lo alto de la Gran Pirámide y vio finalmente brillar aquella
grieta de oro en el terciopelo purpúreo de la noche? Asombro, temor y una
fiera alegría fue lo que brotó de mi corazón al leer esas dos palabras en la
carta de Ed. No, no me refiero a «Juliet Herbert», sino a las otras dos:
primero, «fascinante»; y luego, «material». Y, ¿hubo acaso algo más, aparte
de la alegría, aparte también de la visión del mucho trabajo que me esperaba?
¿La avergonzada fantasía en la que me vi consiguiendo algún tipo de
graduación honorífica en cierta universidad?
Juliet Herbert es un gran agujero atado con cuerda. A mitad de los años
cincuenta del siglo pasado se convirtió, no se sabe cómo, en la institutriz de
Carolina, la sobrina de Flaubert, permaneció en Croisset durante un escaso e
indeterminado número de años; después regresó a Londres. Flaubert le
escribió, y ella le contestó; se visitaron mutuamente con frecuencia. Aparte de
eso, no sabemos nada. No nos ha llegado ninguna carta suya a dirigida a ella.
Casi no sabemos nada de su familia. Ni siquiera sabemos qué aspecto tenía.
No ha sobrevivido ninguna descripción de ella, y ninguno de los amigos de
Flaubert la mencionó después de la muerte del escritor, momento en el cual
fueron conmemoradas la mayor parte de las demás mujeres que habían tenido
importancia en su vida.
Los biógrafos no se ponen de acuerdo en torno a Juliet Herbert. Para algunos
de ellos, la escasez de datos indica que apenas tuvo significado para la vida de
Flaubert; otros deducen de esta ausencia de datos justamente lo contrario, y
afirman que esta atormentadora institutriz fue sin duda una de las amantes
del escritor, posiblemente la Gran Pasión Desconocida de su vida, y hasta
quizá su prometida. Las hipótesis son consecuencia directa del temperamento
del biógrafo. ¿Podemos deducir que Gustave amaba a Juliet Herbert a partir
del dato de que su galgo se llamara Julio? Hay quienes lo hacen. A mí me
parece un poco tendencioso. Y en caso de que lo hagamos, ¿qué deducimos
entonces del hecho de que en varias de sus cartas Gustave llame «Loulou» a
su sobrina, precisamente el nombre que dará luego al loro de Félicité? ¿Y del
hecho de que George Sand tuviese un carnero al que llamaba Gustave?
La única referencia declarada de Flaubert a Juliet Herbert se encuentra en una
carta dirigida a Bouilhet, escrita después de que éste hubiese visitado
Croisset:
«Desde que vi que la institutriz te excitaba, también yo siento excitación. En
la mesa, mis ojos siguen de buena gana la suave curva de su pecho. Creo que
ella lo ha notado porque, cinco o seis veces en cada comida, pone la misma
cara que si le hubiese dado mucho el sol. Qué bella comparación podría
establecerse entre la curva de su pecho y la explanada de una fortificación.
Los cupidos avanzan por ella dando volteretas, lanzando su asalto contra la
ciudadela. (Dígase con voz de Jeque): «Bueno, la verdad es que sé muy bien
cuál es la pieza de artillería con la que apuntaría en esa dirección.»
¿Deberíamos precipitarnos a extraer conclusiones? Francamente, me parece
que esto no es más que uno de esos comentarios jactanciosos, de esos
guiños, que solían aparecer en las cartas que Flaubert dirigía a sus amigos de
sexo masculino. Personalmente, no me convence: cuando un deseo es
verdadero, no es fácil convertirlo en metáfora. Pero, claro, todos los biógrafos
pretenden secretamente anexionarse y canalizar la vida conyugal de los
protagonistas de su obra; el lector deberá, además de juzgar a Flaubert,
juzgarme a mí.
¿Era verdad que Ed había descubierto algún material referido a Juliet Herbert?
Admito que empecé a sentirme posesivo por adelantado. Me imaginé a mí
mismo presentándolo en alguna de las revistas literarias más importantes;
quizá permitiría al TLS que lo publicase. «Juliet Herbert: Misterio resuelto, por
Geoffrey Braithwaite», ilustrado con una de esas fotografías en las que tan
difícil resulta llegar a leer lo que está escrito al pie. También empecé a
sentirme preocupado pensando que quizás Ed no sabría contener la lengua y
hablaría de su descubrimiento en la universidad, y que podría entregar
inocentemente su tesoro a algún ambicioso galicista con un corte de pelo a lo
astronauta.
Pero todo esto son ideas feas y, confío, poco frecuentes en mí. De hecho, lo
que más me emocionaba era la idea de descubrir el secreto de las relaciones
entre Gustave y Juliet (¿qué otra cosa podía significar ese «fascinante» de la
carta de Ed?). También me emocionaba pensando que ese material pudiera
ayudarme a comprender con más exactitud cómo era Flaubert: La red estaba
cerrándose. ¿Averiguaríamos, por ejemnlo, qué hizo el escritor cuando estuvo
en Londres?
Esto tenía un interés muy especial. Los intercambios culturales entre
Inglaterra y Francia durante el siglo XIX fueron, como mucho, pragmáticos.
Los escritores franceses no cruzaban el Canal de la Mancha para hablar de
cuestiones estéticas con sus colegas ingleses; lo hacían huyendo de alguna
persecución, o para buscar empleo. Hugo y Zola vinieron en calidad de
exiliados; Verlaine y Mallarmé, como maestros. Villiers de l'Isle-Adam,
crónicamente pobre pero chifladamente práctico, vino en busca de una
heredera. En París un agente matrimonial le equipó para la expedición con un
abrigo de pieles, un repulsivo reloj despertador y una nueva dentadura
postiza, a pagar cuando el escritor tuviera por fin en sus manos la dote de la
heredera. Pero Villiers, incansablemente propenso a los accidentes, estropeó el
noviazgo. La heredera le rechazó, el agente se presentó para reclamar el
abrigo y el reloj despertador, y el descartado pretendiente se quedó en
Londres a la deriva, con una magnínica dentadura pero sin un céntimo.
¿Y qué sabemos de Flaubert? Muy poco en lo que se refiere a sus cuatro
viajes a Inglaterra. Sabemos que la Great Exhibition de 1851 se granjeó su
inesperada aprobación -«es magnífica, aunque la admire todo el mundo»-,
pero sus notas de esa primera visita se limitan a siete páginas: dos sobre el
British Museum, y otras cinco sobre los pabellones chino e indio del Crystal
Palace. ¿Cuáles fueron las primeras impresiones que le produjimos los
ingleses? Debió de contárselas a Juliet. ¿Estuvimos a la altura de lo que
escribe en su Dictionnaire des idées reçues ( INGLESES: Todos son ricos.
INGLESAS: Manifestarse sorprendido de que tengan hijos agraciados)?
¿Y qué sabemos de las siguientes visitas, cuando ya se había convertido en el
autor de la famosa Madame Bovary? ¿Buscó a los escritores ingleses? ¿Buscó
los burdeles ingleses? ¿Se quedó cómodamente en casa con Juliet, mirándola
mientras cenaban para después tomar por asalto su fortaleza? ¿O quizá no
fueron (eso es lo que yo creía en parte que había ocurrido) más que buenos
amigos? ¿Era su inglés tan aleatorio como habría que pensar juzgándolo por
sus cartas? ¿Hablaba sólo en inglés shakesperiano? Y, ¿se quejaba mucho de
la niebla?
Cuando me encontré con Ed en el restaurante tenía un aspecto incluso más
de fracasado que la otra vez. Estuvo hablándome de ciertos recortes
presupuestarios, de la crueldad del mundo, de su incapacidad para publicar
artículos. Deduje, más que oírlo, que le habían dado la patada. Me explicó lo
irónico que había sido su despido: era consecuencia de la devoción que sentía
por su labor, por su negativa a tratar injustamente a Gosse el día en que le
presentara al mundo. Sus superiores universitarios le insinuaron que atajara.
Pues bien, él no estaba dispuesto a hacerlo. Sentía demasiado respeto por la
escritura y los escritores para adoptar esa actitud.
-No sé si me explico, pero es que me parece que en cierto sentido estamos en
deuda con esa gente.
Quizá yo simpaticé menos de lo esperado con su triste suerte. Pero, ¿acaso
puede alguien modificar el funcionamiento de la fortuna? Al fin y al cabo, y por
una vez, la fortuna estaba de mi parte. Pedí mi cena apresuradamente, pues
casi no me importaba comer una cosa u otra; Ed estudió la carta como si fuera
Verlaine, el día en que alguien le invitaba a comer de verdad por vez primera
en varias semanas. Escuchar los tediosos lamentos de Ed, y verle consumir al
mismo tiempo aquel plato de salmonetes, terminó por agotar mi paciencia;
pero no hizo disminuir en absoluto mi excitación.
-Bien -le dije cuando empezábamos el segundo plato-. Juliet Herbert.
-Oh -dijo-, sí. -Noté perfectamente que habría que empujarle-. Es una historia
extraña.
-Era de esperar.
-Sí. -Ed parecía un poco dolorido, casi embarazado-. Bueno, estuve por aquí
hace seis meses, buscando la pista de un lejano descendiente de Mr. Gosse.
No es que tuviera esperanzas de encontrar algo. Era sólo que, hasta donde yo
sabía, nadie había hablado nunca con una señora, y me pareció que..., que
tenía el deber de ir a verla. A lo mejor le había sido transmitida alguna leyenda
familiar cuya existencia yo no había podido ni siquiera imaginar.
-¿Y?
-¿Y? Ah, no. No era así. En realidad no me sirvió de nada. Pero hacía un buen
día. Kent. -Volvió a poner una expresión afligida; era como si echase de
menos la trenca que el camarero le había arrebatado con tremenda crueldad-.
Ah, pero ya entiendo a qué te refieres. Lo que sí le había llegado a esa señora
era el paquete de cartas. Bueno, veamos si lo entiendo bien. De lo contrario,
corrígeme. ¿Verdad que Juliet Herbert murió más o menos en 1909? Sí. Tenía
una prima. Sí. Bien, pues esa prima encontró las cartas y se las llevó a Mr.
Gosse, para preguntarle si tenían, en su opinión, algún valor. Mr. Gosse creyó
que estaban insinuándole que las comprase, de modo que dijo que, si bien
eran interesantes, nadie pagaría un céntimo por ellas. Oído lo cual esta prima
se limitó a entregárselas a él, diciendo, pues si no se les puede sacar dinero,
quédeselas usted. Y él se las quedó.
-¿Cómo te has enterado de todo esto?
-Junto al paquete había una carta manuscrita del propio Mr. Gosse.
-¿Y?
-Y así fue como llegaron a manos de esta señora de Kent. Lamento decir que
ella formuló la misma pregunta:
¿Cuánto valen? Y todavía lamento más tener que decir que me comporté de
una forma bastante inmoral. Le dije que fueron valiosas en el momento en que
Gosse las examinó, pero que ya no lo eran. Le dije que seguían siendo
interesantes, pero que carecían de valor pecuniario porque la mitad de ellas
estaban escritas en francés. Y a continuación se las compré por cincuenta
libras.
-Santo Cielo. -No era de extrañar que me hubiese parecido que su actitud era
un poco furtiva.
-Sí, estuvo bastante mal, ¿verdad? No encuentro excusas para mi
comportamiento; pero el hecho de que también el propio Gosse mintiera
cuando las obtuvo contribuía a confundir las cosas. ¿No te parece que este
asunto plantea un interesante problema moral? La cuestión es que yo estaba
bastante deprimido por el hecho de haberme quedado sin mi empleo, y pensé
que podía llevármelas, venderlas y, con ese dineno, seguir con mi libro.
-¿Cuántas cartas hay?
-Unas setenta y cinco. Tres docenas aproximadamente de cada lado. Así fue
como fijamos el precio. Una libra por cada una de las que estaban en inglés, y
cincuenta peniques por las escritas en francés.
-Santo Dios. -Me pregunté qué fortuna podían valer. Quizá mil veces lo que él
había pagado. O más.
-Sí.
-Bien, continúa, háblame de ellas.
-Ah. -Hizo una pausa y me lanzó una mirada que habría sido de picardía si no
se hubiese tratado de un tipo tan mojigato y pedante. Seguro que, viéndome
tan excitado, estaba divirtiéndose horrores-. Bueno, dispara. ¿Qué quieres
saber?
-¿Las has leído?
-Sí, claro.
-Y, y? -No sabía qué preguntar. Ahora no cabía duda de que Ed estaba
disfrutando la situación-. Y... , ¿fueron amantes? Lo fueron, ¿verdad que sí?
-Oh, sí. Desde luego.
-¿Y cuándo empezó? Poco después de que ella llegara a Croissete
-Sí, muy poco después de su llegada.
Bueno, esto permitía comprender el acertijo de la carta dirigida a Bouilhet:
Flaubert estaba tomándole el pelo cuando fingía que tenía tantas, o tan pocas,
oportunidades como su amigo de liarse con la institutriz; cuando en realidad...
-¿Y siguieron siéndolo durante todo el tiempo que ella estuvo allí?
-Desde luego.
-¿Y cuando él vino a Inglaterra?
-Sí, también.
-¿Y llegó ella a ser su prometida?
-Es difícil asegurarlo. Yo diría que prácticamente sí. Hay algunas referencias
por parte de ambos en las cartas, casi siempre en broma. Frases acerca de la
pequeña institutriz inglesa que cazó al famoso escritor francés; acerca de lo
que haría ella en caso de que a él le encarcelasen por haber provocado un
nuevo escándalo moral; cosas así.
-Bien, bien, bien. ¿Y se puede averiguar cómo era ella?
-¿Cómo era ella? Ah, ¿te refieres a su aspecto?
-Sí. ¿No hay... , no hay... -Ed notó lo esperanzado que yo estaba-... , ninguna
foto?
-¿Foto? Sí, de hecho hay varias; son de un estudio de Chelsea, unas copias
pegadas a una cartulina muy gruesa. Seguramente él debió de pedirle a Juliet
que se las remitiese. ¿Tienen algún interés?
-Bueno, esto es increíble. ¿Cómo era Juliet?
-Bastante bonita, aunque de un modo escasamente memorable. Morena,
mentón pronunciado, buena nariz. No me fijé apenas. No era de mi tipo.
-Y qué tal se llevaban, ¿bien? -Ahora ya no sabía lo que quería preguntar. La
prometida inglesa de Flaubert, pensaba. Por Geoffrey Braithwaite.
-Sí, parece que sí. Parecen muy encariñados el uno del otro. Al final él
consiguió aprender unas cuantas frases afectuosas en inglés.
-¿Quieres decir que sabía escribir en inglés?
-Desde luego, hay varios pasajes largos de las cartas que están en inglés.
-¿Y qué le parecía Londres?
-Le gustaba. ¿Cómo iba a ser de otro modo? Era la ciudad en donde residía su
prometida.
Mi querido Gustave, murmuré en mi interior; sentí una gran ternura por él.
Aquí, en esta misma ciudad, hace un siglo y pico estuvo él con una
compatriota mía que consiguió atrapar su corazón.
-¿Se quejaba de la niebla?
-Claro. Escribió algo así, «¿cómo os las arregláis para vivir con esa niebla?
Para cuando un caballero ha conseguido reconocer a una dama que se le
acerca saliendo de la niebla, ya es demasiado tarde para quitarse el sombrero.
Me sorprende que haya logrado sobrevivir una raza que vive en unas
condiciones que impiden el normal desarrollo de la cortesía ».
Sí, sí, era su tono: elegante, zumbón, levemente lúbrico.
-¿Y qué dice de la Great Exhibition? ¿Habla de ella con detalle? Apuesto a que
le gustó mucho.
-Cierto. Eso ocurrió algunos años antes de que se conociesen, pero la
menciona con un cierto tono sentimental, se pregunta si no es posible que se
haya cruzado con ella sin saberlo en medio de aquellas multitudes. Le pareció
una exposición un tanto horrible, pero también espléndida. Parece que miró
todo lo que estaba expuesto como si se tratase de un gran despliegue de
material para sus novelas.
-Y... Hmmm. -¿Por qué no?-. Supongo que no visitó ningún burdel...
Ed me dirigió una mirada bastante ceñuda.
-¿No recuerdas que estas cartas se las escribía a su novia? Era difícil que se
jactara precisamente de eso, ¿no crees?
-Claro, claro. -Tuve la sensación de que me habían castigado. Pero también
estaba contentísimo. Mis cartas. Mis cartas. Seguro que Winterton tenía
intención de dejármelas para que las publicase.
-Bien, ¿cuándo podré verlas? ¿Las has traído?
-Oh, no.
-¿No? -Bueno, lo más sensato era dejarlas en algún lugar seguro. Los viajes
tienen sus peligros. A no ser..., a no ser que hubiese alguna cosa que yo no
hubiera entendido del todo bien. Quizá..., ¿querría dinero? De repente
comprendí que no sabía absolutamente nada de Ed Winterton, aparte de que
era el dueño de mi ejemplar de las Reminiscencias literarias de Turgenev-.
¿No has traído ni una sola carta?
-Verás, las quemé.
-¿Qué?
-Sí, bueno, a eso me refería cuando te decía que era una historía extraña.
-Pues de momento parece más bien una historia criminal.
-Estaba seguro de que lo entenderías -dijo, sorprendiéndome profundamente;
luego me sonrió-: Quiero decir que, nada menos tú. De hecho, al principio
decidí no contárselo a nadie, pero luego me acordé de ti. Me pareció que había
que decírselo al menos a una persona del oficio. Simplemente para que
quedase constancia.
-Sigue. -Aquel tipo estaba loco; seguro. No era de extrañar que en su
universidad hubiesen terminado por darle la patada. La pena fue que no lo
hicieran antes, mucho antes.
-Mira, había montones de cosas fascinantes; en las cartas, claro. Muy largas,
muchas eran muy largas, con abundantes reflexiones sobre otros escritores, la
vida pública, todo. Eran incluso más sinceras que sus cartas normales. Quizá
porque, como las enviaba al extranjero, se permitía más libertades que de
costumbre. -¿Sabía este criminal, este impostor, este asesino, este pirómano
calvo, todo el daño que me estaba haciendo? Probablemente sí-. Y las cartas
de ella también eran, a su modo, magníficas. Contaban toda la historia de su
vida. Y eran muy reveladoras en lo que a Flaubert se refiere. Contenían
muchas descripciones nostálgicas de la vida de Croisset. Es evidente que esa
mujer era muy observadora. Notaba cosas que seguramente hubiesen pasado
desapercibidas para la mayoría de la gente.
-Sigue. -Llamé sombríamente al camarero. Tenía la sensación de que no
podría permanecer allí mucho más. Quería decirle a Winterton cuánto me
satisfacía que los británicos hubiesen incendiado la Casa Blanca hasta dejarla
arrasada.
-Seguro que te estarás preguntando por qué quemé las cartas. Te noto un
poco inquieto. Bien, en la última carta, él le dice que en caso de que fallezca le
serán devueltas las cartas a ella, y le ordena que queme toda esa
correspondencia.
-¿Explica por qué razón?
-No.
Esto me pareció extraño, suponiendo que ese loco estuviese diciendo la
verdad. Pero era cierto que Gustave quemó buena parte de su
correspondencia con Du Camp. A lo mejor sintió temporalmente cierto orgullo
relacionado con sus orígenes familiares, y no quiso que el mundo llegase a
saber que había estado a punto de casarse con una institutriz inglesa. O a lo
mejor no quiso que supiéramos que su famosa devoción por la soledad y el
arte había estado a punto de esfumarse. Pero el mundo acabaría sabiéndolo.
Fuera como fuese, yo lo contaría.
-De modo que, ya lo ves, no tenía alternativa. Me refiero a que cuando
trabajas con escritores, tienes el deber de tratarles con integridad, ¿no te
parece? Tienes que cumplir su voluntad, aunque haya otros que no la
cumplan. -Menudo hijo de puta presumido y puritano era aquel tipo. Se ponía
la ética como las prostitutas se ponen el maquillaje. Y además había
conseguido mezclar en la misma expresión su gesto furtivo del principio con su
posterior suficiencia-. En esta última carta a la que me refiero había también
otro detalle. Además de pedirle a Miss Herbert que quemase toda la
correspondencia, añadía otra orden. Le decía, Si alguna vez alguien te
preguntara por el contenido de mis cartas, o por cuál era la clase de vida que
yo llevaba, miéntele, por favor. O, mejor dicho, ya que no puedo pedirte, nada
menos que a ti, que mientas, diles sencillamente aquello que tú creas que
esperan oírte decir.
Me sentí igual que Villiers de l'Isle-Adam: alguien me había prestado por unos
días un abrigo de pieles y un reloj despertador, y luego me los arrebataba con
la mayor crueldad. Menos mal que en este momento llegó el camarero.
Además, Winterton no era tampoco tan tonto: había apartado su silla de la
mesa y jugueteaba con sus uñas.
-Lo peor de todo esto -dijo, mientras yo volvía a guardarme mi tarjeta de
crédito- es que no podré financiar mi libro sobre Mr. Gosse. Pero estoy seguro
de que estarás de acuerdo conmigo en una cosa: ha sido una decisión moral
muy interesante.
Creo que el comentario con que le respondí a continuación fue profundamente
injusto para con Mr. Gosse, como escritor y como simple ser sexual: pero no
sé de qué forma hubiese podido evitarlo.
4
EL BESTIARIO DE FLAUBERT
Atraigo a los locos y a los animales.
Carta a Alfred le Poitfevin, 26 de mayo de 1845
EL OSO
Gustave era el Oso. Su hermana Caroline era la Rata: «tu querida rata», «tu
fiel rata» firma sus cartas; «ratita», «Ah, rata, buena rata, vieja rata », «vieja
rata, vieja rata traviesa, buena rata, pobrecita rata», son expresiones que él
utiliza para dirigirse a ella; pero Gustave era el Oso. Cuando tenía sólo veinte
años, la gente le encontraba «un tipo raro, un oso, un joven poco corriente»;
e incluso antes de su ataque epiléptico y su reclusión en Croisset, ya se había
establecido la imagen: « Soy un oso y quiero seguir siendo un oso en mi
guarida, en mi madriguera, en mi piel, en mi vieja piel de oso; quiero vivir
tranquilo y lejos de los burgueses y las burguesas. » Después de su primer
ataque, su carácter de fiera se confirmó: «Vivo solo, como un oso.» (La
palabra «solo» que contiene la frase anterior debería glosarse de este modo:
«solo, sin más compañía que la de mis padres, mi hermana, los criados,
nuestro perro, la cabra de Caroline, y las visitas regulares de Alfred le
Poittevin. »)
Luego se recobró, obtuvo autorización para viajar; en diciembre de 1850 le
escribió desde Constantinopla a su madre, ampliando la imagen del Oso, que
ahora no solamente explicaba su carácter sino también su estrategia literaria:
Cuando te mezclas con la vida no la ves bien, la sufres o la disfrutas más de
la cuenta. EI artista, en mi opinión, es una monstruosidad, una cosa que
escapa a la naturaleza. Todas las desgracias con que le abruma la Providencia
son consecuencia de la testarudez con que niega ese axioma... De modo que
(tal es la conclusión), estoy resignado a vivir tal como he vivido, solo, con mi
muchedumbre de grandes hombres como compañeros, con mi piel de oso
como única compañía.
La «muchedumbre de compañeros», inútil subrayarlo, no está formada por
personas que invita a su casa sino por amigos cogidos de los estantes de la
biblioteca. En cuanto a la piel de oso, es un tema que siempre le preocupó:
escribió dos veces desde Oriente (Constantinopla, abril de 1850; Benisouëf,
junio de 1850) pidiéndole a su madre que se la cuidara. También su sobrina
Caroline recordaba muy bien esa alfombra de piel de oso que era la principal
característica de su estudio. La conducían hasta allí, para recibir lecciones, a la
una en punto. Las persianas estaban siempre cerradas, para que no entrase el
calor, y en la oscura habitación reinaban los olores del pebete y el tabaco.
«Solía lanzarme de un salto a la gran piel de oso blanco que tanto me
gustaba, y le cubría de besos su enorme cabeza.»
En cuanto caces el oso, dice el proverbio macedonio, bailará para ti. Gustave
no bailaba; Flaubert no era el oso de nadie. (¿Cómo se diría eso en francés?
Quizá, Gourstave.)
OSO: Generalmente se llama Martin. Cítese la anécdota del viejo soldado que
vio caer un reloj al foso de los osos, bajó a por él, y fue comido.
Dictionnaire des idées reçues
Gustave también es otros animales. De joven fue montones de fieras: ansioso
por ver a Ernest Chevalier, es «un león, un tigre, un tigre de la India, una
boa» (1841); cuando se siente extrañamente pletórico de fuerzas, es «un
buey, una esfinge, un alcaraván, un elefante, una ballena» (1841);
posteriormente, los escoge de uno en uno. Es una ostra en su concha (1845);
un caracol en su concha (1851 ); un erizo enroscándose para protegerse (
1853, 1857 ). Es un lagarto literario tostándose al sol de la Belleza ( 1846), y
una curruca de estridente gorjeo que se oculta en la espesura de los bosques
para que nadie pueda escucharla (también de 1846). Se enternece como una
vaca (1867); se siente tan fatigado como un asno (1867); pero también
chapotea en el Sena como una marsopa (1870). Trabaja como una mula
(1852); vive una vida capaz de matar a tres rinocerontes (1872); trabaja
«como XV bueyes" (1878); pero le aconseja a Louise Colet que se encierre a
trabajar en su madriguera como un topo (1853). Para Louise es como «un
búfalo salvaje de las praderas americanas» (1846). Para George Sand, en
cambio, es «manso como un cordero », (1866) cosa que él niega (1869) y
cuando están juntos, George Sand y él hablan como cotorras (1866); al cabo
de diez años, Gustave llora en el entierro de ella como una ternera (1876).
Solo en su estudio, termina el relato que escribió especialmente para ella, la
historia del loro; aúlla «como un gorila» (1876 ).
De vez en cuando coquetea con el rinoceronte y el camello como imágenes de
sí mismo, pera principal, secreta, esencialmente, es el Oso: un oso testarudo
(1852), un oso profundamente hundido en su osez por culpa de la necedad de
su época (1853), un oso sarnoso (1854) y hasta un oso disecado (1869); y
sígue así hasta el último año de su vida, cuando sigue «rugiendo tan fuerte
como un oso en su cueva» (1880). Debería tenerse en cuenta, además, que
en Hérodias, la última de las obras que Flaubert llegó a terminar, el proneta
Iaokannan, que está encarcelarlo, contesta, cuando le dicen que deje de aullar
sus denuncias contra el mundo corrupto que le rodea, dice que también él
seguirá gritando «como un oso».
La palabra humana es como una caldera rota en la que tocamos melodías
para que bailen los osos, cuando quisiéramos conmover a las estrellas.
Madame Bovary
Todavía rondaban osos por los bosques en tiempos de Gourstave: osos
pardos en los Alpes, osos castaños en Saboya. Los mejores comerciantes de
carnes en salazón vendían jamones de oso. Alexandre Dumas comió filete de
oso en el Hôtel de la Poste de Marigny en 1832; posteriormente, en su Grand
Dictionnaire de cuisine (1870), señaló que «todos los pueblos europeos
consumen actualmente carne de oso». El chef de los Reyes de Prusia le dio a
Dumas una receta para cocinar las patas de oso a la moscovita. Hay que
comprar las patas peladas. Lavarlas, salarlas y dejarlas en adobo durante tres
días. Cocer en una cacerola con tocino y verdura durante siete u ocho horas;
escurrirlas, secarlas, espolvorearlas con pimienta y engrasarlas con manteca
derretida. Rebozarlas luego con miga de pan y ponerlas durante una hora a la
parrilla. Servirlas con salsa picante y dos cucharadas de jalea de grosella.
No se tiene noticia de si Flaubear comió alguna vez carne de su tocayo. Comió
dromedario el año 1850, en Damasco. Parece sensato deducir que si hubiese
comido oso habría comentado esa ipsofagia.
¿Qué especie de oso era exactamente Flaubert? Podemos seguir el rastro de
la correspondencia. Al principio no es más que un simple ours, un oso (1841).
Sigue siendo un simple oso -pero propietario ya de una osera- en 1843, en
enero de 1845, y en mayo de 1845 (a estas alturas empieza a jactarse de que
posee tres capas de pelo). En junio de 1845 quiere adquirir el retrato de un
oso para su habitación, con intención de ponerle como título «Retrato de
Gustave Flaubert», lo que le servirá para «indicar mi disposición moral y mi
temperamento social». Hasta ahora quizá hemos estado imaginando (al igual
que él) un animal oscuro: un oso pardo americano, un oso negro ruso, un oso
castaño de Saboya. Pero en septiembre de 1845 Gustave anuncia con la
mayor firmeza que es «un oso blanco».
¿Por qué? ¿Acaso porque es un oso que también es un blanco europeo?
¿Procede esa identificación de la piel de oso que usa como alfombra en su
estudio (y que menciona por vez primera en una carta dirigida a Louise Colet
con fecha de agosto de 1846, en la que le cuenta que le gusta tenderse en ella
durante el día. ¿Eligió esta especie a fin de poder tumbarse en su alfombra,
que así le servía para hacer juegos de palabras y para camuflarse)? ¿O bien
indica esta coloración un nuevo grado de alejamiento de la humanidad, un
avance hacia los más remotos extremos de la osez? Los osos pardos, negros y
castaños no viven tan lejos del ser humano, del hombre de la ciudad, ni de la
amistad de los hombres. Los osos de colores son los más fáciles de domar.
Ahora bien, ¿se puede domar un oso blanco, un oso polar? Este no es el oso
que baila para hacer reír al hombre; no come bayas; no se le puede atrapar
aprovechando su debilidad por la miel.
Los otros osos tienen sus usos. Los romanos importaron osos británicos para
sus circos. Los habitantes de Kamchatka, una región de la Siberia Oriental,
utilizan los intestinos de los osos para hacerse con ellos unas máscaras que les
protegían de los rayos del sol. Y utilizaban también sus omóplatos afilados
para segar la hierba. En cambio el oso blanco, el Tnalarctos maritimus, es el
aristócrata de los osos. Frío, distante, se zambulle con elegancia para cazar
peces, tiende emboscadas a las focas cuando emergen para respirar. El oso
marítimo. Recorren grandes distancias, se dejan llevar por los bloques de hielo
que flotan en el mar. Durante un invierno del siglo pasado, doce grandes osos
blancos llegaron por este procedimiento hasta Islandia; se les puede imaginar
montados en sus tronos a medio derretir, para tomar tierra aterradoramente,
como dioses. William Scoresby, explorador del Artico, señaló que el hígado del
oso es venenoso: no hay ninguna otra parte de ningún cuadrúpedo que lo sea.
Entre los directores de los parques zoológicos, no hay ninguno que haya
conseguido un embarazo de un oso polar. Otros datos extraños que a Flaubert
no le hubieran extrañado:
«Cuando los lacontes, pueblo siberiano, encuentran un oso, se descubren la
cabeza, le saludan, le llaman jefe, viejo o abuelo, y le prometen que no le
atacarán y que jamás hablarán mal de él. Pero si da señales de tener
intenciones de arrojarse sobre ellos, le disparan, y, si le matan, lo parten en
pedazos, lo asan y se regalan con su carne hasta agotarla, sin dejar de
repetir: «No somos nosotros los que te comen, sino los rusos.»
A.-F. Aulagnier, Dictionnaire des Aliments et des Boissons
¿Había otros motivos para que decidiese ser un oso? El sentido figurado de
ours es bastante parecido al de su equivalente inglés: un tipo tosco y salvaje.
Ours, en argot, significa celda de la comisaría. Avoir ses ours, tener tus
propios osos, significa «tener la regla» (presumiblemente porque en esos
momentos se supone que una mujer se comporta como un oso al que le duele
la cabeza). Los etimólogos han encontrado las primeras manifestaciones de
este coloquialismo a finales de siglo (Flaubert no lo utiliza; prefiere les Anglais
sont débarqués,* («Los ingleses ya han desembarcado.» Recuérdese que las
tropas inglesas llevaban casacas rojas. (N. del T.)) y otras variaciones
humorísticas por el estilo. En una ocasión, tras haber mostrado su
preocupación por la irregularidad de Louise Colet, nota finalmente con alivio
que Lord Palmerston ya ha llegado). Un ours mal léché, un oso mal lamido, es
una persona grosera de carácter misántropo. Más apropiado para el caso de
Flaubert, un ours era el térmíno de argot que se usaba en el siglo XIX para
hablar de una obra de teatro que había sido presentada y rechazada muchas
veces, pero al final aceptada.
No hay duda de que Flaubert conocía la fábula de La Fontaine acerca del Oso
y el amante de los jardines. Había una vez un oso, un ser deforme y feo, que
se escondía del mundo y vivía completamente solo en un bosque. Al cabo de
un tiempo comenzó a sentirse melancólico y frenético, pues «ciertamente,
raras veces habita mucho tiempo la Razón entre los anchorites». De modo que
emprendió el camino y se encontró con un jardinero que también llevaba una
vida hermética y que también anhelaba encontrarse con alguien que le hiciese
compañía. El oso se mudó a la casucha del jardinero. El jardinero se había
convertido en un ermitaño porque no soportaba a los necios; pero como el oso
apenas pronunciaba tres palabras en todo el día, pudo seguir haciendo su
trabajo sin que nadie le estorbase. El oso solía salir de caza, y regresaba a
casa con comida para los dos. Cuando el jardinero se acostaba, el oso se
quedaba sentado a su lado y asustaba a las moscas que intentaban posarse en
su cara. Un día, una mosca se posó en la punta de la nariz del jardinero, y no
hubo modo de echarla de allí. El oso se enfadó muchísimo con la mosca y al
final cogió una piedra muy grande y consiguió matarla. Por desgracia, de la
pedrada le exprimió los sesos al jardinero.
Quizá también Louise Colet conocía esta historia.
EL CAMELLO
Si no hubiera sido Oso, Gustave hubiera podido ser Camello. En enero de
1852 le escribe una carta a Louise en la que, una vez más, le explica hasta
qué punto es incorregible: es tal como es, no puede cambiar, no está en su
mano, está sometido a la gravedad de las cosas, esa gravedad «que hace que
el oso polar habite las regiones heladas y que el camello camine por la
arena ». ¿Por qué el camello? Quizá porque es un magnífico ejemplo de la
visión flaubertiana de lo grotesco: por mucho que se esfuerce, no puede evitar
el ser a la vez serio y cómico. Desde El Cairo Gustave informa: «El camello es
una de las cosas más bellas. No me canso nunca de ver pasar a este extraño
animal que anda a trompicones como un pavo y menea el culo como un cisne.
Por muchos esfuerzos que haga, no consigo reproducir su voz. Espero
llevarme conmigo esa imitación cuando regrese, pero es difícil debido a cierto
gorgoteo que tiembla en el fondo del estertor que emiten.»
Esta especie también hacía gala de un rasgo de carácter muy conocido por
Flaubert: «Tanto en la actividad física como en la mental, soy como un
dromedario, al que cuesta muchísimo poner en marcha y, una vez en marcha,
detener; lo que necesito es la continuidad, sea de descanso o de movimiento.»
Esta analogía de 1853, una vez puesta en marcha, también resulta difícil de
detener: todavía la encontramos en activo en una carta dirigida a George Sand
en 1868.
Chameau, camello, era el término con que se designaba en argot a las
cortesanas viejas. No creo que a Flaubert le hubiese molestado esta
asociación.
EL CORDERO
A Flaubert le encantaban las ferias: los saltimbanquis, las mujeres gigantes,
los osos bailones. En Marsella visitó una barraca del puerto que anunciaba
mujeres-cordero, que circulaban por entre los marineros que, a su vez, les
tiraban de sus greñas para ver si eran de verdad. No era un espectáculo de
categoría: «No puede haber nada tan imbécil ni tan sucio», informó. Le
impresionó mucho más la feria que vio en Guérande, una vieja ciudad
fortificada al noroeste de St. Nazaire, que visitó durante su viaje a pie por
Bretaña en compañía de Du Camp, en 1847. Una barraca de un taimado
campesino con acento de la Picardie anunciaba a un «joven fenómeno»:
resultó ser un cordero de cinco patas, con la cola en forma de trompeta. A
Flaubert le gustó muchísimo, no sólo el monstruo sino también su propietario.
Sintió por el animal una admiración que casi rozaba el éxtasis; invitó a su
dueño a cenar, le aseguró que ganaría una fortuna, y le aconsejó que
escribiese una carta al rey Louis Philippe explicándole el asunto. Al final de la
velada, y ante la evidente desaprobación de Du Camp, ya se tuteaban.
«El joven fenómeno» fascinó a Flaubert, y entró a formar parte de su
vocabulario zumbón. Cuando él y Du Camp caminaban por el campo, Gustave
conducía a su amigo hacia el bosque y los matorrales y, con burlona seriedad,
le decía: «Permítame que le presente al joven fenómeno.» En Brest volvió a
tropezarse con el taimado pícaro y su monstruo, cenó y se emborrachó con él,
y volvió a elogiar a su magnífico animal. Era frecuente que tuviera manías
frívolas como ésta; Du Camp esperó a que ésta se le pasara, como se pasan
unas fiebres.
Al año siguiente, en París, Du Camp se puso enfermo, y tuvo que guardar
cama. A las cuatro de la tarde, oyó un día un gran jaleo en el rellano, frente a
su puerta, y ésta se abrió de golpe. Entró Gustave, seguido por el cordero de
cinco patas y su dueño, vestido con un blusón azul. Alguna feria de los
Invalides o de los Champs-Elysées les había conducido hasta allí, y Flaubert
quiso compartir su descubrimiento con su amigo. Du Camp observa
secamente que el cordero «no supo comportarse». Tampoco supo Gustave,
que pidió vino a gritos, se puso a dar vueltas por la habitación con el animal,
explicando a voces sus virtudes: «Este joven fenómeno cuenta tres años de
edad, ha sido aprobado en la Académie de Médecine, y ha sido honrado por la
visita de varias cabezas coronadas, etc.» Un cuarto de hora más tarde, el
enfermo Du Camp ya estaba harto. «Eché de mi casa al cordero y a su dueño,
e hice barrer la habitación.»
Pero el cordero también había dejado sus excrementos en la memoria de
Flaubert. Un año antes de su muerte le recordaba todavía a Du Camp su
llegada por sorpresa con el joven fenómeno, y aún se reía tanto como el día
en que ocurrió.
EL MONO, EL ASNO, EL AVESTRUZ, EL SEGUNDO ASNO Y MAXIME DU CHAMP
Hace ocho días vi en la calle un mono que se precipitaba sobre un asno y
quería cascársela a la fuerza. El asno rebuznaba y daba coces, el dueño del
mono gritaba, el mono soltaba chillidos. Aparte de dos o tres niños que se
reían, y de mí, muy divertido por la escena, nadie le prestó casi atención.
Cuando le contaba todo esto a M. Bellin, canciller del consulado, me dijo que él
había visto a un avestruz que intentaba violar a un asno.
Carta a Louis Bouilhet, EI Cairo, 15 de enero de 1850
EL LORO
Para empezar, los loros son humanos; al menos etimológicamente. Perroquet
es un diminutivo de Pierrot; parrot viene de Pierre; perico es un derivado de
Pedro. Para los griegos, su capacidad de hablar era uno de los elementos
utilizados en la discusión filosófica en torno a las diferencias entre el hombre y
los animales. Eliano informa que «los brahmanes les honran más que a ningún
otro pájaro. Y añaden que su actitud no puede ser más razonable; pues sólo el
loro imita bien la voz humana». Aristóteles y Plinio observan que, cuando
están borrachos, los loros son muy lascivos. De forma más pertinente, Buffon
comenta que tienen propensión a la epilepsia. Flaubert estaba enterado de
esta flaqueza fraternal: en las notas que tomó sobre los loros cuando
preparaba Un coeur simple hay una lista de sus enfermedades: gota,
epilepsia, aftas y úlceras de garganta.
Recapitulemos. Primero está Loulou, el loro de Félicité. Luego, los dos loros
disecados, el del Hôtel-Dieu y el de Croisset; ambos pretenden ser el
auténtico. Luego están los tres loros vivos, los dos de Trouville y el de
Venecia; más el periquito enfermo de Antibes. Como posible fuente de Loulou
podemos, en mi opinión, eliminar a la madre de una «espantosa» familia
inglesa con la que se encontró Gustave en el barco que le llevaba de
Alejandría a El Cairo: con la visera verde que llevaba sujeta a su sombrero,
aquella mujer parecía «un loro viejo y enfermo».
En sus Souvenirs intimes, Caroline comenta que «Félicité y su loro eran
reales», y nos dirige hacia el primer loro de Trouville, el del capitán Barbey,
como auténtico antepasado de Loulou. Pero esto no da respuesta a la
pregunta más importante: ¿cómo, y cuándo, llegó un simple (aunque
magnífico) pájaro vivo de los años treinta del siglo pasado a convertirse en el
loro trascendente y complicado de los años setenta? Probablemente jamás
lleguemos a averiguarlo; pero podemos sugerir el momento en el que pudo
haber comenzado la transformación.
La segunda parte de Bouvard et Pécuchet, que quedó sin concluir, iba a
consistir fundamentalmente en lo que su autor llamaba «La Copie», un
enorme fichero de rarezas, imbecilidades y citas autodescalificadoras, que los
dos oficinistas tenían que copiar solemnemente para su propia edificación, y
que Flaubert pensaba reproducir con intención sardónica. Entre los miles de
recortes de prensa que coleccionó para su posible inclusión en ese fichero se
encuentra esta noticia, recortada de L'Opinion nationale, el 20 de junio de
1863:
«En Gérouville, cerca de Arlon, vivía un hombre que poseía un loro magnífico.
Era su único amor. De joven había sido víctima de una infortunada pasión. La
experiencia le convirtió en un misántropo, y últimamente vivía solo con su
loro. Le había enseñado a pronunciar el nombre de la novia que le había
abandonado, y el loro lo repetía cientos de veces diariamente. Aunque esto
fuese lo único que sabía hacer el pájaro, a los ojos de su propietario, el
infortunado Henri K... , esta demostración de talento compensaba
sobradamente sus limitaciones. Cada vez que oía el nombre sagrado
pronunciado con la extraña voz del animal, Henri se estremecía de júbilo; para
él, era como una voz proveniente del más allá, una voz misteriosa y
sobrehumana.
"La soledad inflamó la imaginación de Henri K... , y poco a poco el loro
comenzó a adquirir para él una extraña significación, era como un pájaro
sagrado: al tocarlo lo hacía con profundo respeto, y se pasaba horas
contemplándolo en éxtasis. El loro, devolviendo impávidamente la mirada de
su amo, murmuraba la palabra cabalística, y el alma de Henri se empapaba
del recuerdo de su felicidad perdida. Esta extraña vida duró bastantes años.
Un día, sin embargo, la gente se fijó en que Henri K... parecía más sombrío
que de costumbre; y que había en sus ojos un raro destello cargado de
malignidad. El loro había muerto.
»Henri K... , siguió viviendo solo, pero ahora del todo. No había nada que le
vinculase al mundo exterior. Se enroscaba cada vez más en sí mismo, y hasta
se pasaba varios días seguidos sin salir de su habitación. Comía cualquier cosa
que le llevaran, pero no parecía enterarse de la presencia de sus vecinos. Poco
a poco empezó a creer que se había convertido en un loro. Imitando al pájaro
muerto, gritaba el nombre que tanto le gustaba oír; intentaba andar como un
loro, se colgaba en lo alto de los muebles y extendía los brazos como si
tuviese alas y pudiese volar.
»En ocasiones se ponía furioso y comenzaba a romperlo todo; su familia
decidió entonces enviarle a una maison de santé que había en Gheel. En el
transcurso del viaje hacia allí, sin embargo, logró huir aprovechando la
oscuridad de la noche. A la mañana siguiente le encontraron encaramado a un
árbol. Como era muy difícil convencerle de que bajase, alguien tuvo la idea de
poner al pie de su árbol una enorme jaula de loro. En cuanto la vio, el
infortunado monomaníaco bajó y pudo ser atrapado. Actualmente se
encuentra en la maison de santé, de Gheel.»
Sabemos que a Flaubert le asombró esta historia encontrada en la prensa. A
continuación de la línea que decía «poco a poco el loro comenzó a adquirir
para él una extraña significación», Flaubert escribió lo siguiente: «Cambiar el
animal: en lugar de un loro, que sea un perro.» Algún breve plan para una
obra futura, no cabe duda. Pero cuando, finalmente, se puso a escribir la
historia de Loulou y Félicité, no cambió el loro, sino su propietario.
Antes de Un coeur simple los loros aletean brevemente en la obra de Flaubert
y en sus cartas. Cuando le explica a Louise la atracción que ejercen sobre él
los países lejanos ( 11 de diciembre de 1846), Gustave escribe: «De niños
deseamos vivir en el país de los loros y los dátiles confitados.» En otra
ocasión, cuando intenta consolar a la triste y descorazonada Louise (27 de
marzo de 1853), le recuerda que todos nosotros somos pájaros enjaulados, y
que la vida pesa más sobre los que tienen las alas más grandes: «En mayor o
menor grado, todos nosotros somos águilas o canarios, loros o buitres.»
Rechazando la acusación de vanidad que le ha hecho Louise (9 de diciembre
de 1852), establece la distinción entre Orgullo y Vanidad: «El Orgullo es una
fiera salvaje que vive en una cueva y yerra por el desierto. La Vanidad, en
cambio, es un loro que salta de rama en rama y parlotea a la vista de todos.»
Cuando le describe a Louise la heroica búsqueda del estilo que supone para él
Madame Bovary (19 de abril de 1852), le explica: «Cuántas veces he caído de
bruces, justo cuando creía que ya estaba al alcance de mi mano. No debo
morir sin haberme asegurado de que el estilo que oigo en mi cabeza brota de
ella como un rugido que acalla los gritos de los loros y las cigarras.»
En Salammbô, como ya he dicho anteriormente, los traductores cartagineses
llevan loros tatuados en el pecho (¿no es quizá un detalle más apropiado que
auténtico?); en la misma novela, algunos bárbaros llevan «sombrillas en la
mano o loros en el hombro» ; por otro lado, en la terraza de Salammbô hay
una pequeña cama de marfil cuyos almohadones están rellenos de plumas de
loro, «el animal fatídíco que estaba consagrado a los dioses».
No ap
Un despliegue de gran audacia técnica y elegante virtuosismo, al servicio de
una amenísima trama en la que se alterna la ficción con hechos reales muy
imaginativamente ordenados. Un libro que ha tenido un extraordinario éxito,
tanto de crítica como de ventas, y ha recibido numerosos galardones.
Esta novela no trata sólo del loro que aparecía en Un coeur simple, sino
también de ferrocarriles y de osos; de Francia y de Inglaterra; de la vida y del
arte; del sexo y de la muerte; de George Sand y de Louise Colet; de los
(odiados) estudiosos de la obra de Flaubert y de las virtudes del lector
«aficionado». Y todo ello de la pluma de un enigmático narrador, el doctor
Braithwaite, apasionado por Flaubert, cuya vida y secretos nos son
progresivamente desvelados.
«Delicioso y enriquecedor. ¡Un libro para irse con él de parranda!» (Joseph
Heller); «Una joya: una novela literaria que no se avergüenza de serlo y
tampoco de ser legible y extraordinariamente entretenida. ¡Bravo!» (John
Irving); «Uno de los mejores libros de la década. No se lo pierda. No hay otro?
(Rafael Conte).
Traducción de Antonio Mauri
Editorial Anagrama
A Pat
Al escribir la biografía de un amigo, hay que hacerlo como si estuvieras
vengándole.
Flaubert, carta a Ernest Feydeau, 1872
1
EL LORO DE FLAUBERT
Seis norteafricanos jugaban a la petanca al pie de la estatua de Flaubert. Se
oían limpios chasquidos por encima del estruendo de la circulación atascada.
Con una final e irónica caricia de la yema de los dedos, una mano morena
lanzó una esfera plateada que aterrizó, botó pesadamente, y trazó una curva
acompañada de un lento esparcimiento de polvo duro. El lanzador se congeló
en una elegante estatua temporal: las rodillas no desdobladas del todo, y la
mano derecha extáticamente extendida. Me llamó la atención una
arremangada camisa blanca, un antebrazo desnudo y una mancha en el envés
de la muñeca. No era un reloj, como pensé al principio, ni un tatuaje, sino una
calcomanía de colores: el rostro de un santón político muy admirado en el
desierto.
Permítaseme que comience con la estatua: la de arriba, la permanente, la
inelegante, la que llora lágrimas cúpricas, la imagen legada de ese hombre de
suelta corbata de lazo, chaleco de ángulos rectos, pantalones holgados,
mostacho desordenado, aspecto receloso, fríamente distante. Flaubert no
devuelve la mirada. Desde la Place des Carmes vuelve la vista hacia el sur, en
dirección a la Catedral, a la ciudad que despreciaba, y que a su vez le ha
ignorado casi siempre. Mantiene la cabeza defensivamente alzada: sólo las
palomas pueden ver en toda su dimensión la calvicie del escritor.
Esta estatua no es el original. Los alemanes se llevaron al primer Flaubert en
1941, junto con las verjas y las aldabas. Es posible que la transformaran en
insignias para sombreros. Durante un decenio, aproximadamente, el pedestal
quedó vacío. Luego, un alcalde de Rouen que era un entusiasta de las estatuas
consiguió encontrar el molde, obra de un ruso que se llamaba Leopold
Bernstamm, y el ayuntamiento aprobó la realización de un nuevo vaciado.
Rouen adquirió para sí misma una estatua como debe ser, de metal, con un
noventa y tres por ciento de cobre y un siete por ciento de estaño: los
fundidores, la empresa Rudier de Châtillon-sous-Bagneux, afirman que esta
aleación está garantizada contra la corrosión. Otras dos ciudades, Trouville y
Barentin, participaron económicamente en el proyecto y recibieron sendas
estatuas de piedra. Que no han resistido tan bien la intemperie. El muslo
derecho de Flaubert ha tenido que ser remendado en Trouville, y se le han
caído fragmentos del mostacho: los alambres estructurales asoman como
ramitas del pedazo de cemento armado que hay en su labio superior.
Quizá sean dignas de crédito las garantías dadas por la fundición; esta
segunda edición de la estatua quizá dure. Pero no encuentro ningún motivo en
particular que me inspire confianza. Ninguna otra cosa que haya tenido que
ver con Flaubert ha durado jamás. Murió hace poco más de cien años, y no
queda de él más que papel. Papel, ideas, frases, metáforas, una prosa
estructurada que se convierte en sonido. Esto, casualmente, es justo lo que él
hubiera querido; los únicos que se quejan, sentimentalmente, son sus
admiradores. La casa del escritor en Croisset fue derribada poco después de
su muerte y reemplazada por una fábrica para la extracción de alcohol del
trigo malogrado. No sería tampoco muy difícil librarse de su estatua: si un
alcalde amante de las estatuas puede levantarla, otro -quizás un acérrimo
defensor de la línea del partido, alguien que ha leído por encima lo que Sartre
dice de Flaubert- podría retirarla celosamente.
Empiezo por la estatua debido a que fue ahí en donde empezó el proyecto en
su conjunto. ¿Por qué la escritura hace que sigamos la pista del escritor? ¿Por
qué no podemos dejarle en paz? ¿Por qué no nos basta con los libros? Flaubert
quería que bastasen: pocos escritores han creído con tanta firmeza en la
objetividad del texto escrito y la insignificancia de la personalidad del escritor;
y aun así, seguimos desobedientemente a nuestro aire. La imagen, el rostro,
la firma; la estatua con un noventa y tres por ciento de cobre y la fotografía de
Nadar; el pedacito de ropa y el rizo. ¿Cómo es que las reliquias nos ponen tan
cachondos? ¿No tenemos la fe suficiente en las palabras? ¿Creemos que los
restos de una vida contienen cierta verdad auxiliar? Cuando murió Robert
Louis Stevenson, su codiciosa niñera escocesa comenzó a vender calladamente
pelo que, según afirmaba ella, había cortado de la cabeza del escritor cuarenta
años antes. Los fieles, los buscadores, los perseguidores compraron la
cantidad suficiente de pelo como para rellenar un sofá.
He decidido dejar Croisset para más adelante. Pasé cinco días en Rouen, y el
instinto infantil sigue haciendo que me reserve lo mejor para el final. ¿Actúa a
veces este mismo impulso en los escritores? ¿Espera, espera, aún no has
llegado a lo mejor? Si es así, qué atormentadores son los libros inacabados.
Un par de tales libros me vienen inmediatamente a la memoria: Bouvard et
Pécuchet, en donde Flaubert quiso englobar y sojuzgar el mundo entero, todos
los afanes humanos, y todas las decepciones; y L'Idiot de la famille, en donde
Sartre quiso encerrar todo Flaubert: encerrar y sojuzgar al gran escritor, al
gran burgués, al terror, al enemigo, al sabio. Un ataque al corazón puso punto
final al primer proyecto; la ceguera abrevió el segundo.
A mí también se me ocurrió una vez que podía escribir libros. Disponía de las
ideas; incluso tomé notas. Pero era médico casado y con hijos. No se puede
hacer bien más que una sola cosa: Flaubert lo sabía. Lo que yo hacía bien era
ser médico. Mi esposa..., murió. Mis hijos están ahora desperdigados; escriben
cada vez que les impulsa la mala conciencia. Viven su propia vida,
naturalmente. «¡La vida! ¡La vida! ¡Erecciones!» El otro día estaba leyendo
estas exclamaciones de Flaubert. Hicieron que me sintiera como una estatua
de piedra con un parche en la entrepierna.
¿Los libros no escritos? No son motivo de resentimiento. Ya hay demasiados
libros. Además, recuerdo el final de L'Education sentimentale. Frédéric y su
compañero Deslauriers vuelven la vista atrás para contemplar sus vidas. Su
último y favorito recuerdo es el de una visita a un burdel realizada hace
muchos años, cuando ambos eran todavía unos colegiales. Habían trazado con
todo detalle el plan de la excursión, se hicieron rizar el pelo especialmente
para ese acontecimiento, e incluso robaron flores para regalárselas a las
chicas. Pero cuando llegaron al burdel Frédéric se puso nervioso, y los dos
huyeron corriendo de allí. Así fue el mejor día de sus vidas. ¿No será que la
forma más segura de placer, nos dice implícitamente Flaubert, es el placer de
la ilusión? ¿Acaso hay alguien que necesite irrumpir en el desolado desván del
cumplimiento?
Me pasé el primer día errando por Rouen, tratando de reconocer algunos de
los rincones por los que pasé en 1944. Amplias zonas habían sido blanco de
las bombas y granadas, claro; cuarenta años después todavía están
remendando la Catedral. No encontré casi nada que me permitiese colorear
mis monocromos recuerdos. Al día siguiente me fui en coche hacia el oeste,
camino de Caen, y luego me desvié hacia las playas del norte. Hay que seguir
toda una serie de letreros de hojalata estropeados por la intemperie, colocados
por el Ministère des Travaux Publics et des Transports. Por aquí se va al Circuit
des Plages de Débarquement: una ruta turística del desembarco. Al este de
Arromanches están las playas británicas y canadienses: Gold, Juno, Sword.
Una elección de nombres escasamente ingeniosa; mucho menos memorables
que Omaha y Utah. A no ser, desde luego, que sean los actos quienes hacen
que las palabras sean memorables, en lugar de ocurrir al revés.
Graye-sur-Mer, Courseulles-sur-Mer, Ver-sur-Mer, Asnelles, Arromanches.
Bajando por diminutas callejas secundarias desembocas de repente en una
Place des Royal Engineers o una Place W. Churchill. Tanques herrumbrosos
permanecen aún en guardia junto a las chozas playeras; unos monumentos
hechos con bloques de piedra anuncian en inglés y francés: «El 6 de junio de
1944 Europa fue liberada aquí gracias al heroísmo de las Fuerzas Aliadas.» Es
un lugar muy tranquilo y en absoluto siniestro. En Arromanches introduje un
par de monedas de un franco en el Télescope Panoramique (Très Puissant
15/60 Longue Durée) y seguí el arco en código Morse que traza el muelle
Mulberry hasta su final, mar adentro. Punto, raya, raya iban diciendo los
bloques de cemento, mientras entre ellos se colaba tranquilamente el agua.
Estos angulosos cantos rodados de chatarra bélica habían sido colonizados por
los cormoranes moñudos.
Almorcé en el Hôtel de la Marine, que domina la bahía. Me encontraba cerca
del lugar en donde habían muerto amigos míos -los repentinos amigos que
produjeron aquellos años- y sin embargo no me emocioné. División Armada nº
50 del Segundo Ejército Británico. Los recuerdos salieron de sus escondites,
pero las emociones no; ni siquiera los recuerdos de las emociones. Cuando
terminé de comer me fui al museo y vi un documental sobre el desembarco, y
luego recorrí en coche los diez kilómetros que me separaban de Bayeux para
examinar otra invasión de una a otra orilla del Canal de la Mancha, ocurrida
nueve siglos antes. El tapiz de la reina Matilde es como una película horizontal
en la que las imágenes están unidas por los lados. Ambos acontecimientos me
parecieron igualmente extraños: el uno, demasiado remoto para ser cierto; el
otro, demasiado familiar para ser cierto. ¿Cómo captamos el pasado?
¿Llegamos a atraparlo alguna vez? Cuando yo era estudiante de medicina,
unos bromistas soltaron en mitad de un baile de final de curso un cochinillo
untado en grasa que estuvo revolviéndose entre las piernas, zafándose de
todos los intentos de capturarlo, soltando chillidos continuamente. La gente
caía de bruces cuando trataba de cogerlo, y quedó ridiculizada. A veces el
pasado parece comportarse como ese cochinillo.
Durante mi tercer día en Rouen me fui andando hasta el Hôtel-Dieu, el
hospital del que el padre de Flaubert fue cirujano-jefe, y en donde el escritor
vivió su infancia. Se pasa por la Avenue Gustave Flaubert, delante de la
Imprimerie Flaubert y de un snack-bar llamado Le Flaubert: tienes la
sensación, sin duda, de no estar equivocándote de camino. Cerca del hospital
vi aparcada una rubia Peugeot de color blanco: llevaba pintadas unas estrellas
azules, un número de teléfono y las palabras AMBULANCE FLAUBERT. ¿El
escritor como terapeuta? Improbable. Recordé la réplica de matrona que le
dirigió George Sand a su joven colega: «Tú provocarás, sin duda, la desolación
-escribió-; yo, el consuelo.» En el Peugeot hubiera tenido que decir
AMBULANCE GEORGE SAND.
En el Hôtel-Dieu me franqueó la entrada un desvaído y azogado gardien cuya
bata blanca me desconcertó. No era médico, pharmacien ni árbitro de cricket.
Las batas blancas suponen asepsia y claro juicio. ¿Por qué tiene que llevar
bata blanca el vigilante de un museo? ¿Para proteger de los gérmenes la
infancia de Flaubert? Me explicó que el museo estaba dedicado en parte a
Flaubert y también a la historia de la medicina, y luego me condujo
apresuradamente por las salas, cerrando con ruidosa eficacia las puertas en
cuanto las habíamos franqueado. Me mostró la habitación en la que nació
Gustave, su frasco de eau-de-Cologne, su tarro de tabaco y su primer artículo
de revista. Varias imágenes del escritor confirmaron el calamitoso y temprano
cambio que sufrió cuando dejó de ser un guapo joven para convertirse en un
barrigudo y calvo burgués. La sífilis, deducen algunos. El envejecimiento
normal en el siglo XIX, replican otros. Lo único que ocurrió fue quizá que su
cuerpo tenía un gran sentido del decoro: cuando el cerebro que albergaba se
declaró prematuramente viejo, la carne hizo todo lo posible por adecuarse a
esa situación. Estuve recordándome a mí mismo repetidas veces que Flaubert
había sido rubio. Nada más fácil que olvidarlo: las fotografías hacen que todo
el mundo parezca moreno.
Las otras salas contenían instrumentos médicos de los siglos XVIII y XIX:
pesadas reliquias metálicas que terminaban en puntas afiladas, y jeringas para
dar enemas cuyo calibre me sorprendió incluso a mí. La medicina debía ser en
aquel entonces una ocupación emocionante, desesperada, violenta; hoy en día
se reduce a pastillas y burocracia. ¿O acaso sólo ocurre que el pasado parece
tener más color local que el presente? Estudié la tesis doctoral de Achille, el
hermano de Gustave: su título era «Algunas consideraciones sobre el
momento de la operación de la hernia estrangulada». Un paralelismo
fraternal: la tesis de Achille se transformó más adelante en una metáfora de
Gustave. «Ante la estupidez de mi época, siento oleadas de odio que me
asfixian. La mierda se me sube a la boca como en las hernias estranguladas.
Pero yo quiero conservarla, fijarla, endurecerla; quiero transformarla en una
pasta con la que embadurnaré el siglo XIX, de la misma manera que doran las
pagodas indias con excrementos de vaca.»
Al principio me pareció extraña la yuxtaposición de estos dos museos. Sólo
adquirió sentido cuando recordé la famosa caricatura de Lemot en la que
Flaubert aparece diseccionando a Emma Bovary. El novelista agita en el
extremo de un largo tenedor el goteante corazón que acaba de arrancar
triunfalmente del cuerpo de su heroína. Blande en todo lo alto el órgano como
una valiosa prueba quirúrgica, mientras que en la izquierda del dibujo asoman,
apenas visibles, los pies de la tendida y violada Emma. El escritor como
carnicero, el escritor como delicado bruto.
Luego vi el loro. Estaba en una habitacioncita y era verde intenso y tenía ojos
despabilados, y la cabeza torcida en un ángulo interrogador. «Psittacus -decía
la inscripción de su percha-. Loro que G. Flaubert tomó prestado del Museo de
Rouen y colocó en su mesa de trabajo mientras escribía Un coeur simple, en
donde recibe el nombre de Loulou, el loro de Félicité, principal personaje del
cuento.» Una fotocopia de una carta de Flaubert confirmaba el dato: el loro,
escribió, permaneció en su escritorio durante tres semanas, al término de las
cuales su visión comenzó a irritarle.
Loulou se encontraba en buen estado, con las plumas tan recias y la mirada
tan irritante como cien años atrás. Miré el pájaro, y me sorprendió sentirme
tan en contacto con este escritor que prohibió desdeñosamente a la posteridad
que se interesase en absoluto por su persona. Su estatua era una copia; su
casa había sido derribada; sus libros llevaban naturalmente su propia vida: las
reacciones que suscitaban no eran reacciones suscitadas por él. Pero aquí, en
este loro verde tan nulamente extraordinario, conservado de forma rutinaria y
al mismo tiempo misteriosa, había cierto elemento que me hizo sentir casi
como si hubiera conocido al escritor. Me sentí conmovido y animado a la vez.
Cuando iba de regreso al hotel compré una edición para estudiantes de Un
coeur simple. Quizás el lector conozca la historia. Trata de una criada pobre e
inculta llamada Félicité, que sirve a la misma señora durante medio siglo,
sacrificando sin resentimiento su propia vida por la de los demás. Siente
afecto, sucesivamente, por un tosco novio, por los hijos de su ama, por su
propio sobrino, y por un anciano que tiene un brazo canceroso. El azar se los
arrebata a todos: mueren, o se van, o sencillamente la olvidan. Es una
existencia en la que, como podía esperarse, los consuelos de la religión
compensan la desolación de la vida.
El último objeto de esa serie cada vez más reducida de afectos es Loulou, el
loro. Cuando, a su debido tiempo, también él muere Félicité lo hace disecar.
Guarda la adorada reliquia a su lado, e incluso forma el hábito de rezarle,
arrodillándose ante él. Una confusión doctrinal acaba formándose en su simple
cerebro: se pregunta si no sería mejor representar al Espíritu Santo, al que
suele darse aspecto de paloma, como un loro. La lógica está sin duda de su
parte: tanto los loros como el Espíritu Santo hablan, cosa que no les ocurre a
las palomas. Al final del relato muere la propia Félicité. «Sus labios sonreían.
Los movimientos de su corazón se hicieron cada vez más lentos, de latido en
latido, cada vez más remotos, más suaves, como una fuente que se seca,
como un eco que se desvanece; y, cuando exhaló el último suspiro, creyó ver,
en el cielo entreabierto, un loro gigantesco que planeaba sobre su cabeza.»
El control del tono es vital. Imagínese el lector la dificultad técnica que supone
escribir un cuento en el que un pájaro mal disecado y con un nombre ridículo
termina representando una tercera parte de la Trinidad, y cuya intención no es
satírica, sentimental ni blasfema. Imagínese además que hay que contar esa
historia desde el punto de vista de una vieja ignorante, sin que el relato suene
despectivo ni tímido. Pero es que el objetivo de Un coeur simple es
completamente distinto: el loro es un ejemplo perfecto y controlado del estilo
grotesco de Flaubert.
Podemos, si lo deseamos (y si desobedecemos a Flaubert), someter al pájaro
a una interpretación adicional. Por ejemplo, hay paralelismos sumergidos entre
la vida del novelista prematuramente envejecido y la maduramente envejecida
Félicité. Los críticos han soltado a los hurones. Los dos eran personas
solitarias; sus dos vidas quedaron manchadas por las pérdidas; los dos, por
mucho dolor que sintieran, fueron perseverantes. Los que gustan de llevar las
cosas más lejos aun insinúan que el incidente en el que Félícité es atropellada
por una silla de postas en la carretera de Honfleur es una referencia sumergida
al primer ataque epiléptico de Gustave, la vez que cayó en la carretera, a las
afueras de Bourg-Achard. No sé. ¿Cuánto tiene que sumergirse una referencia
para no morir ahogada?
En un sentido crucial, Félicité es absolutamente lo contrario de Flaubert: es
casi incapaz de expresarse. Pero se podría discutir esta afirmación diciendo
que aquí es donde aparece Loulou. El loro, el animal expresivo, un extraño ser
que emite ruidos humanos. No es casual que Félicité confunda a Loulou con el
Espíritu Santo, que es quien confiere el don de lenguas.
¿Félicité + Loulou = Flaubert? No exactamente; pero podría afirmarse que él
está presente en los dos. Félicité contiene su carácter; Loulou, su voz. Podría
decirse que el loro, que representa una ingeniosa vocalización sin apenas seso,
es la Palabra Pura. Si usted fuera un académico francés podría decir que
Loulou es un symbole du Logos. Siendo inglés, me apresuro a regresar a lo
corpóreo: a esa esbelta y despabilada criatura que he visto en el Hôtel-Dieu.
Imaginé a Loulou sentado a un lado del escritorio de Flaubert y devolviéndole
su mirada como el sarcástico reflejo de un espejo de feria. No es de extrañar
que tres semanas de su paródica presencia provocaran irritación. ¿Acaso el
escritor es mucho más que un loro complicado?
Deberíamos quizá señalar, llegados a este punto, los cuatro principales
encuentros entre el novelista y los miembros de la familia de los loros. En los
años treinta del siglo XIX, durante sus vacaciones anuales en Trouville, la
familia Flaubert solía visitar a un capitán retirado de la marina mercante que
se llamaba Pierre Barbey; en su casa, nos cuentan, había un magnífico loro.
En 1845 Gustave pasaba por Antibes camino de Italia, cuando se encontró con
un periquito enfermo que mereció una anotación en su diario; el pájaro solía
colgarse cautelosamente en el guardabarros del carricoche de su dueño, y a la
hora de cenar era entrado en el comedor y colocado sobre la repisa de la
chimenea. El diarista señala el «extraño amor» que une evidentemente al
hombre y su animal. En 1851, cuando regresaba de Oriente vía Venecia,
Flaubert oyó a un loro encerrado en una jaula dorada gritar sobre el Gran
Canal su imitación de los gondoleros: «Fà eh, capo die.» En 1853 volvía a
encontrarse en Trouville; se alojaba en casa de un pharmacien y se vio irritado
todo el día por un loro que gritaba: «As-tu déjeuné, Jako?» y «Cocu, mon petit
coco.» También silbaba «J'ai du bon tabac». ¿Fue alguno de estos pájaros,
parcial o completamente, la inspiración de Loulou? Y, ¿había visto Flaubert a
algún otro loro vivo entre 1853 y 1876, fecha en la que pidió prestado un loro
disecado al Museo de Rouen? Dejo estas preguntas en manos de los
profesionales.
Me senté en mi habitación del hotel; desde una habitación cercana un
teléfono imitaba el grito de otros teléfonos. Pensé en el loro que permanecía
en la habitacioncita, apenas a unos ochocientos metros de distancia. ¿Qué hizo
Flaubert con él cuando terminó Un coeur simple? ¿Lo metió en un armario y
olvidó su irritante existencia hasta el día en que estuvo buscando otra manta
para su cama? ¿Y qué ocurrió, cuatro años después, cuando una apoplejía le
tumbó agonizante en el sofá? ¿Imaginó quizá que planeaba sobre él un
gigantesco loro, que esta vez no significaba el saludo de bienvenida del
Espíritu Santo sino el adiós de la Palabra?
«Me fastidia mi tendencia a la metáfora que, indudablemente, me domina en
exceso. Me devoran las comparaciones como a otros los piojos, y me paso el
día aplastándolas.» A Flaubert le salían las palabras con facilidad; pero
también supo ver la insuficiencia subyacente de la Palabra. Recuérdese su
triste definición en Madame Bovary: «La palabra humana es como una caldera
rota en la que tocamos melodías para que bailen los osos, cuando quisiéramos
conmover a las estrellas.» De modo que se puede entender al novelista de dos
modos: o bien como un pertinaz y acabado estilista; o como alguien que
consideraba que el lenguaje es trágicamente insuficiente. Los sartreanos
prefieren la segunda alternativa: para ellos, esa incapacidad de Loulou para
hacer algo que no sea repetir de segunda mano las frases que oye es una
confesión indirecta del fracaso del propio novelista. El loro/escritor acepta con
pusilanimidad el lenguaje como una cosa recibida, imitativa e inerte. El propio
Sartre reprendió a Flaubert por su pasividad, por su creencia (o por su
colusión con la creencia) en que on est parlé: nos hablan.
¿Anunció este estallido de burbujas la gorgoteante muerte de otra referencia
sumergida? Es en el momento en que se empieza a sospechar que se están
leyendo más cosas de la cuenta en una narración cuando uno se siente más
vulnerable, aislado, y quizás estúpido. ¿Se equivoca el crítico que lee a Loulou
como símbolo de la Palabra? ¿Se equivoca -o, peor aún, incurre en el pecado
del sentimentalismo- el lector que piensa que ese loro del Hôtel-Dieu es un
emblema de la voz del escritor? Eso fue lo que hice yo. Quizás esto me
convierte en un tipo tan simple como Félicité.
Pero, tanto si se califica Un coeur simple de cuento como si se lo llama texto,
sigue provocando ecos en nuestro cerebro. Permítaseme que cite a David
Hockney, bondadoso aunque poco concreto, en su autobiografía: «El relato me
afectó de verdad, y me pareció que era un tema en el que podía meterme
para utilizarlo en serio.» En 1974 Mr. Hockney hizo un par de grabados: una
versión burlesca de la visión que Félicité tenía del Extranjero (un mico que se
larga sigilosamente con una mujer colgada en su hombro), y una tranquila
escena en la que Félicité duerme al lado de Loulou. Es posible que, con el
tiempo, haga algunos grabados más.
En mi último día de estancia en Rouen me fui en coche a Croisset. Caía,
mansa y densa, la lluvia normanda. Lo que antiguamente había sido un
villorrio remoto a orillas del Sena, contra un fondo de verdes colinas, ha
quedado ahora cercado por estruendosas instalaciones portuarias. Repican los
martinetes, penden sobre tu cabeza los caballetes, y el río tiene un aspecto
atestadamente comercial. Los cristales del inevitable Bar Le Flaubert se
estremecen al paso de los grandes camiones.
Gustave anotó y aprobó la costumbre oriental de derribar las casas de los
muertos; de modo que quizá se hubiera sentido menos dolido que sus
lectores, que sus perseguidores, por la destrucción de su propia casa. La
fábrica que extraía alcohol del trigo malagrado fue también arrasada cuando le
llegó su turno; y en ese mismo solar se eleva ahora, más apropiadamente,
una gran fábrica de papel. De la residencia de Flaubert no queda más que un
pequeño pabellón de una sola planta, a unos cien metros de la carretera: una
casita de verano a la que el escritor se retiraba cuando necesitaba más
soledad incluso que de ordinario. Ahora se encuentra en mal estado y parece
inútil, pero al menos es algo. Han erigido junto al porche un tocón de una
columna acanalada, desenterrada en Cartago, como recuerdo del autor de
Salammbô. Abrí la puerta de un empujón; un alsaciano comenzó a ladrar, y
una canosa gardienne se me acercó. Esta no llevaba bata blanca, sino un bien
cortado uniforme azul. Mientras chapurreaba mi mal francés recordé la marca
de fábrica de los intérpretes cartagineses que aparecen en Salammbô: todos
ellos, como símbolo de su oficio, llevan un loro tatuado en el pecho.
Actualmente, la morena muñeca del africano que jugaba a la petanca lleva
una calcomanía de Mao.
El pabellón contiene una sola habitación, cuadrada y con el techo a modo de
tienda de campaña. Me acordé de la habitación de Félicité: «tenía al mismo
tiempo aspecto de capilla y bazar.» También aquí aparecían las conjunciones
irónicas -triviales baratijas al lado de solemnes reliquias- del grotesco
flaubertiano. Los objetos exhibidos estaban tan mal ordenados que muchas
veces tuve que arrodillarme para tratar de ver el interior de las vitrinas: la
posición del devoto, pero también la del buscador de tesoros en las
chatarrerías.
Félicité halló consuelo en su amontonamiento de objetos diversos, unidos
solamente por el cariño de su propietaria. Flaubert hizo lo mismo, pues
conservó tonterías que poseían la fragancia del recuerdo. Muchos años
después de la muerte de su madre todavía pedía a veces su chal y su
sombrero, y entonces se sentaba un rato a soñar con ellos. El visitante del
pabellón de Croisset puede hacer casi lo mismo: los objetos expuestos,
colocados con tanto descuido, te atrapan a veces el corazón. Retratos,
fotografías, un busto de arcilla; pipas, un tarro de tabaco, un abrecartas; un
tintero en forma de sapo con la boca abierta; el Buda de oro que el escritor
tenía sobre su mesa y que jamás llegó a irritarle; un rizo, más rubio, como es
natural, que el pelo que se ve en las fotos.
Es fácil pasar por alto un par de objetos que se encuentran en una vitrina
lateral: un vasito en el que Flaubert bebió su último trago de agua momentos
antes de morir; y un arrugado pañuelo blanco con el que se secó la frente con,
quizá, el último ademán de su vida. Estos restos tan ordinarios, que parecían
excluir el llanto y el melodrama, me hicieron sentir que había estado presente
en la muerte de un amigo. Casi me sentí embarazado: tres días antes había
pisado, sin conmoverme, la playa en la que murieron algunos compañeros
íntimos. Quizá sea ésta la ventaja que tiene trabar amistad con quienes ya
han muerto: jamás se enfrían los sentimientos que suscitan en ti.
Entonces lo vi. Agachado en lo alto de un armario había otro loro. También de
color verde intenso. Y también, según dijeron tanto la gardienne como la
etiqueta de su percha, era el mismísimo loro que Flaubert pidió prestado al
Museo de Rouen para escribir Un coeur simple. Pedí permiso para bajar de allá
arriba este segundo Loulou, lo posé con todo cuidado encima de una vitrina, y
le quité la campana de cristal.
¿Cómo se establece una comparación entre dos loros, uno de ellos idealizado
ya por la memoria y la metáfora, y el otro apenas un chillón intruso? Mi
reacción inicial fue pensar que el segundo era menos auténtico que el primero,
sobre todo porque su aspecto era más bonachón. La cabeza estaba situada en
un ángulo más recto en relación con el cuerpo, y su expresión no era tan
irritante como la del pájaro del Hôtel-Dieu. Luego comprendí que este
razonamiento era falaz: Flaubert, al fin y al cabo, no pudo elegir entre varios
loros; e incluso este segundo loro, que parecía un compañero más tranquilo,
podía perfectamente ponerte nervioso al cabo de un par de semanas.
Le mencioné la cuestión de la autenticidad a la gardienne.
Comprensiblemente, ella se puso del lado de su loro, y rebatió con aplomo los
argumentos del Hôtel-Dieu. Me pregunté si existía alguien que supiera la
solución. Me pregunté si este asunto le importaba a alguien, aparte de mí, que
había cometido la temeridad de dar significación al primer loro. ¿La voz del
escritor... , por qué piensas que puede ser localizada tan fácilmente? Tal era la
réplica que me había dado el segundo loro. Cuando miraba el Loulou
posiblemente falso, el sol encendió aquella esquina de la habitación e hizo que
su plumaje adquiriese un tono más definitidamente amarillo. Volví a dejar el
pájaro en su sitio y pensé: tengo más edad de la que Flaubert llegó jamás a
tener. Parecía una presuntuosidad; una cosa triste e inmerecida.
¿Acaso hay algún momento adecuado para morir? No lo fue para Flaubert; ni
para George Sand, que no vivió lo suficiente como para leer Un coeur simple.
«Lo empecé pensando exclusivamente en ella, sólo por complacerla. Y murió
cuando me encontraba todavía a mitad de mi obra. Lo mismo ocurre con
nuestros sueños.» ¿Es mejor, entonces, no tener los sueños, las obras, y luego
la desolación de la obra no terminada? Quizá, como Frédéric y Deslauriers,
deberíamos preferir el consuelo de la no satisfacción: ¿la planeada visita al
burdel, el placer de la anticipación, y luego, años más tarde, el recuerdo no
tanto de los hechos como el de antiguas anticipaciones? ¿No permitiría esto
que todo fuese más limpio y menos doloroso?
Cuando regresé de mi viaje, el loro duplicado siguió revoloteando en mis
pensamientos: uno de ellos era amable y franco; el otro, engreído e
inquisitivo. Escribí a varios académicos que podían saber si se había
demostrado adecuadamente la autenticidad de alguno de los loros. Escribí a la
embajada francesa y al director de las guías Michelin. También escribí a Mr.
Hockney. Le conté mi viaje y le pregunté si había estado en Rouen; le dije que
estaba preguntándome si había recordado alguno de esos dos loros cuando
grabó su retrato de Félicité dormida. O si, en caso contrario, también él había
a su vez pedido prestado un loro de algún museo para usarlo como modelo. Le
advertí de los peligros que encierra la tendencia de esta especie a la
partenogénesis póstuma.
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2
CRONOLOGIA
I
1821
Nacimiento de Gustave Flaubert, segundo hijo varón de Achille-Cléophas
Flaubert, cirujano jefe del Hôtel Dieu de Rouen, y de Anne-Justine-Caroline
Flaubert, née Fleuriot. La familia pertenece al sector de la clase media formado
por los profesionales prestigiosos, y posee varias fincas en los alrededores de
Rouen. Unos antecedentes estables, ilustrados, estimulantes y con un grado
normal de ambición.
1825
Entra al servicio de la familia Flaubert la niñera de Gustave, Julie, que
permanecerá con ellos hasta la muerte del escritor, al cabo de cincuenta y
cinco años.
Pocos problemas del servicio turbarán su vida.
c. 1830
Conoce a Ernest Chevalier, su primer amigo íntimo.
Una serie de amistades intensas, leales y fértiles sostendrá a Flaubert durante
toda su vida: merecen una mención especial las que le unieron a Alfred le
Poittevin, Maxime du Camp, Louis Bouilhet y George Sand.
Gustave inspira fácilmente la amistad, y la fomenta con su actitud burlona y
cariñosa.
1831-32
Ingresa en el Collège de Rouen, donde se convierte en un magnífico alumno
cuyo fuerte son la historia y la literatura. El primer texto escrito por él que nos
ha ilegado, un ejercicio sobre Corneille, está fechado en 1831. A lo largo de su
adolescencia escribe abundantemente, tanto teatro como narrativa.
1836
Conoce en Trouville a Elisa Schlesinger, esposa de un editor de música
alemán, y siente una «enorme» pasión por ella. Esta pasión ilumina el resto de
su adolescencia. Ella le trata con la mayor amabilidad y afecto; permanecen
en contacto durante los siguientes cuarenta años. Volviendo la vista atrás, él
se siente aliviado de que su pasión no hubiera sido correspondida: «La
felicidad es como la sífilis. Si la contraes demasiado pronto te echa a perder la
constitución.»
c. 1836
Iniciación sexual de Gustave con una de las doncellas de su madre. Este es el
punto de partida de una carrera erótica tan activa como variopinta, que pasa
del burdel al salón, del muchacho de los baños de El Cairo hasta la poetisa
parisiense. En su primera madurez resulta muy atractivo para las mujeres y su
velocidad de recuperación sexual es, según él mismo cuenta, impresionante;
pero incluso en épocas más tardías de su vida, sus modales corteses, su
inteligencia y su fama le garantizan que siempre habrá quien le haga caso.
1837
Aparece su primera obra publicada en Le Colibri, una revista de Rouen.
1840
Termina su baccalauréat. Viaja a los Pirineos con un amigo de la familia, el
doctor Jules Cloquet. Aunque a menudo se le ha considerado como a un
ermitaño a quien no había modo de mover de su casa, en realidad Flaubert
viaja mucho: a Italia y Suiza (1845), a la Bretaña (1847), a Egipto, Palestina,
Siria, Turquía, Grecia e Italia ( 1849-51 ), a Inglaterra ( 1851, 1865, 1866,
1871), a Túnez y Argelia (1858), a Alemania ( 1865 ), a Bélgica ( 1871 ) y a
Suiza ( 1874 ). Compárese todo esto con el caso de su alter ego Louis
Bouilhet, que soñaba con China y no llegó nunca ni a Inglaterra.
1843
Cuando era estudiante de leyes en París, conoce a Víctor Hugo.
1844
El primer ataque epiléptico de Gustave pone fin a sus estudios de derecho en
París, y le confina en la nueva casa familiar de Croisset. Abandonar las leyes
produce, sin embargo, muy poco dolor, y como su confinamiento le
proporciona la soledad y la base estable necesarias para una vida dedicada a
la escritura, el ataque resulta en último extremo beneficioso.
1846
Conoce a Louise Colet, « la Musa », y comienza sus amoríos más famosos:
serán prolongados, apasionados, peleones, en dos partes (1846-48, 1851-54).
Aunque de temperamentos poco afines y de principios estéticos incompatibles,
Gustave y Louise duran sin embargo mucho más de lo que la mayoría hubiese
esperado.
¿Debemos lamentar que termine su relación? Sólo porque supone que se
acaban las brillantes cartas que Flaubert le dirigió a ella.
1851-57
Redacción, publicación, juicio y triunfal absolución de Madame Bovary. Un
succès de scandale, elogiado por autores tan dispares como Lamartine,
Sainte-Beuve o Baudelaire. En 1846, cuando dudaba de su capacidad de llegar
algún día a escribir alguna obra publicable, Gustave había anunciado: «Si
algún día hago acto de presencia, será armado de pies a cabeza. » Ahora su
peto centellea y su lanza está en todas partes. El curé de Canteleu, el pueblo
que está junto a Croisset, prohíbe a sus feligreses que lean la novela. Después
de 1857, el éxito literario le lleva naturalmente al éxito social: Flaubert se deja
ver más a menudo en París.
Conoce a los Goncourt, a Renan, a Gautier, a Baudelaire y a Sainte-Beuve. En
1862 quedan instituidas las cenas literarias de Magny: Flaubert participa
regularmente en ellas a partir de diciembre de ese año.
1862
Publicación de Salammbô. Succès fou. Sainte-Beuve le dice en una carta a
Matthew Arnold: «¡Salammbô es nuestro gran acontecimiento! » La novela
proporciona el tema de varios bailes de disfraces en París. E incluso el nombre
de una nueva marca de petit four.
1863
Flaubert empieza a frecuentar el salón de la Princesse Mathilde, sobrina de
Napoleón I. El oso de Croisset se introduce en la piel del león social. El mismo
llega a recibir en su casa los domingos. En este año se inicia también su
correspondencia con George Sand, y se produce su encuentro con Turgenev.
Su amistad con el novelista ruso señala el comienzo de la difusión de su fama
por Europa.
1864
Es presentado en Compiègne al emperador Napoleón III. Este es el punto
culminante del triunfo social de Gustave. Envía unas camelias a la emperatriz.
1866
Recibe el título de chevalier de la Légion d'honneur.
1869
Publicación de L'Education sentimentale, de la que Flaubert siempre dirá que
es un chef-d'oeuvre. A pesar de que corre (instigada por él mismo) la leyenda
de su heroica lucha, Flaubert tiene facilidad para escribir. Se queja mucho,
pero esas quejas siempre aparecen en cartas de asombrosa elocuencia.
Durante un cuarto de siglo, termina un libro grueso, sólido, producto de
investigaciones considerables, cada cinco o seis años. Es posible que se
angustiase buscando la palabra, la frase, la asonancia, pero jamás tiene que
soportar los atascos que padecen otros escritores.
1874
Publicación de La Tentation de saint Antoine. A pesar de ser un libro muy
extraño, obtiene un gratificante éxito comercial.
1877
Publicación de Trois Contes. Exito popular y de crítica: Le Figaro hace por
primera vez una crítica favorable de un libro de Flaubert; en tres años se
publican cinco ediciones. Flaubert comienza a trabajar en Bouvard et
Pécuchet. Durante estos años finales, la siguiente generación le reconoce su
preeminencia entre los novelistas franceses. Es festejado y venerado.
Sus veladas de los domingos se convierten en famosos acontecimientos del
mundillo literario; Henry James acude a visitar al Maestro. En 1879 los amigos
de Gustave crean en su honor las cenas anuales por la festividad de Saint
Polycarpe. En 1880, los cinco autores de Les Soirées de Medan, entre los que
se encuentran Zola y Maupassant, le regalan un ejemplar dedicado: es como
un saludo simbólico del realismo al naturalismo.
1880
Rodeado de honores y amado por todos, y trabajando de firme hasta el final,
Gustave Flaubert muere en Croisset.
II
1817 Muerte de Caroline Flaubert (a los veinte meses), segunda hija de
Achille-Cléophas Flaubert y Anne-Justine-Caroline Flaubert.
1819
Muerte de Emile-Cléophas Flaubert (a los ocho meses), su tercer hijo.
1821
Nacimiento de Gustave Flaubert, su quinto hijo.
1822
Muerte de Jules Alfred Flaubert (a los tres años y cinco meses), su cuarto
hijo. Su hermano Gustave, nacido entre deux morts, es delicado, y los padres
no esperan que viva mucho tiempo. El doctor Flaubert compra una parcela
familiar en el Cimetière Monumental y hace excavar una pequeña fosa para
Gustave. Sorprendentemente, el niño sobrevive. Resulta ser un crío tardo, que
se pasa tranquilamente horas y horas sentado con el dedo en la boca y una
expresión «casi idiota» en el rostro. Para Sartre, es «el idiota de la familia».
1836
Comienza su pasión desesperada y obsesiva por Elisa Schlesinger, que le
cauteriza el corazón y le incapacita para amar plenamente a ninguna otra
mujer. Volviendo la vista atrás, Gustave observa: «Todos tenemos en nuestro
corazón una cámara real. Yo he tapiado la mía.»
1839
Expulsado del Collège de Rouen por pendenciero y desobediente.
1843
La Facultad de Derecho de París anuncia los resultados de los exámenes de
primer curso. El tribunal declara su decisión por medio de bolas rojas o
negras.
Gustave tiene dos rojas y dos negras, y en consecuencia tiene que repetir
curso.
1844
Primer y tremendo ataque de epilepsia. Luego sufrirá otros. «Cada ataque
-escribe posteriormente Gustave- era como una hemorragia de la
innervación... Era atroz, como si me arrancasen el alma del cuerpo.»
Le sangran, le dan pastillas e infusiones, le ponen a régimen, le prohiben el
alcohol y el tabaco; para que no tenga que reclamar su fosa en el cementerio
hace falta que viva estrictamente confinado y rodeado por los cuidados
maternales. Antes de haber entrado en el mundo, Gustave se retira de él.
«¿Así que te tienen vigilado como a una jovencita?», se burla más tarde Louise
Colet, acertando de lleno. Durante el resto de su vida, con la excepción de los
últimos ocho años, Mme. Flaubert vigilará de forma asfixiante a su hijo, y
censurará su idea de viajar. Poco a poco, transcurridos los decenios, la
fragilidad de la madre se acentuará más que la de Gustave: para cuando él
deja prácticamente de constituir una preocupación para ella, ella se ha
convertido en una carga para él.
1846
Muerte del padre de Gustave, seguida rápidamente por la de su querida
hermana Caroline (a los veintiún años de edad), que le convierte, sin que él lo
haya querido, en padre de su sobrina. A todo lo largo de su vida se ve
constantemente golpeado por la muerte de sus íntimos. Y los amigos mueren
también de otras maneras: el mes de junio, se casa Alfred le Poittevin. Para
Gustave, ésta es la tercera aflicción mortal del año:
«Lo que haces es anormal», se queja. Y a Maxime du Camp le escribe ese
mismo año: «Las lágrimas son para el corazón lo que el agua para los peces.»
¿Supone un consuelo que, ese mismo año, conozca a Louise Colet? La
pedantería y la obstinación armonizan muy mal con la inmoderación y la
posesividad. Seis días solamente después de que ella se convierta en su
amante, ya quedan fijadas las pautas de sus relaciones:
«¡Contén tus lágrimas! -se queja él-. Son una tortura para mí. ¿Qué quieres
que haga? ¿Que lo deje todo y me vaya a vivir a París? Imposible.» Esta
relación imposible se mantendrá sin embargo durante ocho años; Louise es
pasmosamente incapaz de comprender que Gustave puede amarla aun sin
sentir deseos de verla. «Si yo fuese una mujer -escribe él al cabo de seis
años- no me querría a mí como amante. Como un antojo, sí; pero una relación
íntima, no.»
1848
Muerte de Alfred le Poittevin, a los treinta y dos años.
Quince años más tarde: «Creo que jamás he amado a nadie -hombre o
mujer- como a él.» Veinticinco años más tarde: «No pasa un solo día que no
piense en él.»
1849
Gustave lee su primera obra larga de adulto, La Tentation de saint Antoine, a
sus dos amigos más íntimos, Bouilhet y Du Camp. La lectura dura cuatro días,
a razón de ocho horas diarias. Tras consultarse mutua y embarazosamente,
los oyentes le dicen que la arroje a las llamas.
1850
En Egipto, Gustave contrae la sífilis. Se le cae casi todo el pelo; engorda.
Mme. Flaubert, que va a buscarle a Roma, casi no reconoce a su hijo, y
comprueba que se ha convertido en un hombre grosero. Aquí comienza la
mediana edad. «En cuanto nacemos, empezamos a pudrirnos.» Con el paso de
los años se le irán cayendo todos los dientes menos uno; la saliva le quedará
permanentemente ennegrecida por el tratamiento a base de mercurio.
1851-57
Madame Bovary. Su composición resulta dolorosa ?«Al escribir este libro soy
como una persona que tocase el piano con unas bolas de plomo atadas a cada
falange»- y el proceso aterrador. Flaubert acaba fastidiado por la insistente
fama de su obra maestra, que hace que otros le vean como al autor de un solo
libro.
Le dice a Du Camp que si algún día tuviese un golpe de suerte en la Bourse
compraría «a cualquier precio» todos los ejemplares en circulación de Madame
Bovary: «Los arrojaría a las llamas, y jamás tendría que volver a oír de ellos.»
1862
Elisa Schlesinger es internada en un manicomio; le diagnostican una
«melancolía aguda». Tras la publicación de Salammbô, Flaubert empieza a
tener amistades muy acomodadas. Pero en las cuestiones de dinero sigue
comportándose como un niño: su madre tiene que vender algunas
propiedades para pagar sus deudas. En 1867 entrega secretamente el control
de sus asuntos económicos al esposo de su sobrina, Ernest Commanville.
Durante los siguientes trece años, debido a sus extravagancias, a una
administración incompetente y a la mala suerte, Flaubert pierde todo su
dinero.
1869
Muerte de Louis Bouilhet, a quien Gustave llamó una vez «el agua de seltz
que me permitía digerir la vida».
«Al perder a Bouilhet, he perdido a mi comadrona, a la persona que entendía
mis pensamientos mejor que yo mismo.» Muerte también de Sainte-Beuve.
«¡Otro más que se va! ¡La pandilla se va reduciendo! ¿Con quién se puede
hablar ahora de literatura? » Publicación de L'Education sentimentale; fracaso
crítico y de ventas. De los ciento cincuenta ejemplares de favor remitidos a los
amigos y conocidos, apenas si recibe acuses de recibo de unos treinta.
1870
Muerte de Jules de Goncourt: sólo quedan tres de los siete amigos que
comenzaron las cenas de Magny en 1862. Durante la guerra franco-prusiana,
el enemigo ocupa Croisset. Avergonzado de su nacionalidad francesa, Flaubert
deja de llevar la Légion d'honneur, decide preguntarle a Turgenev qué tiene
que hacer para adquirir la nacionalidad rusa.
1872
Muerte de Mme. Flaubert. «Hace quince días que me he dado cuenta de que
mi mamá, esa pobre y buena mujer, era el ser que más he querido. Es como
si me hubiesen arrancado parte de mis entrañas.» Muerte también de Gautier:
«Con él desaparece el último de mis amigos íntimos. La lista queda cerrada.»
1874
Flaubert debuta en el teatro con Le Candidat. Es un fracaso absoluto; los
actores abandonan el escenario con lágrimas en los ojos. La obra queda
retirada del cartel al cabo de cuatro representaciones. Publicación de La
Tentation de saint Antoine. «Me han vapuleado todos, desde Le Figaro hasta la
Revue des deux mondes... Lo que me sorprende es que debajo de esas críticas
se note un odio contra mí, contra mi persona, un prejuicio denigrador... Esta
avalancha de majaderías me entristece.»
1875
La ruina económica de Ernest Cornmanville arrastra también a Flaubert.
Vende su granja de Deauville; tiene que rogarle a su sobrina que no le eche de
Croisset.
Ella y Commanville le ponen el mote de «el consumidor». En 1879 se ve
reducido a aceptar una pensión estatal que le consiguen los amigos.
1876
Muerte de Louise Colet. Muerte de George Sand. «Mi corazón está
convirtiéndose en una necrópolis.» Los últimos años de Gustave son áridos y
solitarios. Le dice a su sobrina que lamenta no haberse casado.
1880
Empobrecido, solitario y agotado, muere Gustave Flaubert. En su nota
necrológica, Zola comenta que cuatro quintas partes de Rouen no le conocían,
y que la otra quinta parte le detestaba. Deja sin terminar Bouvard et Pécuchet.
Dicen algunos que le mató el trabajo de la novela; Turgenev le dijo, antes de
que la comenzara, que sería mejor darle forma de relato corto. Después del
funeral, un grupo de acompañantes del féretro, entre los que se encuentran
Coppée y Théodore de Banville, celebran en Rouen una cena de homenaje al
escritor fallecido. Al sentarse a la mesa, descubren que son trece. Banville,
muy supersticioso, se empeña en que busquen otro comensal, y envían a
Émile Bergerat, yerno de Gautier, a rondar por la calle. Después de que varias
personas se nieguen a aceptar su ofrecimiento, regresa con un soldado de
permiso. El soldado no ha oído hablar nunca de Flaubert, pero arde en deseos
de conocer a Coppée.
III
1842
Mis libros y yo en el mismo apartamento, como un pepinillo en vinagre.
1846
Tuve, de muy joven, un presentimiento completo de la vida. Era como el
nauseabundo hedor que se escapa de una cocina por un tragaluz. No hace
falta haber probado la comida para saber que te daría ganas de vomitar.
1846
He hecho contigo lo mismo que he hecho en otras épocas con aquellos a
quienes más amaba: les enseñaba el fondo del saco, y el acre polvo que salía
de allí les asfixiaba.
1846
Mi vida está clavada a otra [Mme. Flaubert] y esto seguirá siendo así mientras
dure esa otra vida. Alga marina agitada por el viento, sólo me sostiene a la
roca un único hilo firme. Si se rompiera, ¿a dónde sería arrastrada esa pobre
planta inútil?
1846
Quieres podar el árbol. Sus ramas hirsutas pero rebosantes de hojas se
estiran en todas direcciones en busca del aire y del sol. Pero tú quieres
convertirme en una encantadora espaldera extendida sobre la pared, que dé
unos frutos magníficos que hasta un niño podría coger sin necesidad de una
escalera.
1846
No creas pues que pertenezco a esa vulgar raza de hombres que sienten
repugnancia después del placer, y para los que el amor sólo existe en virtud
de la lujuria. No: en mí, lo que se alza no vuelve a abatirse con la misma
rapidez. Si el musgo empieza a crecer por los edificios de mi corazón tan
pronto como han sido construidos, también hace falta mucho tiempo para que
caigan en ruinas, en caso de que lleguen realmente a caerse.
1846
Soy como los cigarros: para encenderme hay que chupar fuerte.
1846
Hay entre los marinos aquellos que descubren nuevos mundos, que añaden
tierras a la tierra y estrellas a las estrellas: estos son los maestros, los
excelsos, los eternamente espléndidos. Luego están los que vomitan el terror
desde las partes de sus navíos, los que capturan, enriquecen y engordan.
Algunos zarpan en pos del oro y la seda bajo otros cielos, otros sólo pretenden
atrapar en sus redes salmones para los gourmets y bacalao para los pobres.
Yo soy el oscuro y paciente pescador de perlas que se zambulle hasta las
profundidades y emerge con las manos vacías y la cara azul. Cierta atracción
fatal me conduce hacia los abismos del pensamiento, hasta el fondo de unas
simas interiores que, para los fuertes, jamás se agotan. Me pasaré la vida
mirando el océano del arte en el que otros navegan o combaten, y a veces me
divertiré yendo a buscar al fondo del mar conchas verdes o amarillas que los
demás desprecian. De modo que las guardaré para mí y cubriré con ellas las
paredes de mi choza.
1846
No soy más que un lagarto literario que se calienta el día entero al gran sol de
la belleza. Sólo eso.
1846
Hay en el fondo de mi ser un aburrimiento radical, íntimo, acte e incesante
que no me permite disfrutar de nada y que me llena el alma a reventar.
Aparece con cualquier excusa, como la hinchada carroña de los perros
ahogados vuelve a salir a la superficie por mucho que les hayas atado una
piedra al cuello.
1847
Las personas son como la comida. Hay montones de burgueses que para mí
son como carne hervida: mucho vapor, nada de jugo, insípidos. Te llena en
seguida, y suele gustarles a los patanes. Otros son como carne blanca,
pescado de río, delgadas anguilas que viven en el fango, ostras más o menos
saladas, cabezas de ternera y azucaradas papillas. Yo soy como los
macarrones con queso, que se ahilan y hieden; para gustar de ellos hay que
haberlos probado muchas veces.
A la larga te acostumbras, pero antes tienes que haber aguantado que se te
suba muchas veces el estómago a la boca.
1847
Hay personas que tienen el corazón blando y el alma dura. Yo, por el
contrario, tengo el alma blanda y el corazón áspero. Soy como un coco, que
guarda su leche encerrada bajo varias capas leñosas. Para abrirlo hace falta
un hacha, ¿y qué es lo que te encuentras a menudo? Una especie de leche
pasada.
1847
Esperabas encontrar en mí un fuego que ardiese, que llamease, que
iluminase, que proyectara alegres claridades, que hiciera secar la humedad de
los revestimientos, que saneara el aire y volviese a dar vida. Pero, ay, no soy
más que una pobre lámpara nocturna cuya roja mecha centellea en un mal
aceite Ileno de anua polvo.
1851
Mi amistad es como los camellos. En cuanto se pone en marcha ya no hay
modo de detenerla.
1852
A medida que envejecemos, el corazón se nos va desnudando, como los
árboles. No hay nada capaz de resistir ciertas ráfagas de viento. Cada nuevo
día nos arranca algunas hojas, y eso sin contar con las tormentas que rompen
de una sola vez varias ramas. Pero así como el verdor de la naturaleza renace
en primavera, el nuestro se va para siempre.
1852
La vida es una cosa horrible, ¿no crees? Es como una sopa en la que flotan
muchos pelos, y que no hay más remedio que comerse.
1852
Yo me río de todo, incluso de lo que más amo. No hay cosas, hechos,
sentimientos ni personas sobre los que no haya pasado mi bufonería, como un
rodillo de hierro para sacarle lustre a la ropa.
1852
Amo mi trabajo con un amor frenético y perverso, como ama el asceta el
cilicio que le araña el vientre.
1852
Todos los normandos tenemos un poco de sidra en las venas; es una bebida
agria y fermentada, que a veces hace saltar el tapón.
1853
En cuanto al asunto de mi instalación inmediata en París, hay que aplazarla, o
mejor aun resolverla de inmediato. Me resulta imposible en este momento...
Me conozco muy bien, y significaría perder todo un invierno, y quizá todo el
libro. Bouilhet puede decir lo que quiera, porque tiene la suerte de escribir en
cualquier parte, y porque desde hace doce años ha seguido trabajando a pesar
de estar siendo importunado constantemente... Yo soy como una hilera de
cuencos de leche: para que se forme la crema hay que dejarlos inmóviles.
1853
¿Sabes que tu facilidad me deslumbra? ¡En diez días habrás escrito seis
cuentos ! No lo entiendo... Yo soy como uno de esos acueductos antiguos. Hay
tantos detritus en los bordes de mi pensamiento que éste circula lentamente,
y sólo cae de mi pluma de gota en gota.
1854
Yo, que guardo cada cosa en su sitio, llevo una vida ordenada por casilleros, y
tengo mis cajones y estoy tan lleno de compartimentos como un baúl de viaje,
muy bien atado con cuerdas y cerrado con tres correas.
1854
¿Pides amor, te quejas de que no te mande flores?
¡Ah, pienso mucho en las flores! Búscate un joven recién salido del cascarón,
un hombre de buenos modales e ideas prestadas. Yo soy como los tigres, que
tienen en la punta del glande unos pelos aglutinados con los que desgarran a
la hembra.
1857
Los libros no se hacen como los niños, sino como las pirámides, con un
proyecto premeditado y amontonando grandes bloques los unos encima de los
otros, a fuerza de riñones, de tiempo y de sudor. ¡Y no sir ven de nada! ¡Y se
quedan allí, en el desierto! Pero dominándolo de forma prodigiosa. Los
chacales se mean en su base y los burgueses suben hasta su cúspide;
continúa la comparación.
1857
Hay una frase latina que significa aproximadamente:
«Coger con los dientes un denario de entre la mierda.» Era una figura retórica
que aplicaban a los avaros. Yo soy como ellos: para encontrar oro, no me
detengo ante nada.
1867
Es cierto que hay muchas cosas que me exasperan. El día en que nada me
indigne caeré de bruces, como una muñeca cuando le quitas el palo que la
sostiene.
1872
Mi corazón permanece intacto, pero mi sensibilidad está exasperada por un
lado y embotada por el otro, como un viejo cuchillo afilado demasiadas veces,
con melladuras, que se rompe fácilmente.
1872
Jamás habían contado tan poco los intereses espirituales. Jamás el odio
contra toda grandeza, el desdén por lo Bello, la execración de la literatura
habían sido tan manifiestos. Siempre he intentado vivir en una torre de marfil;
pero una marea de mierda golpea sus muros y amenaza derribarla.
1873
Sigo, no obstante, torneando frases de la misma manera que los burgueses
que tienen un torno en el granero siguen torneando aros para servilletas, por
ociosidad y para mi propia satisfacción.
1875
A pesar de tus consejos, no consigo «endurecerme»...
Mi sensibilidad está sobreexcitada; tengo los nervios y el cerebro enfermos,
muy enfermos, lo noto... Vaya, ya estoy quejándome otra vez, por mucho que
no quiera afligirte. Me referiré solamente a tu comparación con la «roca».
Debes saber que a veces el granito muy antiguo se convierte en arcilla.
1875
Me siento desarraigado y llevado de acá para allá como un alga muerta.
1880
¿Y cuándo estará terminado mi libro? Problema. Para que pueda publicarse el
próximo invierno, no debo perder ni un minuto. Pero hay momentos en que
tengo la sensación de estar licuándome como un viejo camembert, tan
fatigado estoy.
3
LO PROMETIDO ES DEUDA
Se puede definir una red de dos maneras, según cuál sea el punto de vista
que se adopte. Normalmente, cualquier persona diría que es un instrumento
de malla que sirve para atrapar peces. Pero, sin perjudicar excesivamente la
lógica, también podría invertirse la imagen y definir la red como hizo en una
ocasión un jocoso lexicógrafo: dijo que era una colección de agujeros atados
con un hilo.
Lo mismo puede hacerse en el caso de la biografía. La red va siendo
arrastrada, se llena, y luego el biógrafo la cobra, selecciona, tira parte de la
pesca, almacena, corta en filetes, y vende. Pero, ¿y todo lo que no pesca?
Siempre abunda más que lo otro. La biografía, pesada y respetablemente
burguesa, descansa en el estante jactanciosa y sosegada: una vida que cueste
un chelín te proporciona todos los datos; si cuesta diez libras incluirá, además,
todas las hipótesis. Pero piénsese en todo lo que se escapó, en todo lo que
huyó con el último aliento exhalado en su lecho de muerte por el biografiado.
¿Qué posibilidades tendría el más hábil biógrafo ante el sujeto que le ve venir
y decide divertirse un rato?
Conocí a Ed Winterton cuando apoyó su mano sobre la mía en el Hotel
Europa: no es más que un chiste mío; pero que no falta a la verdad. Fue
durante una feria provincial de libreros, yo fui un poquito más rápido que él al
extender el brazo para coger un ejemplar de los Recuerdos Literarios de
Turgenev. La conjunción produjo disculpas inmediatas, tan embarazadas por
su parte como por la mía. Cuando ambos comprendimos que la lujuria
bibliófila era la única emoción que había provocado esta superposición de
manos, Ed murmuró:
-Salgamos afuera un momento y lo discutiremos.
Junto a un té no muy apasionante, nos revelamos mutuamente el camino que
cada uno había recorrido hasta llegar al mismo libro. Yo le hablé de Flaubert;
él anunció que estaba interesado por Gosse y el mundo literario de la
Inglaterra de finales del siglo pasado. No he conocido a muchos profesores
norteamericanos de universidad, y me sorprendió agradablemente que a éste
le pareciese tan aburrido el grupo de Bloomsbury, y que estuviera encantado
de dejar el movimiento moderno en manos de sus colegas más jóvenes y
ambiciosos. Pero Ed Winterton quiso retratarse luego a sí mismo como un
fracasado. Tenía cuarenta y pocos años, una calvicie más que incipiente, la tez
rosada y glabra, y llevaba gafas cuadradas sin montura: el catedrático con
imagen de banquero, circunspecto y honorable. Llevaba ropa inglesa y no
tenía en absoluto aspecto de inglés. Era de esos norteamericanos que cuando
llegan a Londres se compran una trenca porque saben que en esa ciudad
llueve hasta con el cielo despejado. En el bar del Hotel Europa seguía llevando
la trenca puesta.
Sus aires de fracasado no tenían connotaciones desesperadas; parecían más
bien ser el producto de una aceptación sin resentimientos de que no estaba
hecho para triunfar, y en consecuencia su deber consistía en asegurarse de
que fracasaba de una forma correcta y aceptable. En un momento de la
conversación, cuando estábamos hablando de lo poco probable que era que
llegase no ya a publicar su biografía de Gosse sino incluso a terminarla, hizo
una pausa y, en voz baja, me dijo:
-En cualquier caso, a veces me pregunto si Mr. Gosse hubiese aprobado mis
actividades.
-Quieres decir... -Yo apenas sabía nada de Gosse, y mi mirada de asombro
dejó entrever quizá con demasiada claridad imágenes de lavanderas
desnudas, hijos ilegítimos y cuerpos desmembrados.
-Oh, no, no, no. Simplemente, la idea de escribir acerca de él. Quizás él
habría pensado que era en cierto modo... un golpe bajo.
Dejé que se quedara con el Turgenev, claro, aunque sólo fuese para no tener
que discutir acerca del sentido moral de la posesión. Yo no entendía que la
ética pudiese tener relación alguna con la propiedad de un libro de segunda
mano; pero Ed sí. Me prometió ponerse en contacto conmigo si algún día
tropezaba con otro ejemplar. Luego tratamos brevemente de si estaba bien o
mal que yo le pagase su té.
No esperaba volver a tener noticias de él, y mucho menos en torno a la
cuestión que provocó la carta que me dirigió al cabo de un año. «¿Te interesa
Juliet Herbert? Parece que fue una relación fascinante, a juzgar por el
material. Estaré en Londres el mes de agosto, y si tú también estás podemos
vernos.
Afectuosamente, Ed (Winterton).»
¿Qué siente la prometida cuando abre la cajita y ve el anillo rodeado de
terciopelo rojo? No llegué a preguntárselo nunca a mi mujer, y ahora ya es
tarde. O bien, ¿qué fue lo que sintió Flaubert cuando estuvo esperando el
amanecer desde lo alto de la Gran Pirámide y vio finalmente brillar aquella
grieta de oro en el terciopelo purpúreo de la noche? Asombro, temor y una
fiera alegría fue lo que brotó de mi corazón al leer esas dos palabras en la
carta de Ed. No, no me refiero a «Juliet Herbert», sino a las otras dos:
primero, «fascinante»; y luego, «material». Y, ¿hubo acaso algo más, aparte
de la alegría, aparte también de la visión del mucho trabajo que me esperaba?
¿La avergonzada fantasía en la que me vi consiguiendo algún tipo de
graduación honorífica en cierta universidad?
Juliet Herbert es un gran agujero atado con cuerda. A mitad de los años
cincuenta del siglo pasado se convirtió, no se sabe cómo, en la institutriz de
Carolina, la sobrina de Flaubert, permaneció en Croisset durante un escaso e
indeterminado número de años; después regresó a Londres. Flaubert le
escribió, y ella le contestó; se visitaron mutuamente con frecuencia. Aparte de
eso, no sabemos nada. No nos ha llegado ninguna carta suya a dirigida a ella.
Casi no sabemos nada de su familia. Ni siquiera sabemos qué aspecto tenía.
No ha sobrevivido ninguna descripción de ella, y ninguno de los amigos de
Flaubert la mencionó después de la muerte del escritor, momento en el cual
fueron conmemoradas la mayor parte de las demás mujeres que habían tenido
importancia en su vida.
Los biógrafos no se ponen de acuerdo en torno a Juliet Herbert. Para algunos
de ellos, la escasez de datos indica que apenas tuvo significado para la vida de
Flaubert; otros deducen de esta ausencia de datos justamente lo contrario, y
afirman que esta atormentadora institutriz fue sin duda una de las amantes
del escritor, posiblemente la Gran Pasión Desconocida de su vida, y hasta
quizá su prometida. Las hipótesis son consecuencia directa del temperamento
del biógrafo. ¿Podemos deducir que Gustave amaba a Juliet Herbert a partir
del dato de que su galgo se llamara Julio? Hay quienes lo hacen. A mí me
parece un poco tendencioso. Y en caso de que lo hagamos, ¿qué deducimos
entonces del hecho de que en varias de sus cartas Gustave llame «Loulou» a
su sobrina, precisamente el nombre que dará luego al loro de Félicité? ¿Y del
hecho de que George Sand tuviese un carnero al que llamaba Gustave?
La única referencia declarada de Flaubert a Juliet Herbert se encuentra en una
carta dirigida a Bouilhet, escrita después de que éste hubiese visitado
Croisset:
«Desde que vi que la institutriz te excitaba, también yo siento excitación. En
la mesa, mis ojos siguen de buena gana la suave curva de su pecho. Creo que
ella lo ha notado porque, cinco o seis veces en cada comida, pone la misma
cara que si le hubiese dado mucho el sol. Qué bella comparación podría
establecerse entre la curva de su pecho y la explanada de una fortificación.
Los cupidos avanzan por ella dando volteretas, lanzando su asalto contra la
ciudadela. (Dígase con voz de Jeque): «Bueno, la verdad es que sé muy bien
cuál es la pieza de artillería con la que apuntaría en esa dirección.»
¿Deberíamos precipitarnos a extraer conclusiones? Francamente, me parece
que esto no es más que uno de esos comentarios jactanciosos, de esos
guiños, que solían aparecer en las cartas que Flaubert dirigía a sus amigos de
sexo masculino. Personalmente, no me convence: cuando un deseo es
verdadero, no es fácil convertirlo en metáfora. Pero, claro, todos los biógrafos
pretenden secretamente anexionarse y canalizar la vida conyugal de los
protagonistas de su obra; el lector deberá, además de juzgar a Flaubert,
juzgarme a mí.
¿Era verdad que Ed había descubierto algún material referido a Juliet Herbert?
Admito que empecé a sentirme posesivo por adelantado. Me imaginé a mí
mismo presentándolo en alguna de las revistas literarias más importantes;
quizá permitiría al TLS que lo publicase. «Juliet Herbert: Misterio resuelto, por
Geoffrey Braithwaite», ilustrado con una de esas fotografías en las que tan
difícil resulta llegar a leer lo que está escrito al pie. También empecé a
sentirme preocupado pensando que quizás Ed no sabría contener la lengua y
hablaría de su descubrimiento en la universidad, y que podría entregar
inocentemente su tesoro a algún ambicioso galicista con un corte de pelo a lo
astronauta.
Pero todo esto son ideas feas y, confío, poco frecuentes en mí. De hecho, lo
que más me emocionaba era la idea de descubrir el secreto de las relaciones
entre Gustave y Juliet (¿qué otra cosa podía significar ese «fascinante» de la
carta de Ed?). También me emocionaba pensando que ese material pudiera
ayudarme a comprender con más exactitud cómo era Flaubert: La red estaba
cerrándose. ¿Averiguaríamos, por ejemnlo, qué hizo el escritor cuando estuvo
en Londres?
Esto tenía un interés muy especial. Los intercambios culturales entre
Inglaterra y Francia durante el siglo XIX fueron, como mucho, pragmáticos.
Los escritores franceses no cruzaban el Canal de la Mancha para hablar de
cuestiones estéticas con sus colegas ingleses; lo hacían huyendo de alguna
persecución, o para buscar empleo. Hugo y Zola vinieron en calidad de
exiliados; Verlaine y Mallarmé, como maestros. Villiers de l'Isle-Adam,
crónicamente pobre pero chifladamente práctico, vino en busca de una
heredera. En París un agente matrimonial le equipó para la expedición con un
abrigo de pieles, un repulsivo reloj despertador y una nueva dentadura
postiza, a pagar cuando el escritor tuviera por fin en sus manos la dote de la
heredera. Pero Villiers, incansablemente propenso a los accidentes, estropeó el
noviazgo. La heredera le rechazó, el agente se presentó para reclamar el
abrigo y el reloj despertador, y el descartado pretendiente se quedó en
Londres a la deriva, con una magnínica dentadura pero sin un céntimo.
¿Y qué sabemos de Flaubert? Muy poco en lo que se refiere a sus cuatro
viajes a Inglaterra. Sabemos que la Great Exhibition de 1851 se granjeó su
inesperada aprobación -«es magnífica, aunque la admire todo el mundo»-,
pero sus notas de esa primera visita se limitan a siete páginas: dos sobre el
British Museum, y otras cinco sobre los pabellones chino e indio del Crystal
Palace. ¿Cuáles fueron las primeras impresiones que le produjimos los
ingleses? Debió de contárselas a Juliet. ¿Estuvimos a la altura de lo que
escribe en su Dictionnaire des idées reçues ( INGLESES: Todos son ricos.
INGLESAS: Manifestarse sorprendido de que tengan hijos agraciados)?
¿Y qué sabemos de las siguientes visitas, cuando ya se había convertido en el
autor de la famosa Madame Bovary? ¿Buscó a los escritores ingleses? ¿Buscó
los burdeles ingleses? ¿Se quedó cómodamente en casa con Juliet, mirándola
mientras cenaban para después tomar por asalto su fortaleza? ¿O quizá no
fueron (eso es lo que yo creía en parte que había ocurrido) más que buenos
amigos? ¿Era su inglés tan aleatorio como habría que pensar juzgándolo por
sus cartas? ¿Hablaba sólo en inglés shakesperiano? Y, ¿se quejaba mucho de
la niebla?
Cuando me encontré con Ed en el restaurante tenía un aspecto incluso más
de fracasado que la otra vez. Estuvo hablándome de ciertos recortes
presupuestarios, de la crueldad del mundo, de su incapacidad para publicar
artículos. Deduje, más que oírlo, que le habían dado la patada. Me explicó lo
irónico que había sido su despido: era consecuencia de la devoción que sentía
por su labor, por su negativa a tratar injustamente a Gosse el día en que le
presentara al mundo. Sus superiores universitarios le insinuaron que atajara.
Pues bien, él no estaba dispuesto a hacerlo. Sentía demasiado respeto por la
escritura y los escritores para adoptar esa actitud.
-No sé si me explico, pero es que me parece que en cierto sentido estamos en
deuda con esa gente.
Quizá yo simpaticé menos de lo esperado con su triste suerte. Pero, ¿acaso
puede alguien modificar el funcionamiento de la fortuna? Al fin y al cabo, y por
una vez, la fortuna estaba de mi parte. Pedí mi cena apresuradamente, pues
casi no me importaba comer una cosa u otra; Ed estudió la carta como si fuera
Verlaine, el día en que alguien le invitaba a comer de verdad por vez primera
en varias semanas. Escuchar los tediosos lamentos de Ed, y verle consumir al
mismo tiempo aquel plato de salmonetes, terminó por agotar mi paciencia;
pero no hizo disminuir en absoluto mi excitación.
-Bien -le dije cuando empezábamos el segundo plato-. Juliet Herbert.
-Oh -dijo-, sí. -Noté perfectamente que habría que empujarle-. Es una historia
extraña.
-Era de esperar.
-Sí. -Ed parecía un poco dolorido, casi embarazado-. Bueno, estuve por aquí
hace seis meses, buscando la pista de un lejano descendiente de Mr. Gosse.
No es que tuviera esperanzas de encontrar algo. Era sólo que, hasta donde yo
sabía, nadie había hablado nunca con una señora, y me pareció que..., que
tenía el deber de ir a verla. A lo mejor le había sido transmitida alguna leyenda
familiar cuya existencia yo no había podido ni siquiera imaginar.
-¿Y?
-¿Y? Ah, no. No era así. En realidad no me sirvió de nada. Pero hacía un buen
día. Kent. -Volvió a poner una expresión afligida; era como si echase de
menos la trenca que el camarero le había arrebatado con tremenda crueldad-.
Ah, pero ya entiendo a qué te refieres. Lo que sí le había llegado a esa señora
era el paquete de cartas. Bueno, veamos si lo entiendo bien. De lo contrario,
corrígeme. ¿Verdad que Juliet Herbert murió más o menos en 1909? Sí. Tenía
una prima. Sí. Bien, pues esa prima encontró las cartas y se las llevó a Mr.
Gosse, para preguntarle si tenían, en su opinión, algún valor. Mr. Gosse creyó
que estaban insinuándole que las comprase, de modo que dijo que, si bien
eran interesantes, nadie pagaría un céntimo por ellas. Oído lo cual esta prima
se limitó a entregárselas a él, diciendo, pues si no se les puede sacar dinero,
quédeselas usted. Y él se las quedó.
-¿Cómo te has enterado de todo esto?
-Junto al paquete había una carta manuscrita del propio Mr. Gosse.
-¿Y?
-Y así fue como llegaron a manos de esta señora de Kent. Lamento decir que
ella formuló la misma pregunta:
¿Cuánto valen? Y todavía lamento más tener que decir que me comporté de
una forma bastante inmoral. Le dije que fueron valiosas en el momento en que
Gosse las examinó, pero que ya no lo eran. Le dije que seguían siendo
interesantes, pero que carecían de valor pecuniario porque la mitad de ellas
estaban escritas en francés. Y a continuación se las compré por cincuenta
libras.
-Santo Cielo. -No era de extrañar que me hubiese parecido que su actitud era
un poco furtiva.
-Sí, estuvo bastante mal, ¿verdad? No encuentro excusas para mi
comportamiento; pero el hecho de que también el propio Gosse mintiera
cuando las obtuvo contribuía a confundir las cosas. ¿No te parece que este
asunto plantea un interesante problema moral? La cuestión es que yo estaba
bastante deprimido por el hecho de haberme quedado sin mi empleo, y pensé
que podía llevármelas, venderlas y, con ese dineno, seguir con mi libro.
-¿Cuántas cartas hay?
-Unas setenta y cinco. Tres docenas aproximadamente de cada lado. Así fue
como fijamos el precio. Una libra por cada una de las que estaban en inglés, y
cincuenta peniques por las escritas en francés.
-Santo Dios. -Me pregunté qué fortuna podían valer. Quizá mil veces lo que él
había pagado. O más.
-Sí.
-Bien, continúa, háblame de ellas.
-Ah. -Hizo una pausa y me lanzó una mirada que habría sido de picardía si no
se hubiese tratado de un tipo tan mojigato y pedante. Seguro que, viéndome
tan excitado, estaba divirtiéndose horrores-. Bueno, dispara. ¿Qué quieres
saber?
-¿Las has leído?
-Sí, claro.
-Y, y? -No sabía qué preguntar. Ahora no cabía duda de que Ed estaba
disfrutando la situación-. Y... , ¿fueron amantes? Lo fueron, ¿verdad que sí?
-Oh, sí. Desde luego.
-¿Y cuándo empezó? Poco después de que ella llegara a Croissete
-Sí, muy poco después de su llegada.
Bueno, esto permitía comprender el acertijo de la carta dirigida a Bouilhet:
Flaubert estaba tomándole el pelo cuando fingía que tenía tantas, o tan pocas,
oportunidades como su amigo de liarse con la institutriz; cuando en realidad...
-¿Y siguieron siéndolo durante todo el tiempo que ella estuvo allí?
-Desde luego.
-¿Y cuando él vino a Inglaterra?
-Sí, también.
-¿Y llegó ella a ser su prometida?
-Es difícil asegurarlo. Yo diría que prácticamente sí. Hay algunas referencias
por parte de ambos en las cartas, casi siempre en broma. Frases acerca de la
pequeña institutriz inglesa que cazó al famoso escritor francés; acerca de lo
que haría ella en caso de que a él le encarcelasen por haber provocado un
nuevo escándalo moral; cosas así.
-Bien, bien, bien. ¿Y se puede averiguar cómo era ella?
-¿Cómo era ella? Ah, ¿te refieres a su aspecto?
-Sí. ¿No hay... , no hay... -Ed notó lo esperanzado que yo estaba-... , ninguna
foto?
-¿Foto? Sí, de hecho hay varias; son de un estudio de Chelsea, unas copias
pegadas a una cartulina muy gruesa. Seguramente él debió de pedirle a Juliet
que se las remitiese. ¿Tienen algún interés?
-Bueno, esto es increíble. ¿Cómo era Juliet?
-Bastante bonita, aunque de un modo escasamente memorable. Morena,
mentón pronunciado, buena nariz. No me fijé apenas. No era de mi tipo.
-Y qué tal se llevaban, ¿bien? -Ahora ya no sabía lo que quería preguntar. La
prometida inglesa de Flaubert, pensaba. Por Geoffrey Braithwaite.
-Sí, parece que sí. Parecen muy encariñados el uno del otro. Al final él
consiguió aprender unas cuantas frases afectuosas en inglés.
-¿Quieres decir que sabía escribir en inglés?
-Desde luego, hay varios pasajes largos de las cartas que están en inglés.
-¿Y qué le parecía Londres?
-Le gustaba. ¿Cómo iba a ser de otro modo? Era la ciudad en donde residía su
prometida.
Mi querido Gustave, murmuré en mi interior; sentí una gran ternura por él.
Aquí, en esta misma ciudad, hace un siglo y pico estuvo él con una
compatriota mía que consiguió atrapar su corazón.
-¿Se quejaba de la niebla?
-Claro. Escribió algo así, «¿cómo os las arregláis para vivir con esa niebla?
Para cuando un caballero ha conseguido reconocer a una dama que se le
acerca saliendo de la niebla, ya es demasiado tarde para quitarse el sombrero.
Me sorprende que haya logrado sobrevivir una raza que vive en unas
condiciones que impiden el normal desarrollo de la cortesía ».
Sí, sí, era su tono: elegante, zumbón, levemente lúbrico.
-¿Y qué dice de la Great Exhibition? ¿Habla de ella con detalle? Apuesto a que
le gustó mucho.
-Cierto. Eso ocurrió algunos años antes de que se conociesen, pero la
menciona con un cierto tono sentimental, se pregunta si no es posible que se
haya cruzado con ella sin saberlo en medio de aquellas multitudes. Le pareció
una exposición un tanto horrible, pero también espléndida. Parece que miró
todo lo que estaba expuesto como si se tratase de un gran despliegue de
material para sus novelas.
-Y... Hmmm. -¿Por qué no?-. Supongo que no visitó ningún burdel...
Ed me dirigió una mirada bastante ceñuda.
-¿No recuerdas que estas cartas se las escribía a su novia? Era difícil que se
jactara precisamente de eso, ¿no crees?
-Claro, claro. -Tuve la sensación de que me habían castigado. Pero también
estaba contentísimo. Mis cartas. Mis cartas. Seguro que Winterton tenía
intención de dejármelas para que las publicase.
-Bien, ¿cuándo podré verlas? ¿Las has traído?
-Oh, no.
-¿No? -Bueno, lo más sensato era dejarlas en algún lugar seguro. Los viajes
tienen sus peligros. A no ser..., a no ser que hubiese alguna cosa que yo no
hubiera entendido del todo bien. Quizá..., ¿querría dinero? De repente
comprendí que no sabía absolutamente nada de Ed Winterton, aparte de que
era el dueño de mi ejemplar de las Reminiscencias literarias de Turgenev-.
¿No has traído ni una sola carta?
-Verás, las quemé.
-¿Qué?
-Sí, bueno, a eso me refería cuando te decía que era una historía extraña.
-Pues de momento parece más bien una historia criminal.
-Estaba seguro de que lo entenderías -dijo, sorprendiéndome profundamente;
luego me sonrió-: Quiero decir que, nada menos tú. De hecho, al principio
decidí no contárselo a nadie, pero luego me acordé de ti. Me pareció que había
que decírselo al menos a una persona del oficio. Simplemente para que
quedase constancia.
-Sigue. -Aquel tipo estaba loco; seguro. No era de extrañar que en su
universidad hubiesen terminado por darle la patada. La pena fue que no lo
hicieran antes, mucho antes.
-Mira, había montones de cosas fascinantes; en las cartas, claro. Muy largas,
muchas eran muy largas, con abundantes reflexiones sobre otros escritores, la
vida pública, todo. Eran incluso más sinceras que sus cartas normales. Quizá
porque, como las enviaba al extranjero, se permitía más libertades que de
costumbre. -¿Sabía este criminal, este impostor, este asesino, este pirómano
calvo, todo el daño que me estaba haciendo? Probablemente sí-. Y las cartas
de ella también eran, a su modo, magníficas. Contaban toda la historia de su
vida. Y eran muy reveladoras en lo que a Flaubert se refiere. Contenían
muchas descripciones nostálgicas de la vida de Croisset. Es evidente que esa
mujer era muy observadora. Notaba cosas que seguramente hubiesen pasado
desapercibidas para la mayoría de la gente.
-Sigue. -Llamé sombríamente al camarero. Tenía la sensación de que no
podría permanecer allí mucho más. Quería decirle a Winterton cuánto me
satisfacía que los británicos hubiesen incendiado la Casa Blanca hasta dejarla
arrasada.
-Seguro que te estarás preguntando por qué quemé las cartas. Te noto un
poco inquieto. Bien, en la última carta, él le dice que en caso de que fallezca le
serán devueltas las cartas a ella, y le ordena que queme toda esa
correspondencia.
-¿Explica por qué razón?
-No.
Esto me pareció extraño, suponiendo que ese loco estuviese diciendo la
verdad. Pero era cierto que Gustave quemó buena parte de su
correspondencia con Du Camp. A lo mejor sintió temporalmente cierto orgullo
relacionado con sus orígenes familiares, y no quiso que el mundo llegase a
saber que había estado a punto de casarse con una institutriz inglesa. O a lo
mejor no quiso que supiéramos que su famosa devoción por la soledad y el
arte había estado a punto de esfumarse. Pero el mundo acabaría sabiéndolo.
Fuera como fuese, yo lo contaría.
-De modo que, ya lo ves, no tenía alternativa. Me refiero a que cuando
trabajas con escritores, tienes el deber de tratarles con integridad, ¿no te
parece? Tienes que cumplir su voluntad, aunque haya otros que no la
cumplan. -Menudo hijo de puta presumido y puritano era aquel tipo. Se ponía
la ética como las prostitutas se ponen el maquillaje. Y además había
conseguido mezclar en la misma expresión su gesto furtivo del principio con su
posterior suficiencia-. En esta última carta a la que me refiero había también
otro detalle. Además de pedirle a Miss Herbert que quemase toda la
correspondencia, añadía otra orden. Le decía, Si alguna vez alguien te
preguntara por el contenido de mis cartas, o por cuál era la clase de vida que
yo llevaba, miéntele, por favor. O, mejor dicho, ya que no puedo pedirte, nada
menos que a ti, que mientas, diles sencillamente aquello que tú creas que
esperan oírte decir.
Me sentí igual que Villiers de l'Isle-Adam: alguien me había prestado por unos
días un abrigo de pieles y un reloj despertador, y luego me los arrebataba con
la mayor crueldad. Menos mal que en este momento llegó el camarero.
Además, Winterton no era tampoco tan tonto: había apartado su silla de la
mesa y jugueteaba con sus uñas.
-Lo peor de todo esto -dijo, mientras yo volvía a guardarme mi tarjeta de
crédito- es que no podré financiar mi libro sobre Mr. Gosse. Pero estoy seguro
de que estarás de acuerdo conmigo en una cosa: ha sido una decisión moral
muy interesante.
Creo que el comentario con que le respondí a continuación fue profundamente
injusto para con Mr. Gosse, como escritor y como simple ser sexual: pero no
sé de qué forma hubiese podido evitarlo.
4
EL BESTIARIO DE FLAUBERT
Atraigo a los locos y a los animales.
Carta a Alfred le Poitfevin, 26 de mayo de 1845
EL OSO
Gustave era el Oso. Su hermana Caroline era la Rata: «tu querida rata», «tu
fiel rata» firma sus cartas; «ratita», «Ah, rata, buena rata, vieja rata », «vieja
rata, vieja rata traviesa, buena rata, pobrecita rata», son expresiones que él
utiliza para dirigirse a ella; pero Gustave era el Oso. Cuando tenía sólo veinte
años, la gente le encontraba «un tipo raro, un oso, un joven poco corriente»;
e incluso antes de su ataque epiléptico y su reclusión en Croisset, ya se había
establecido la imagen: « Soy un oso y quiero seguir siendo un oso en mi
guarida, en mi madriguera, en mi piel, en mi vieja piel de oso; quiero vivir
tranquilo y lejos de los burgueses y las burguesas. » Después de su primer
ataque, su carácter de fiera se confirmó: «Vivo solo, como un oso.» (La
palabra «solo» que contiene la frase anterior debería glosarse de este modo:
«solo, sin más compañía que la de mis padres, mi hermana, los criados,
nuestro perro, la cabra de Caroline, y las visitas regulares de Alfred le
Poittevin. »)
Luego se recobró, obtuvo autorización para viajar; en diciembre de 1850 le
escribió desde Constantinopla a su madre, ampliando la imagen del Oso, que
ahora no solamente explicaba su carácter sino también su estrategia literaria:
Cuando te mezclas con la vida no la ves bien, la sufres o la disfrutas más de
la cuenta. EI artista, en mi opinión, es una monstruosidad, una cosa que
escapa a la naturaleza. Todas las desgracias con que le abruma la Providencia
son consecuencia de la testarudez con que niega ese axioma... De modo que
(tal es la conclusión), estoy resignado a vivir tal como he vivido, solo, con mi
muchedumbre de grandes hombres como compañeros, con mi piel de oso
como única compañía.
La «muchedumbre de compañeros», inútil subrayarlo, no está formada por
personas que invita a su casa sino por amigos cogidos de los estantes de la
biblioteca. En cuanto a la piel de oso, es un tema que siempre le preocupó:
escribió dos veces desde Oriente (Constantinopla, abril de 1850; Benisouëf,
junio de 1850) pidiéndole a su madre que se la cuidara. También su sobrina
Caroline recordaba muy bien esa alfombra de piel de oso que era la principal
característica de su estudio. La conducían hasta allí, para recibir lecciones, a la
una en punto. Las persianas estaban siempre cerradas, para que no entrase el
calor, y en la oscura habitación reinaban los olores del pebete y el tabaco.
«Solía lanzarme de un salto a la gran piel de oso blanco que tanto me
gustaba, y le cubría de besos su enorme cabeza.»
En cuanto caces el oso, dice el proverbio macedonio, bailará para ti. Gustave
no bailaba; Flaubert no era el oso de nadie. (¿Cómo se diría eso en francés?
Quizá, Gourstave.)
OSO: Generalmente se llama Martin. Cítese la anécdota del viejo soldado que
vio caer un reloj al foso de los osos, bajó a por él, y fue comido.
Dictionnaire des idées reçues
Gustave también es otros animales. De joven fue montones de fieras: ansioso
por ver a Ernest Chevalier, es «un león, un tigre, un tigre de la India, una
boa» (1841); cuando se siente extrañamente pletórico de fuerzas, es «un
buey, una esfinge, un alcaraván, un elefante, una ballena» (1841);
posteriormente, los escoge de uno en uno. Es una ostra en su concha (1845);
un caracol en su concha (1851 ); un erizo enroscándose para protegerse (
1853, 1857 ). Es un lagarto literario tostándose al sol de la Belleza ( 1846), y
una curruca de estridente gorjeo que se oculta en la espesura de los bosques
para que nadie pueda escucharla (también de 1846). Se enternece como una
vaca (1867); se siente tan fatigado como un asno (1867); pero también
chapotea en el Sena como una marsopa (1870). Trabaja como una mula
(1852); vive una vida capaz de matar a tres rinocerontes (1872); trabaja
«como XV bueyes" (1878); pero le aconseja a Louise Colet que se encierre a
trabajar en su madriguera como un topo (1853). Para Louise es como «un
búfalo salvaje de las praderas americanas» (1846). Para George Sand, en
cambio, es «manso como un cordero », (1866) cosa que él niega (1869) y
cuando están juntos, George Sand y él hablan como cotorras (1866); al cabo
de diez años, Gustave llora en el entierro de ella como una ternera (1876).
Solo en su estudio, termina el relato que escribió especialmente para ella, la
historia del loro; aúlla «como un gorila» (1876 ).
De vez en cuando coquetea con el rinoceronte y el camello como imágenes de
sí mismo, pera principal, secreta, esencialmente, es el Oso: un oso testarudo
(1852), un oso profundamente hundido en su osez por culpa de la necedad de
su época (1853), un oso sarnoso (1854) y hasta un oso disecado (1869); y
sígue así hasta el último año de su vida, cuando sigue «rugiendo tan fuerte
como un oso en su cueva» (1880). Debería tenerse en cuenta, además, que
en Hérodias, la última de las obras que Flaubert llegó a terminar, el proneta
Iaokannan, que está encarcelarlo, contesta, cuando le dicen que deje de aullar
sus denuncias contra el mundo corrupto que le rodea, dice que también él
seguirá gritando «como un oso».
La palabra humana es como una caldera rota en la que tocamos melodías
para que bailen los osos, cuando quisiéramos conmover a las estrellas.
Madame Bovary
Todavía rondaban osos por los bosques en tiempos de Gourstave: osos
pardos en los Alpes, osos castaños en Saboya. Los mejores comerciantes de
carnes en salazón vendían jamones de oso. Alexandre Dumas comió filete de
oso en el Hôtel de la Poste de Marigny en 1832; posteriormente, en su Grand
Dictionnaire de cuisine (1870), señaló que «todos los pueblos europeos
consumen actualmente carne de oso». El chef de los Reyes de Prusia le dio a
Dumas una receta para cocinar las patas de oso a la moscovita. Hay que
comprar las patas peladas. Lavarlas, salarlas y dejarlas en adobo durante tres
días. Cocer en una cacerola con tocino y verdura durante siete u ocho horas;
escurrirlas, secarlas, espolvorearlas con pimienta y engrasarlas con manteca
derretida. Rebozarlas luego con miga de pan y ponerlas durante una hora a la
parrilla. Servirlas con salsa picante y dos cucharadas de jalea de grosella.
No se tiene noticia de si Flaubear comió alguna vez carne de su tocayo. Comió
dromedario el año 1850, en Damasco. Parece sensato deducir que si hubiese
comido oso habría comentado esa ipsofagia.
¿Qué especie de oso era exactamente Flaubert? Podemos seguir el rastro de
la correspondencia. Al principio no es más que un simple ours, un oso (1841).
Sigue siendo un simple oso -pero propietario ya de una osera- en 1843, en
enero de 1845, y en mayo de 1845 (a estas alturas empieza a jactarse de que
posee tres capas de pelo). En junio de 1845 quiere adquirir el retrato de un
oso para su habitación, con intención de ponerle como título «Retrato de
Gustave Flaubert», lo que le servirá para «indicar mi disposición moral y mi
temperamento social». Hasta ahora quizá hemos estado imaginando (al igual
que él) un animal oscuro: un oso pardo americano, un oso negro ruso, un oso
castaño de Saboya. Pero en septiembre de 1845 Gustave anuncia con la
mayor firmeza que es «un oso blanco».
¿Por qué? ¿Acaso porque es un oso que también es un blanco europeo?
¿Procede esa identificación de la piel de oso que usa como alfombra en su
estudio (y que menciona por vez primera en una carta dirigida a Louise Colet
con fecha de agosto de 1846, en la que le cuenta que le gusta tenderse en ella
durante el día. ¿Eligió esta especie a fin de poder tumbarse en su alfombra,
que así le servía para hacer juegos de palabras y para camuflarse)? ¿O bien
indica esta coloración un nuevo grado de alejamiento de la humanidad, un
avance hacia los más remotos extremos de la osez? Los osos pardos, negros y
castaños no viven tan lejos del ser humano, del hombre de la ciudad, ni de la
amistad de los hombres. Los osos de colores son los más fáciles de domar.
Ahora bien, ¿se puede domar un oso blanco, un oso polar? Este no es el oso
que baila para hacer reír al hombre; no come bayas; no se le puede atrapar
aprovechando su debilidad por la miel.
Los otros osos tienen sus usos. Los romanos importaron osos británicos para
sus circos. Los habitantes de Kamchatka, una región de la Siberia Oriental,
utilizan los intestinos de los osos para hacerse con ellos unas máscaras que les
protegían de los rayos del sol. Y utilizaban también sus omóplatos afilados
para segar la hierba. En cambio el oso blanco, el Tnalarctos maritimus, es el
aristócrata de los osos. Frío, distante, se zambulle con elegancia para cazar
peces, tiende emboscadas a las focas cuando emergen para respirar. El oso
marítimo. Recorren grandes distancias, se dejan llevar por los bloques de hielo
que flotan en el mar. Durante un invierno del siglo pasado, doce grandes osos
blancos llegaron por este procedimiento hasta Islandia; se les puede imaginar
montados en sus tronos a medio derretir, para tomar tierra aterradoramente,
como dioses. William Scoresby, explorador del Artico, señaló que el hígado del
oso es venenoso: no hay ninguna otra parte de ningún cuadrúpedo que lo sea.
Entre los directores de los parques zoológicos, no hay ninguno que haya
conseguido un embarazo de un oso polar. Otros datos extraños que a Flaubert
no le hubieran extrañado:
«Cuando los lacontes, pueblo siberiano, encuentran un oso, se descubren la
cabeza, le saludan, le llaman jefe, viejo o abuelo, y le prometen que no le
atacarán y que jamás hablarán mal de él. Pero si da señales de tener
intenciones de arrojarse sobre ellos, le disparan, y, si le matan, lo parten en
pedazos, lo asan y se regalan con su carne hasta agotarla, sin dejar de
repetir: «No somos nosotros los que te comen, sino los rusos.»
A.-F. Aulagnier, Dictionnaire des Aliments et des Boissons
¿Había otros motivos para que decidiese ser un oso? El sentido figurado de
ours es bastante parecido al de su equivalente inglés: un tipo tosco y salvaje.
Ours, en argot, significa celda de la comisaría. Avoir ses ours, tener tus
propios osos, significa «tener la regla» (presumiblemente porque en esos
momentos se supone que una mujer se comporta como un oso al que le duele
la cabeza). Los etimólogos han encontrado las primeras manifestaciones de
este coloquialismo a finales de siglo (Flaubert no lo utiliza; prefiere les Anglais
sont débarqués,* («Los ingleses ya han desembarcado.» Recuérdese que las
tropas inglesas llevaban casacas rojas. (N. del T.)) y otras variaciones
humorísticas por el estilo. En una ocasión, tras haber mostrado su
preocupación por la irregularidad de Louise Colet, nota finalmente con alivio
que Lord Palmerston ya ha llegado). Un ours mal léché, un oso mal lamido, es
una persona grosera de carácter misántropo. Más apropiado para el caso de
Flaubert, un ours era el térmíno de argot que se usaba en el siglo XIX para
hablar de una obra de teatro que había sido presentada y rechazada muchas
veces, pero al final aceptada.
No hay duda de que Flaubert conocía la fábula de La Fontaine acerca del Oso
y el amante de los jardines. Había una vez un oso, un ser deforme y feo, que
se escondía del mundo y vivía completamente solo en un bosque. Al cabo de
un tiempo comenzó a sentirse melancólico y frenético, pues «ciertamente,
raras veces habita mucho tiempo la Razón entre los anchorites». De modo que
emprendió el camino y se encontró con un jardinero que también llevaba una
vida hermética y que también anhelaba encontrarse con alguien que le hiciese
compañía. El oso se mudó a la casucha del jardinero. El jardinero se había
convertido en un ermitaño porque no soportaba a los necios; pero como el oso
apenas pronunciaba tres palabras en todo el día, pudo seguir haciendo su
trabajo sin que nadie le estorbase. El oso solía salir de caza, y regresaba a
casa con comida para los dos. Cuando el jardinero se acostaba, el oso se
quedaba sentado a su lado y asustaba a las moscas que intentaban posarse en
su cara. Un día, una mosca se posó en la punta de la nariz del jardinero, y no
hubo modo de echarla de allí. El oso se enfadó muchísimo con la mosca y al
final cogió una piedra muy grande y consiguió matarla. Por desgracia, de la
pedrada le exprimió los sesos al jardinero.
Quizá también Louise Colet conocía esta historia.
EL CAMELLO
Si no hubiera sido Oso, Gustave hubiera podido ser Camello. En enero de
1852 le escribe una carta a Louise en la que, una vez más, le explica hasta
qué punto es incorregible: es tal como es, no puede cambiar, no está en su
mano, está sometido a la gravedad de las cosas, esa gravedad «que hace que
el oso polar habite las regiones heladas y que el camello camine por la
arena ». ¿Por qué el camello? Quizá porque es un magnífico ejemplo de la
visión flaubertiana de lo grotesco: por mucho que se esfuerce, no puede evitar
el ser a la vez serio y cómico. Desde El Cairo Gustave informa: «El camello es
una de las cosas más bellas. No me canso nunca de ver pasar a este extraño
animal que anda a trompicones como un pavo y menea el culo como un cisne.
Por muchos esfuerzos que haga, no consigo reproducir su voz. Espero
llevarme conmigo esa imitación cuando regrese, pero es difícil debido a cierto
gorgoteo que tiembla en el fondo del estertor que emiten.»
Esta especie también hacía gala de un rasgo de carácter muy conocido por
Flaubert: «Tanto en la actividad física como en la mental, soy como un
dromedario, al que cuesta muchísimo poner en marcha y, una vez en marcha,
detener; lo que necesito es la continuidad, sea de descanso o de movimiento.»
Esta analogía de 1853, una vez puesta en marcha, también resulta difícil de
detener: todavía la encontramos en activo en una carta dirigida a George Sand
en 1868.
Chameau, camello, era el término con que se designaba en argot a las
cortesanas viejas. No creo que a Flaubert le hubiese molestado esta
asociación.
EL CORDERO
A Flaubert le encantaban las ferias: los saltimbanquis, las mujeres gigantes,
los osos bailones. En Marsella visitó una barraca del puerto que anunciaba
mujeres-cordero, que circulaban por entre los marineros que, a su vez, les
tiraban de sus greñas para ver si eran de verdad. No era un espectáculo de
categoría: «No puede haber nada tan imbécil ni tan sucio», informó. Le
impresionó mucho más la feria que vio en Guérande, una vieja ciudad
fortificada al noroeste de St. Nazaire, que visitó durante su viaje a pie por
Bretaña en compañía de Du Camp, en 1847. Una barraca de un taimado
campesino con acento de la Picardie anunciaba a un «joven fenómeno»:
resultó ser un cordero de cinco patas, con la cola en forma de trompeta. A
Flaubert le gustó muchísimo, no sólo el monstruo sino también su propietario.
Sintió por el animal una admiración que casi rozaba el éxtasis; invitó a su
dueño a cenar, le aseguró que ganaría una fortuna, y le aconsejó que
escribiese una carta al rey Louis Philippe explicándole el asunto. Al final de la
velada, y ante la evidente desaprobación de Du Camp, ya se tuteaban.
«El joven fenómeno» fascinó a Flaubert, y entró a formar parte de su
vocabulario zumbón. Cuando él y Du Camp caminaban por el campo, Gustave
conducía a su amigo hacia el bosque y los matorrales y, con burlona seriedad,
le decía: «Permítame que le presente al joven fenómeno.» En Brest volvió a
tropezarse con el taimado pícaro y su monstruo, cenó y se emborrachó con él,
y volvió a elogiar a su magnífico animal. Era frecuente que tuviera manías
frívolas como ésta; Du Camp esperó a que ésta se le pasara, como se pasan
unas fiebres.
Al año siguiente, en París, Du Camp se puso enfermo, y tuvo que guardar
cama. A las cuatro de la tarde, oyó un día un gran jaleo en el rellano, frente a
su puerta, y ésta se abrió de golpe. Entró Gustave, seguido por el cordero de
cinco patas y su dueño, vestido con un blusón azul. Alguna feria de los
Invalides o de los Champs-Elysées les había conducido hasta allí, y Flaubert
quiso compartir su descubrimiento con su amigo. Du Camp observa
secamente que el cordero «no supo comportarse». Tampoco supo Gustave,
que pidió vino a gritos, se puso a dar vueltas por la habitación con el animal,
explicando a voces sus virtudes: «Este joven fenómeno cuenta tres años de
edad, ha sido aprobado en la Académie de Médecine, y ha sido honrado por la
visita de varias cabezas coronadas, etc.» Un cuarto de hora más tarde, el
enfermo Du Camp ya estaba harto. «Eché de mi casa al cordero y a su dueño,
e hice barrer la habitación.»
Pero el cordero también había dejado sus excrementos en la memoria de
Flaubert. Un año antes de su muerte le recordaba todavía a Du Camp su
llegada por sorpresa con el joven fenómeno, y aún se reía tanto como el día
en que ocurrió.
EL MONO, EL ASNO, EL AVESTRUZ, EL SEGUNDO ASNO Y MAXIME DU CHAMP
Hace ocho días vi en la calle un mono que se precipitaba sobre un asno y
quería cascársela a la fuerza. El asno rebuznaba y daba coces, el dueño del
mono gritaba, el mono soltaba chillidos. Aparte de dos o tres niños que se
reían, y de mí, muy divertido por la escena, nadie le prestó casi atención.
Cuando le contaba todo esto a M. Bellin, canciller del consulado, me dijo que él
había visto a un avestruz que intentaba violar a un asno.
Carta a Louis Bouilhet, EI Cairo, 15 de enero de 1850
EL LORO
Para empezar, los loros son humanos; al menos etimológicamente. Perroquet
es un diminutivo de Pierrot; parrot viene de Pierre; perico es un derivado de
Pedro. Para los griegos, su capacidad de hablar era uno de los elementos
utilizados en la discusión filosófica en torno a las diferencias entre el hombre y
los animales. Eliano informa que «los brahmanes les honran más que a ningún
otro pájaro. Y añaden que su actitud no puede ser más razonable; pues sólo el
loro imita bien la voz humana». Aristóteles y Plinio observan que, cuando
están borrachos, los loros son muy lascivos. De forma más pertinente, Buffon
comenta que tienen propensión a la epilepsia. Flaubert estaba enterado de
esta flaqueza fraternal: en las notas que tomó sobre los loros cuando
preparaba Un coeur simple hay una lista de sus enfermedades: gota,
epilepsia, aftas y úlceras de garganta.
Recapitulemos. Primero está Loulou, el loro de Félicité. Luego, los dos loros
disecados, el del Hôtel-Dieu y el de Croisset; ambos pretenden ser el
auténtico. Luego están los tres loros vivos, los dos de Trouville y el de
Venecia; más el periquito enfermo de Antibes. Como posible fuente de Loulou
podemos, en mi opinión, eliminar a la madre de una «espantosa» familia
inglesa con la que se encontró Gustave en el barco que le llevaba de
Alejandría a El Cairo: con la visera verde que llevaba sujeta a su sombrero,
aquella mujer parecía «un loro viejo y enfermo».
En sus Souvenirs intimes, Caroline comenta que «Félicité y su loro eran
reales», y nos dirige hacia el primer loro de Trouville, el del capitán Barbey,
como auténtico antepasado de Loulou. Pero esto no da respuesta a la
pregunta más importante: ¿cómo, y cuándo, llegó un simple (aunque
magnífico) pájaro vivo de los años treinta del siglo pasado a convertirse en el
loro trascendente y complicado de los años setenta? Probablemente jamás
lleguemos a averiguarlo; pero podemos sugerir el momento en el que pudo
haber comenzado la transformación.
La segunda parte de Bouvard et Pécuchet, que quedó sin concluir, iba a
consistir fundamentalmente en lo que su autor llamaba «La Copie», un
enorme fichero de rarezas, imbecilidades y citas autodescalificadoras, que los
dos oficinistas tenían que copiar solemnemente para su propia edificación, y
que Flaubert pensaba reproducir con intención sardónica. Entre los miles de
recortes de prensa que coleccionó para su posible inclusión en ese fichero se
encuentra esta noticia, recortada de L'Opinion nationale, el 20 de junio de
1863:
«En Gérouville, cerca de Arlon, vivía un hombre que poseía un loro magnífico.
Era su único amor. De joven había sido víctima de una infortunada pasión. La
experiencia le convirtió en un misántropo, y últimamente vivía solo con su
loro. Le había enseñado a pronunciar el nombre de la novia que le había
abandonado, y el loro lo repetía cientos de veces diariamente. Aunque esto
fuese lo único que sabía hacer el pájaro, a los ojos de su propietario, el
infortunado Henri K... , esta demostración de talento compensaba
sobradamente sus limitaciones. Cada vez que oía el nombre sagrado
pronunciado con la extraña voz del animal, Henri se estremecía de júbilo; para
él, era como una voz proveniente del más allá, una voz misteriosa y
sobrehumana.
"La soledad inflamó la imaginación de Henri K... , y poco a poco el loro
comenzó a adquirir para él una extraña significación, era como un pájaro
sagrado: al tocarlo lo hacía con profundo respeto, y se pasaba horas
contemplándolo en éxtasis. El loro, devolviendo impávidamente la mirada de
su amo, murmuraba la palabra cabalística, y el alma de Henri se empapaba
del recuerdo de su felicidad perdida. Esta extraña vida duró bastantes años.
Un día, sin embargo, la gente se fijó en que Henri K... parecía más sombrío
que de costumbre; y que había en sus ojos un raro destello cargado de
malignidad. El loro había muerto.
»Henri K... , siguió viviendo solo, pero ahora del todo. No había nada que le
vinculase al mundo exterior. Se enroscaba cada vez más en sí mismo, y hasta
se pasaba varios días seguidos sin salir de su habitación. Comía cualquier cosa
que le llevaran, pero no parecía enterarse de la presencia de sus vecinos. Poco
a poco empezó a creer que se había convertido en un loro. Imitando al pájaro
muerto, gritaba el nombre que tanto le gustaba oír; intentaba andar como un
loro, se colgaba en lo alto de los muebles y extendía los brazos como si
tuviese alas y pudiese volar.
»En ocasiones se ponía furioso y comenzaba a romperlo todo; su familia
decidió entonces enviarle a una maison de santé que había en Gheel. En el
transcurso del viaje hacia allí, sin embargo, logró huir aprovechando la
oscuridad de la noche. A la mañana siguiente le encontraron encaramado a un
árbol. Como era muy difícil convencerle de que bajase, alguien tuvo la idea de
poner al pie de su árbol una enorme jaula de loro. En cuanto la vio, el
infortunado monomaníaco bajó y pudo ser atrapado. Actualmente se
encuentra en la maison de santé, de Gheel.»
Sabemos que a Flaubert le asombró esta historia encontrada en la prensa. A
continuación de la línea que decía «poco a poco el loro comenzó a adquirir
para él una extraña significación», Flaubert escribió lo siguiente: «Cambiar el
animal: en lugar de un loro, que sea un perro.» Algún breve plan para una
obra futura, no cabe duda. Pero cuando, finalmente, se puso a escribir la
historia de Loulou y Félicité, no cambió el loro, sino su propietario.
Antes de Un coeur simple los loros aletean brevemente en la obra de Flaubert
y en sus cartas. Cuando le explica a Louise la atracción que ejercen sobre él
los países lejanos ( 11 de diciembre de 1846), Gustave escribe: «De niños
deseamos vivir en el país de los loros y los dátiles confitados.» En otra
ocasión, cuando intenta consolar a la triste y descorazonada Louise (27 de
marzo de 1853), le recuerda que todos nosotros somos pájaros enjaulados, y
que la vida pesa más sobre los que tienen las alas más grandes: «En mayor o
menor grado, todos nosotros somos águilas o canarios, loros o buitres.»
Rechazando la acusación de vanidad que le ha hecho Louise (9 de diciembre
de 1852), establece la distinción entre Orgullo y Vanidad: «El Orgullo es una
fiera salvaje que vive en una cueva y yerra por el desierto. La Vanidad, en
cambio, es un loro que salta de rama en rama y parlotea a la vista de todos.»
Cuando le describe a Louise la heroica búsqueda del estilo que supone para él
Madame Bovary (19 de abril de 1852), le explica: «Cuántas veces he caído de
bruces, justo cuando creía que ya estaba al alcance de mi mano. No debo
morir sin haberme asegurado de que el estilo que oigo en mi cabeza brota de
ella como un rugido que acalla los gritos de los loros y las cigarras.»
En Salammbô, como ya he dicho anteriormente, los traductores cartagineses
llevan loros tatuados en el pecho (¿no es quizá un detalle más apropiado que
auténtico?); en la misma novela, algunos bárbaros llevan «sombrillas en la
mano o loros en el hombro» ; por otro lado, en la terraza de Salammbô hay
una pequeña cama de marfil cuyos almohadones están rellenos de plumas de
loro, «el animal fatídíco que estaba consagrado a los dioses».
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